Querida Luci:

Érase una vez un ciclista de prestigio. Antes de la segunda guerra mundial, su nombre ya era conocido por haber ganado el Giro de Italia y el Tour de Francia. La guerra, que no sabe de deportistas ni de sus ilusiones y sacrificios, paró en seco su carrera de éxitos, si bien, no pudo con sus ganas de darle a los pedales. En su Toscana natal, durante el conflicto bélico no paró de subir y bajar montañas, su gran especialidad, y cubrir en solitario larguísimas etapas, mientras recibía el saludo (Era muy popular: lo habían convertido en un símbolo de la propaganda del partido de Mussolini, aprovechándose de sus triunfos) de los soldados que vigilaban los puestos de control o escuchaba de fondo los cánticos de alguna congregación de monjas de clausura que seguían a lo suyo. Tras el armisticio se retomaron las grandes competiciones deportivas y el campeón italiano volvió a ganar Giro y Tour…     

Cuántas veces hemos escuchado y, como una letanía, nos lo hemos repetido: “Las apariencias engañan.” Y cuántas veces, cuando deberíamos haberlo llevado como un sello en el corazón, lo hemos ignorado o no le concedimos la menor importancia. Como aquel orgulloso escudero del Lazarillo de Tormes, que pasea muy estirado por Toledo, presumiendo de su nobleza y holgado vivir… aunque, de puertas para adentro, la realidad fuese otra, discurrimos o tratamos de sacar ventaja de esa baza que nos conceden las apariencias. Sé que me repito –no insistiré- hablando de estos tiempos de postureo (por la fachá se vende la casa, asegura el dicho) que nos acogen, pero, se nos ve tan bien instalados y -a juzgar por las apariencias- no debe de irnos del todo mal en esa pasarela de vanidades.   

Por otra parte, si la conducta humana solo puede ser lo que parece, para qué rompernos la cabeza en buscar otras aristas, en conceder nuevas oportunidades y, mucho menos, tomarnos la molestia de investigar qué hay detrás de lo que se ofrece a primera vista. Construyendo desde esa simpleza, más de lo deseable, encumbramos a quien no lo merece o descalificamos injustamente a quien guarda alguna sorpresa debajo del cascarón. Muchos seres humanos, a semejanza de un iceberg, solo muestran una ínfima parte de sí mismos. No es que deseen ocultar el resto porque se avergüencen o por modestia: Ellos son lo que son, es el mar en el que flotan, quién enseña a los otros la parte que le conviene o que los otros desean o soportan mirar. 

Estas reflexiones de salón y mi filosofar de brocha gorda responden a que hace unos días me topé -buscaba otra cosa- con la historia de Gino Bartali, un ciclista italiano nacido en 1914, cuya biografía hubo de reescribirse tres años después de su muerte, cuando los hijos de Giorgio Nissim se toparon con un diario de su padre en el que se explicaba al detalle el funcionamiento de una red (una red social) cuyo objetivo era salvar la vida de los judíos italianos obligados a viajar a los campos de concentración nazis. En aquel diario se detallaban los viajes que realizó Bartali, kilómetros recorridos y papeles que ocultaba bajo el sillín o en el cuadro de su bicicleta. Solo entonces, se hallaba explicación a tanto “entrenamiento” en tiempos de guerra. Los hijos de Nissim revelaron, asimismo, el dato primordial del diario: 800 judíos evitaron ser deportados a algún campo de concentración alemán, gracias a las piernas y al sacrificio de Gino.

El fichaje del campeón ciclista para tan peligroso Giro, lo realizó el cardenal Elia Dalla Costa que organizó una red clandestina formada por laicos, monjas de clausura, frailes franciscanos y monjes oblatos, con el conocimiento y apoyo del Vaticano, para ayudar a escapar a centenares de judíos amenazados por las leyes raciales de los nazis.

La misión de Bartali consistía en pedalear desde Florencia hasta Asís. Allí, Luigi Brizi, un discreto socialista, elaboraba los documentos en una vieja impresora. Mientras, las monjas clarisas –otro iceberg- del convento de San Quirico, que ocultaban en sus sótanos a decenas de judíos, abrían las ventanas y cantaban con toda su alma, alabando a Dios y tapando el ruido que el viejo artefacto provocaba al imprimir. La bicicleta de Bartali transportaba fotos a la ida y la nueva documentación falsa a la vuelta. El viaje (unos 400 kilómetros) debía llevarse a cabo en un solo día para regresar antes del toque de queda. Se sabe que realizó, al menos, “45 etapas” de este personal Giro, jugándose la vida.

Sobre el secreto que se llevó a la tumba, su hijo asegura que la familia nunca supo nada: “Él consideraba que esas cosas se hacen, pero no se cuentan. Venía de una familia muy humilde…   Era gente acostumbrada a ayudarse para salir adelante, y él aprendió a ser una persona generosa. Se lo pidieron, se lo pensó y dijo que sí, simplemente. ¿La fe católica? (era un católico fervoroso) No, fue una cuestión de humanidad”.

Gino Bartali murió como un campeón en el año 2000 y nació como un héroe en el 2003, merced a lo que ocultaba –con perdón- bajo su culo (en el sillín) y entre las piernas (en el cuadro de la bici) sin hacer otra cosa que no fuera lo que mejor se le daba (pedalear). Eso sí, con un plus de generosidad y valor añadidos. Para mí, la parte que no vemos del iceberg humano no se compone de materia sobrenatural ni mágica: Está forjada de los mismos dones y las cualidades de cada uno, pero a lo bestia, y se esconde, esperando su oportunidad para ser derrochada. 

Querida Luci, ojalá, las apariencias siempre nos engañen en beneficio de las causas justas. Mi potencial no llega ni de lejos a las dimensiones ni al recorrido del gran ciclista italiano pero, en determinadas empresas, como él, estoy dispuesto a asociarme -por defender las mismas prioridades- con quien sea necesario. Comprendo que mi texto tiene toda la pinta de una carta, pero -¡Esto no es lo que parece!- se trata, o quiere ser una sincera declaración de amor.  

Aparentemente, siempre tuyo.  

 

Sin olvidar a quienes nos hacen la vida más fácil con su trabajo y a los que sufren por el Covid, aprovecho este espacio para agradecer a nuestro paisano ANTONIO JESÚS DUEÑAS su mirada, hecha fotografía: “Pronto podremos abrazarnos” y lo felicito por el premio obtenido en el concurso fotográfico “En buena Edad”. ¡Enhorabuena!