El interior del colegio salesiano acogió los últimos preparativos de otro Jueves Santo, la iglesia de María Auxiliadora se fue quedando pequeña mientras se llenaba de nazarenos y nazarenas, de capas y mantillas, cada cual a su lugar para esperar la apertura de puertas, el momento para que todo empezara. Y empezó con una Plaza de los Padres Salesianos con bullicio, con los balcones llenos con testigos de lujo de los primeros pasos del Cristo del Perdón y la Virgen de la Amargura, esos primeros pasos complicados donde el aliento se contiene para que todo salga según lo ensayado durante los meses anteriores.

Ensayos que en el caso de la Virgen de la Amargura han dirigido José Martín Calero, con experiencia ya a sus espaldas, acompañado por José Luis Torrico y Ángel Moreno, que dejan de ser los pies de la Amargura como costaleros para ser sus ojos, sin nervios pero con “mucha responsabilidad”. Momentos antes de afrontar ese camino, Ángel Moreno nos explica que “para nosotros es una gran responsabilidad, quizás no todo el mundo entienda esta sensación, pero es importante, mirar las calles, estar pendientes de todo, de la gente de abajo”.

Y esa gente de abajo comienza el andar, las cuadrillas de ambos pasos se preparan para afrontar la estación de penitencia, el Cristo del Perdón es llevado por una cuadrilla mixta, dejando la exclusividad femenina momentáneamente atrás. Detalles que importan poco para quienes viven con intensidad el jueves salesiano, para aquellos que no pueden reprimir las lágrimas con el contundente caminar, con el sonido que va dejando el palio, con la elegancia de las mujeres vestidas de riguroso luto, con la unión de la comunidad salesiana.

Toca recorrer otras calles y el barrio de cuna se abandona bajando la San Juan Bosco mientras resuenan las marchas que interpreta la banda de la cofradía para el Cristo del Perdón y la Agrupación Musical “La Candelaria” de Pulianas (Granada) para la Virgen de la Amargura. Marchas que envuelven de alguna manera las emociones, que hacen conectar a los de fuera con los de dentro. La Plaza de la Iglesia se queda atrás y otros puntos ya son historia porque hay que encarar el final del trayecto, primero la Carrera Oficial, con solemnidad, luego la calle Andrés Peralbo, con el regocijo y el calor que sólo provoca el hogar.

Más momentos, más abrazos, más lágrimas y también muchas sonrisas tras ver recompensado el esfuerzo, cumplidas las promesas y almacenado en el recuerdo un Jueves Santo de perdones y amarguras.