Lástima que tengamos solamente las mejores respuestas humanas en los peores momentos. Ahí es cuando únicamente el ser humano mira con gran angular el mundo, especialmente a los otros, y recíprocamente a nosotros mismos. La toma de conciencia de los grandes problemas surge en situaciones de penuria, cuando la realidad nos pone entre las cuerdas; cuando la tragedia está teñida de sangre y observamos los flecos sueltos de la vida con verdad descarnada. Sin embargo, en momentos de bienestar aquiescente ignoramos las realidades más rotundas de la otra cara de la moneda. Así es desgraciadamente la vida. La tragedia ferroviaria de Adamuz nos ha puesto de nuevo ante el espejo. El medio centenar de muertos de la pasada tragedia ferroviaria nos dejó a todos temblando, sumidos en el dolor, porque en esas circunstancias es donde realmente apreciamos con justeza la vulnerabilidad humana: porque ni las vidas con mejores mimbres de cualquier naturaleza (económicos, sociales…, etc.) se libran de las escaramuzas del destino, que actúa sin miramientos. Eso creo que lo comprendemos todos in extremis.
Por ello la desazón brotó de nuevo cuando quiso el destino desafinar la tranquilidad de un pueblo, de un país y del mundo con un gravísimo episodio de tragedia. En lo más próximo de la catástrofe, Adamuz brotó rauda en ayuda incontenida de auxilio y solidaridad con apoyos personales, materiales y emocionales. De aquella desgraciada afrenta del destino han aflorado héroes mediáticos loables, que no son más que la viva estampa de un Pueblo entero en la misma lid de ayuda. Gracias, claro, por derrochar dignidad a espuertas. Pero como decimos, es lástima que en el quehacer diario y en lo más doméstico de nuestras vidas no seamos capaces de mostrar conductas similares. Resulta penosa la vida diaria en confrontación constante en todos los órdenes, en continuo desaliño en relaciones personales, sociopolíticas, etc., sin atisbo alguno de respeto, auxilio o empatía. Desgraciadamente comprendemos poco que la convivencia diaria exige mayor y mejor mirada hacia los demás, con amparos que ignoramos habitualmente, o denostando a los demás con el peor hacer. Con cuanta firmeza y asiduidad ignoramos los graves desequilibrios económicos existentes, sin atender a razones, mirando hacia nuestros adentros sin conmiseración alguna hacia los demás; con cuanta dejación despreciamos las desigualdades sociales que asiduamente nos acompañan entre vecindades cercanas, países y civilizaciones, considerándolas normales, y no son más que toques de fortuna en el mundo y sitio que nos ha tocado vivir. De muy poco sirve que centenares de emigrantes fallezcan diariamente en el mar, o que la tragedia se cebe con guerras que son supercherías consentidas de los potentados con aquiescencia de todos, sin querer saber (o ignorar descaradamente) las auténticas motivaciones; de nada sirven las hambrunas de una mayoría (Asia, Africa…), o que las enfermedades mortales nada nos conmuevan ni quiten el apetito.
Larga es la lista de dictaduras y regímenes autoritarios (de distinto signo e ideología), algunos muy vistosos y recientes, que ni nos inmutan lo más mínimo, a sabiendas que de ellos dependen las economías del mundo, las precariedades de la tierra y la disciplina y obediencia servil de no pocos gobernantes y pueblos. Todos estos capítulos de nuestras vidas están latentes sin vislumbrar siquiera la solidaridad por ninguna parte. Simplemente migajas. La tragedia de Adamuz nos muestra una vez más con el luto y el dolor descarnado, decimos, que nuestras mejores actitudes en determinados momentos son encomiables, y nos timbran de dignidad y respeto, pero desgraciadamente están sembrados de excepcionalidad. En estos momentos aparecen los mayores y mejores gestos de humanidad y condescendencia con los demás, los más elevados sentimientos, evidenciando la vulnerabilidad constante con la que vivimos. Adamuz ha demostrado y grandeza con creces y merece el mayor reconocimiento social. Por nuestra parte queda el dolor, la tristeza y solidaridad con todas las familias, así como la imprescindible ayuda en todos los extremos. En lo más general, resta la reflexión profunda de aplicar en el cuaderno diario de bitácora, de forma habitual, los principios y actitudes más elevadas con todos los que nos rodean en un mundo globalizado.


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