Nos ha dejado un hombre bueno. Un hombre sencillo y cariñoso, un referente humano y social. Hay hombres cuya vida discurre sin estridencias, pero cuya huella permanece indeleble en la memoria de sus convecinos. Así fue la de Juan Carbonero, jarote de pro, orgulloso de su tierra natal, pero con firme asentamiento en Pozoblanco, donde sembró durante décadas la semilla fértil de la enseñanza y del ejemplo. Ayer nos dejó un Maestro —con mayúscula— del CEIP Ginés de Sepúlveda (su segunda casa), un magnífico referente como persona, profesional y amigo. Fue, ante todo una grandísima persona y un magnífico docente que entendió el oficio como vocación y servicio. Durante muchos años se entregó con afán, con silencioso empeño, a rescatar a tantos jóvenes de la ignominia del analfabetismo y de la ignorancia. Maestro de los de antes, de los que enseñaban saberes y valores de vida; de los que sabían que educar es ante todo mejorar como persona, acompañar a los pequeños, escuchar y orientar en todos los aspectos de nuestra existencia. Sencillo y timbrado de cierta timidez, callado y de reflexión en liza, pero siempre aquiescente, atento y dispuesto a tender la mano y a sumar. Con la sonrisa sempiterna en la boca, de hombre bonachón.
Juan formó junto a su inseparable Mané —también querida persona y maestra— un matrimonio ejemplar, de esos que dignifican la palabra, la obra y el amor de vida. Unidos en la existencia y en la escuela, compartieron desvelos, ilusiones y proyectos. En su hogar han arraigado profundos valores religiosos y humanos que han sabido transmitir a sus hijos —Domingo, Dolores, Pilar y Juan Antonio—, a quienes educaron en la responsabilidad, el respeto y el amor a la familia. Fue un padre ejemplar, discreto en las formas, firme en los principios, generoso siempre en el afecto. Asimismo, en son de aprecio y de trabajo, nuestro vecino amó siempre con hondura la naturaleza. El encinar de Los Pedroches fue para él más que un paisaje: fue escuela de vida, espacio de disfrute y compromiso de subsistencia. En sus paseos diarios y en sus sempiternas rutas de senderismo por nuestra tierra halló siempre el placer, el sosiego y la reflexión. Supo inculcar a los suyos (con discípulos aventajados) el respeto por el entorno, la conciencia de pertenecer a una tierra que merece cuidado y gratitud.
En Juan hay que subrayar, cómo no, la calidad de hombre abierto y dinámico, manteniendo intacta e imperecedera la curiosidad. De inquietud contante. Un seguidor avezado siempre de las motivaciones culturales en impulso irrefrenable de aprendizaje (de todo cuanto se le ponía por delante), en jornadas de la Fundación Ricardo Delgado Vizcaíno, en la Cátedra Intergeneracional, en charlas y conferencias; siempre atento y celoso de cuanto pudiera enriquecerle y a cualquier reivindicación social en beneficio de esta comarca que tanto quiso. Fue ciudadano comprometido, vecino leal, amigo constante. No son halagos de última hora. Son verdades que brotan de la vecindad, de la ciudadanía compartida, de la amistad y del compañerismo que tantos podemos rubricar. Juan fue persona complaciente, pacífica, reflexiva y comedida. De trato afable y de palabra prudente, de mirada limpia. En un tiempo necesitado de referentes, él encarna sin aspavientos los valores humanos que quisiéramos ver sembrados en nuestra sociedad. Han querido las Parcas que descanse ya de sus ataduras terrenas. Pero nos deja una herencia imperecedera: una vida colmada de bondad y cariño hacia todos nosotros, de coherencia y servicio, de amistad sincera. Su despedida, tan concurrida y sentida, ha sido la mejor prueba de cuánto se le quiso y respetó. Juan era, sencillamente, un hombre bueno. Y en esa sencillez radica la grandeza de su memoria. Que su ejemplo nos acompañe y que su recuerdo nos haga mejores.




No hay comentarios