Ya avanzada la canícula y debido a las constantes noticias que tenemos desde hace unos meses de la polémica por el cierre de los cines de verano de Córdoba, situados en pleno casco histórico, me he acordado de nuestro cine de verano en Pozoblanco, el Cine Moderno.

Siempre me hizo sonreír el nombre porque, al menos en el largo tiempo que asistí a sus sesiones, finales de los 70, los 80, los 90 y una corta parte del nuevo milenio, sus instalaciones eran del todo menos “modernas”. Pero no por ello dejaba de ser entrañable, sobre todo porque era la única forma de ver cine en nuestro pueblo durante el largo y tórrido estío y porque además, como en todos los cines de verano, era un lugar ideal para socializar y pasar una noche al fresco y con los amigos.

Se puede decir que, al igual que el antiguo y desaparecido cine San Juan, muchos momentos de mi vida y de un alto porcentaje de pozoalbenses no se entienden sin las películas que allí se proyectaban. Desde las que veíamos en nuestra infancia y primera adolescencia, las que denominábamos de pistoleros con esos inmensos paisajes rodados en cinemascope, a las de “chinos” –nos tragábamos todas las sagas de Bruce Lee-, los péplum de romanos, mis favoritas, desde historias de la Biblia a las de guerra con los siempre chicos listos de los USA salvando al mundo, las de ciencia ficción, las románticas que nunca soporté…

Crecimos y cambiaron las modas y nuestros gustos, como es normal. Por un tiempo, sobre todo a raíz de la famosa Tiburón, se pusieron de moda las películas sobre animales peligrosos: Piraña, Tarántula… De pronto multitud de animales se convirtieron en “asesinos” (avispas, hormigas,  serpientes…) y nosotros disfrutábamos con nuestros refrescos y bolsas de pipas viendo cómo sembraban el pánico entre los americanos, porque todo en aquel tiempo sucedía en yankilandia.

Volvimos a crecer y empezamos a ser más selectivos a la hora de escoger las  películas y también a tener conciencia política. Aunque, por lo general, los largometrajes que se proyectaban en el cine de verano solían ser más livianos, allí recuerdo ver a comienzos de los 80 ¡Arriba Hazaña!, La vaquilla o ¡Biba la banda! (sic),  filmes dónde  se abordaba el tema de la Guerra Civil en forma de comedia. Los refrescos pasaron a ser cervezas y las pipas, cigarrillos.

Lo que no cambiaba, o eso nos parecía a nosotros eran las salamanquesas, cada año más gordas del atracón de mosquitos que se pegaban correteando arriba y abajo por la blanca pantalla. O las sillas de chapa, que te dejaban el culo a rayas. Eso sí no llegabas tarde un día de mucho público y te tocaba coger una de las sillas de eneas que, decíamos en broma, tenían chinches de la época en que Manolo Escobar aún no había perdido el carro. O las estrellas fugaces que veías en aquel cielo mucho más limpio que ahora, o incluso los relámpagos y los truenos que oías a lo lejos de alguna tormenta que amenazaba con finalizar por lo tremendo con la proyección cinematográfica. Tampoco podía faltar la ‘rebequita’ porque de noche, ya a finales de agosto, aunque no lo crean las nuevas generaciones, refrescaba.

No importaba que la película fuera un pestiño, que a veces lo era, si habías escogido sentarte en una mesa algo apartado de las filas de sillas, –servicio que se añadió en los últimos años- podías entablar una animada tertulia con tus compañeros de pandilla. Era una forma estupenda de socializar y echar la noche en aquellos largos veranos. Tuve la suerte incluso de poder ir alguna que otra vez con el mayor de mis hijos ya que el cine estuvo abierto hasta el año 2002. Recuerdo la primera película con él y con sus amigos de tres y cuatro años: La edad del hielo y la dificultad de mantenerlos a todos en silencio y sentados, eso sí los ojos como platos mirando la gran pantalla.

Podría contar multitud de anécdotas a lo largo de tantos años, de cientos de películas. Me quedo con una. Sería el verano de 1993 o cercano. Era el último día de la programación de ese año. El grupo de amigos y amigas que entonces nos juntábamos no teníamos claro que hacer esa noche. -¡Vamos al cine!-, dijo alguien. -¿Qué ponen?-, dijo otro. – No sé, pero echamos el rato- respondería algún otro. Nos sentamos en una de las mesas y dio comienzo la proyección. El cine estaba prácticamente vacío. Pasaron algunos minutos y no se oían nada. Será así al principio, pensábamos. De repente se paró la proyección y vimos como uno de los empleados del cine se dirigía con un altavoz en cada mano hacia la pantalla. Cómo era el último día se ve que se les olvidó colocarlos o los retiraron antes de tiempo. Risas generalizadas.

La película resultó ser una italiana, Mediterráneo, que luego nos enteramos fue Premio Oscar a la mejor película extranjera en 1992. Un peliculón, un alegato antibelicista que transcurre en una isla griega durante la Segunda Guerra Mundial.

Como antes he apuntado, en 2002 cerraron el cine. Estaba en  un lugar muy apetecible urbanísticamente y pensamos que se convertiría pronto en un bloque de pisos, pero no, su lugar lo ocupa ahora un aparcamiento público. Los coches invadieron para siempre un lugar que estuvo ocupado por los sueños de miles de personas que pasaron allí momentos únicos de su vida.

Desde entonces no he ido a ningún cine de verano en otra ciudad. Lo más parecido ha sido cuando han puesto algún largometraje en la plaza de toros algún que otro verano. El cine Moderno murió sin hacer ruido, nadie lo lloró, aunque seamos muchos los que lo echamos de menos.

En nuestra capital, en Córdoba, los pocos –creo que cinco- que quedan tienen más de cien años, llegando a haber más de una treintena por los diferentes barrios. Allí sí se ha creado una plataforma para que sean declarados Bien de Interés Cultural por la Junta de Andalucía y los adquiera el Ayuntamiento para su gestión. Están haciendo un estudio antropológico de lo que han sido y son los cines de verano para una ciudad y es que en verdad son como la sangre que corre por las venas de una sociedad cada vez más aislada en si misma, en sus pisos-torres de espaldas al otro. En la era de Neflix todo queda en casa y vemos películas y series hasta en el móvil. ¿Dónde quedó la socialización, el compartir unas horas con los amigos, con los vecinos? ¿Dónde quedó el compartir unas risas o unos llantos con los héroes de las pantallas? ¿Dónde quedó el aplaudir al final de la película si esta nos ha gustado o han ganado los “buenos”? Nos hemos vuelto tan descreídos que ya no nos creemos nada, ni a nosotros mismos.

Quizá todo esto forme parte de una sociedad que ya no existe, aunque me resisto a creerlo. En Córdoba la sociedad civil, o una parte de esta, ha despertado y ha creado una plataforma que está teniendo una gran repercusión  para reivindicar sus cines de verano. Se está volviendo a proyectar cine en las plazas como la Fuenseca o la Magdalena. Los vecinos del casco antiguo se están movilizando. Quizá no todo esté perdido. Aquí, aunque  no nos guste mucho “señalarnos” podíamos pedir que vuelva la pantalla grande a la plaza de toros, por ejemplo, lugar que a lo largo de la historia ha sido escenario de proyecciones. O crear -¿por qué no?- al igual que hay una Noche de la Cultura, una Noche del Cine y proyectar películas en alguna plaza del casco histórico de Pozoblanco. Películas mudas estilo Metrópoli, El acorazado Potemkin, El gabinete del doctor Caligari… joyas que en gran parte nuestros jóvenes desconocen. También cortos de nuestros jóvenes creativos, que tenemos muchos en Los Pedroches. En fin, una cultura viva y en la calle, participativa.

En una sociedad que va, para mí, demasiado rápido y predica el individualismo y la insolidaridad, igual es tiempo de poner de moda lo tranquilo, lo sosegado, lo participativo, lo comunitario. Y los cines de verano eran todo eso y mucho más.