Durante más de ochenta años, la familia de Emilio Alcalde Jiménez conservó sus fotografías y su recuerdo, pero no tuvo cerca un lugar donde llevarle unas flores. Desde este sábado lo tiene en Cardeña, donde una Stolperstein devuelve al espacio público el nombre del joven cordobés asesinado en el subcampo nazi de Gusen el 18 de febrero de 1942, cuando apenas tenía 24 años.

Más de un centenar de personas participaron en el homenaje organizado conjuntamente por el Ayuntamiento de Cardeña y la Asociación Triángulo Azul Stolpersteine de Andalucía, una asistencia que mostró el interés de vecinos y vecinas por conocer y recuperar una historia que no pertenece únicamente a la familia de Emilio, sino también a la memoria del pueblo al que estuvo vinculado.

El Adagio de Albinoni, interpretado al piano con gran sensibilidad y emoción por Maiko, vecina de Cardeña, abrió una ceremonia marcada desde el comienzo por el recogimiento. Tras la música, Catalina Barragán, en representación del Ayuntamiento de Cardeña, dio la bienvenida a los asistentes y situó la figura de Emilio en el centro del homenaje, destacando «la importancia de recuperar y transmitir la memoria de quienes sufrieron la persecución, el exilio y la deportación».

Ese compromiso con la memoria estuvo también presente en las palabras de la presidenta de la Asociación, Cristina García, quien agradeció a la familia haber conservado durante décadas fotografías, documentos y recuerdos que han permitido reconstruir a la persona que existió detrás de un número de deportado. García reconoció asimismo la implicación del Ayuntamiento de Cardeña y defendió que «la recuperación de estas historias es una tarea compartida: las familias conservan la memoria y los documentos, historiadores e historiadoras aportan una investigación rigurosa y las asociaciones memorialistas trabajan para recuperar y hacer visible esa memoria, mientras que corresponde a las instituciones democráticas asumir la responsabilidad de reconocer y reparar a las víctimas».

A partir de ahí, el homenaje fue acercándose a Emilio desde la historia hasta lo más íntimo. Mª del Carmen Madrid, su sobrina nieta, fue la encargada de leer una breve biografía que recordó su vinculación con Cardeña y el recorrido que, tras la guerra y el exilio, terminó llevándolo a Mauthausen y Gusen. El sistema nazi intentó sustituir su identidad por tres matrículas —15.311, 3.274 y 13.917—, pero detrás de aquellos números seguía estando Emilio, el hijo de Macario y Petra y un joven al que le quedaba casi toda una vida por vivir cuando fue asesinado con solo 24 años.

Si la biografía permitió recordar qué le ocurrió, las palabras de María Alcalde, sobrina de Emilio, y Catalina Madrid, sobrina nieta, permitieron comprender lo que su ausencia ha significado para la familia. Entre palabras entrecortadas por la emoción, ambas expresaron su agradecimiento por un homenaje que sentían que, después de tantos años, recuperaba a su tío y tío abuelo, devolviéndole públicamente su nombre, su historia y el lugar que le corresponde dentro de una familia que nunca lo olvidó. Pero aquella recuperación, como ellas mismas señalaron, no debía quedarse dentro de la familia. Era importante que los vecinos y vecinas de Cardeña conocieran quién fue Emilio y supieran qué le ocurrió, del mismo modo que es necesario conocer la historia de los demás cordobeses que sufrieron el horror de los campos nazis, porque también ellos forman parte de la historia de nuestros pueblos.

Fue precisamente después de las palabras de la familia cuando esa memoria pasó a ocupar físicamente un lugar en el pueblo. Tomás Álvarez, concejal socialista del Ayuntamiento de Cardeña, fue el encargado de colocar la Stolperstein dedicada a Emilio Alcalde, haciendo visible en el espacio público una historia que durante décadas había permanecido principalmente en la memoria familiar. Desde ese momento, aquella pequeña piedra incorporaba su nombre al paisaje cotidiano de Cardeña.

La colocación de la Stolperstein dio paso a una ofrenda floral que amplió la mirada hacia otras experiencias de exilio, deportación y resistencia. Manuel Sánchez, delegado en Córdoba de la Asociación, introdujo las voces de Francisco Ortiz, Max Aub, Ernestina de Champourcin y Neus Català, cuatro testimonios y trayectorias diferentes unidos por la experiencia de la persecución, el exilio, la deportación, la resistencia y la defensa de la memoria. Sus textos fueron leídos por vecinos y vecinas de Cardeña y por Sebastián Pérez, coordinador provincial de Izquierda Unida en Córdoba.

Mientras sonaba suavemente el Ave Verum, los asistentes fueron depositando flores ante la Stolperstein, uniendo de este modo la memoria de Emilio a la de tantas personas que sufrieron el exilio, la persecución y los campos nazis. Durante su intervención, Cristina García recordó que nadie puede devolver «a Petra el hijo que perdió, ni a sus hermanos el hermano que no regresó, ni a Emilio todos aquellos años que no llegó a vivir», pero que una democracia sí puede reconocer la injusticia, recuperar públicamente el nombre de la víctima y decir a sus descendientes que aquella vida importó. Una reparación que tendrá continuidad el próximo 31 de octubre, cuando el Estado español entregue a los descendientes de Emilio la Declaración de Reconocimiento y Reparación Personal, solicitada y tramitada por la Asociación.

El homenaje llegó a su final nuevamente con Catalina Barragán, que volvió a tomar la palabra para cerrar el acto dando lectura al Juramento de Mauthausen, pronunciado por los supervivientes tras la liberación del campo en 1945. Sus palabras en defensa de la libertad, el respeto mutuo y la construcción de «un mundo nuevo, libre y justo para todos» cobraron un significado especial después de haber recuperado la historia de un joven que nunca pudo regresar para contársela a los suyos.

Bella Ciao puso el cierre musical a la ceremonia. Ochenta y cuatro años después de su asesinato, Cardeña hizo así el camino contrario al que había recorrido el nazismo: donde hubo tres números volvió a colocar un nombre, Emilio Alcalde. Y desde ahora, María Alcalde tiene cerca un lugar donde cuidar la memoria de su tío y dejarle las flores que durante más de ochenta años su familia no tuvo dónde llevarle. Porque eso es, quizá, el sentido más profundo de lo vivido en Cardeña: Emilio ha vuelto a su familia, pero también ha vuelto a su pueblo. Su historia ya no permanece únicamente en las fotografías y los recuerdos que los suyos conservaron durante décadas; desde este sábado forma parte también de las calles y de la memoria de sus vecinos y vecinas.