Querida Luci:

Con la distorsión que nos impone la servidumbre de la memoria, guardo en mi cabeza imágenes de la película «La vida es bella». En especial, las que refieren el subsistir de los protagonistas en el campo de concentración. Inolvidable el ejercicio de valor y creatividad de aquel padre, filtrando para su hijo la interpretación de la realidad que les ha tocado en suerte.

Ante las explicaciones que demandáis las niñas y los niños, los adultos contraemos la responsabilidad, primero, de escuchar vuestras dudas y, después, de armar una respuesta que satisfaga la curiosidad y vuestra necesidad imparable de crecer. Hablo de un espacio cotidiano y coherente, asumible, interpretable, creíble, verosímil… pero, cómo explicar a un niño el maltrato, el hambre, la violencia y la muerte en un campo de extermino, creado y consentido por seres humanos. Cómo demostrarle que la vida -además de un don precioso- es bella.

Cuando lo que nos rodea resulta deplorable. Cuando me dan ganas de salir corriendo mientras pueda… me habla tu manita, buscando un hueco en la mía y recordándome que no nos está permitido huir ni desentendernos de vosotros. En ese momento, solo me queda desempolvar la olvidada armadura y, a lomos del flaco Rocinante, volver a los caminos y plantarme en mitad de ese mundo: el único -nos aseguran- posible. Y vestido de fantoche e investido de una fuerza sobrehumana, leerlo de otra manera y enderezar los entuertos de ese dicho mundo que –también nos los aseguran- no tiene arreglo. 

No sé dónde la habrás escuchado. Seguro que, como casi todas las que pronunciáis los niños, también es aprendida. «¿Qué es la polarización?», me preguntaste a bocajarro. Me disponía a cambiar de tema, pero contesté: «Es un juego para personas mayores». Ante tu cara de asombro y de querer saber más, me vine arriba: «En primer lugar se divide a esas personas mayores en dos equipos –a lo largo del juego, pueden degenerar en bandos e incluso en ejércitos-. Es obligatorio el uso de un lenguaje empobrecido y manejarse con valores absolutos y opuestos (bueno-malo, leal-traidor, listo-torpe, nosotros-ellos…), que ayude a los jugadores a regodearse en el infantilismo y la mediocridad. Otorga puntos extra poner caritas de asco, buscar referencias despectivas y encontrar –con o sin ingenio- la manera de ridiculizar las propuestas ajenas. No se permite conceder valor alguno a las soluciones que aporte el adversario y, mucho menos, sentarse juntos para buscar salidas. Penaliza escuchar al rival o respetar sus opiniones. Te comes al enemigo más cercano si eliges un portavoz que pregone, sin vergüenza, la propaganda y consignas de tu equipo y se avanzan diez casillas cada vez que -pese a no compartirlos- comulgas con ruedas de molino y aplaudes fervorosamente sus discursos. Te regalan un coche oficial para el resto de la partida, si te grabas en la frente un tatuaje con la frase: ¡Y tú más! Se concede un comodín extra por confiar en líderes mezquinos y, el premio especial, si los dejas que piensen por ti. Finalmente, gana quien consigue dividir el mundo en nosotros y ellos y se convence a sí mismo -y a los demás- de que los seres humanos del otro equipo no han sido, son, ni serán jamás, nuestros iguales».  

Querida Luci, pese a mi esfuerzo de imaginación -tan lejos del Guido de Bernigni-, tu respuesta resultó demoledora: «Me parece un juego estúpido y aburrido». A ella siguieron, un torrente, muchas más preguntas que no sé responder: «¿Cuánto puede durar?, ¿es peligroso?, ¿llegan a hacerse daño de verdad?, ¿te puedes retirar en mitad de la partida?, ¿qué ocurre con los que no quieren jugar?, ¿y si en el otro equipo caen tus amigos o tus hermanos, las reglas son las mismas?… ¿se abrazan todos al terminar?».

No muy convencido, con lo que no pasa de ser una bienintencionada fantasía, contesté solo la última: «¡Por supuesto! y, para redondear con algo de sustancia, añadí: ¡La vida es bella y no es ningún juego!». 

Cada uno con nuestro polo sin polarizar y siempre tuyo.