TODO CAMBIA. TAMBIÉN EN LAS CORRIDAS DE TOROS. La suerte de lidia de los astados se decide, ahora, entre la tradición y la farándula. En las mañanas de lidias vespertinas se desarrolla, también en Pozoblanco, el protocolo de visionado de toros en los corrales y el correspondiente sorteo. En el coso de Los Llanos se pueden contemplar en los corrales los lotes de los toros y cabestros que aguardan su suerte. También los toreros. Más arriba, los aficionados.

Y, en medio, ese pequeño mundo que desde siempre ha rodeado al toro antes de que el toro sea del torero. Porque hay algo que permanece. Los toros llegan de la dehesa ya escogidos por el ganadero, después de una larga selección en la que cuentan la genealogía, la edad, las hechuras, el peso y las condiciones que se esperan de cada animal.

En los corrales de la plaza se produce después otra mirada: la del profesional que conoce las exigencias del ruedo y, sobre todo, las particularidades de cada torero. Se observa el trapío, la armonía de las hechuras, la conformación de la cabeza, la encornadura, el cuello, el lomo, los remos, la viveza de la mirada, la manera de moverse y hasta ese nervio difícil de explicar que un hombre de toros aprende a reconocer con los años. No se trata de elegir un toro —eso sería otra cosa—, sino de conocerlos para formar lotes lo más equilibrados posible. Ahí empieza verdaderamente el sorteo. Primero se hacen los lotes; después interviene el azar.

En una corrida de tres matadores y seis toros, al uso, se forman tres lotes de dos reses y posteriormente se decide por sorteo cuál corresponde a cada espada. No es una cuestión menor. La historia del sorteo nació precisamente de la necesidad de que el ganadero, o la figura dominante de la época, no pudiera favorecer a unos toreros sobre otros. Durante mucho tiempo, aquel momento tuvo algo de conciliábulo profesional. Apoderados, banderilleros de confianza, representantes de la ganadería y de la empresa se acercaban a los corrales, hablaban bajo, miraban mucho y decían poco. Había conocimiento, cálculo y también superstición.

Los toreros, generalmente, dejaban esa delicada operación en manos de quienes conocían sus condiciones y sus preferencias. Los subalternos de confianza saben qué toro conviene más a un determinado concepto del toreo, qué encornadura puede resultar más comprometida o qué comportamiento puede favorecer o dificultar el lucimiento. Y después llega el azar. Los papeles de la suerte deciden la tarde de toros.

Más allá de la tradición, se encuentra el arropamiento escenográfico de hoy día. El movimiento de personas, cámaras, teléfonos y aficionados alrededor de los corrales de Los Llanos, en un viejo ritual transformado en partes sustanciales. No de esencia, quizá, pero sí de escenario. No sé si en otros tiempos había más solemnidad o simplemente había menos cámaras. Probablemente ambas cosas. Aquellos hombres que durante años hicieron del conocimiento del toro una profesión no necesitaban explicarlo todo. Miraban. Medían. Comparaban. Se apartaban unos pasos. Volvían a mirar. Había entre ellos contrariedades, intereses, preferencias y pequeñas estrategias, naturalmente.

El sorteo nació incluso para equilibrar esas fuerzas. Pero el rito conservaba algo de secreto profesional. Ahora todo se mira, todo se graba y casi todo se cuenta. Los corrales han dejado de ser únicamente el lugar donde se guarda el toro para convertirse también en un escaparate previo de la corrida. La televisión, las redes, los teléfonos y la legión de aficionados con cámara han democratizado el acceso a un momento que antes pertenecía mucho más al reducido círculo de quienes tenían algo que hacer allí. Y quizá sea inevitable. La tauromaquia ha cambiado porque ha cambiado el mundo que la contempla.

La tradición permanece, pero alrededor de ella ha crecido una parafernalia nueva. El sorteo sigue siendo sorteo; los lotes siguen haciéndose; el azar continúa decidiendo qué toros corresponden a cada espada. Pero aquel silencio espeso de los corrales, aquella mirada detenida sobre el animal y aquella conversación dicha casi al oído parecen tener hoy que compartir espacio con el objetivo de una cámara.

No es que la tradición haya desaparecido. Es que ahora tiene público incluso antes de que comience la corrida. Y entre los corrales y el ruedo, entre el silencio de quienes conocen al toro y el bullicio de quienes quieren contarlo, se decide una parte pequeña, pero esencial, de la fiesta. La suerte está echada.