El mayor castigo para las personas de bien, cuando rehúsan trabajar para el bien de los demás, es verse gobernados por otros menos dignos, ignorando que el temor es la herramienta que más coacción ejerce sobre la voluntad propia y reafirma la estulticia de los indignos.

No me quiero señalar equivale a ceder tu libertad, aumentando la arbitrariedad que en tu nombre dicen aplicar. El señalar es propio de perturbados que, por su inconsciente necedad, algo de envidia por aquello a lo que aspiran pero no se atreven a ser, aquellos que desde el anonimato y sin posibilidad de réplica esparcen infundios, injurias y verdades a medias, todo con el velado propósito de que llegue a oídos del “señalado” y causarle un daño.

El señalado se asemeja más al envidiado por su manera de ser, que al mezquino que busca en el bien ajeno su propio mal. Algo tan útil y sencillo como la palabra como instrumento que armonice las diversas formas de sentir y pensar ¿cómo puede ser tan depreciada como un
bien supremo del ser humano?

Di lo que tengas que decir, si así lo sientes, pero si no tienes palabras que mejoren lo ya dicho, cállate. El hablar desde el desconocimiento y la necesaria información fomenta el desconcierto y termina en ruido. Para esto no te señales.

El señalar no es un fin en sí mismo sino un procedimiento de elaboración de confusiones, injusticias y arbitrariedades con ausencia de toda lógica – esa ciencia que para el progreso y bien razonar, nos legó la cultura griega hace 25 siglos-, y de las que se retroalimentan los referentes.

Relata el evangelista Mateo: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt.7,6) Las personas se matan por conseguir lo que la sandez ha conquistado sin apenas abrir la boca, ignorando que aprende mas el sabio de sus fracasos que el necio de sus victorias, que la prudencia es la madre de todas las virtudes.

“No me quiero señalar” es actitud propia de gente amedrantada por motivos que quizá no quieran averiguar y les harían sentirse culpables, lo que equivale a alinearse con aquellos que ostentan el poder de gobernarlos. Los que no se quieren señalar quizás merezcan en justicia, por su silencio y turbia moral, el gobierno que hoy tenemos en nuestra ciudad. ¿Tal vez su silencio esté acorde con la parábola de Jesús:” Aquel que esté libre de pecado que arroje la primera piedra.”

El que no se quiere señalar actúa de forma insolidaria, porque de los beneficios sociales y personales, producto del activismo de los demás (los que sí se señalan), participarán en los logros conseguidos.

Para satisfacción de muchos, hace unos días se ha producido en nuestra ciudad, un acontecimiento sencillo en su gestión, y singular en su forma; por primera vez, sesenta vecinos y vecinas de Pozoblanco, nos reunimos en un lugar público, la asamblea se desarrolló con total corrección y libre partición de los asistentes, y con fundamento en este tipo de convocatorias asamblearias, los llamados “comicios” en la Roma imperial.

¡Tanto tiempo para tan poco progreso del pensamiento!