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	<title>Hoyaldia.com &#124; Actualidad online de la comarca de los pedroches &#187; Juan Andrés Molinero Merchán</title>
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	<description>HOYALDIA.COM es un periódico online de la comarca de Los Pedroches</description>
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		<title>El sueño de Alejandría</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Oct 2026 07:03:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Juan Andrés Molinero Merchán]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[bibliotecas]]></category>
		<category><![CDATA[conocimiento]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="1277" height="848" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2026/10/Captura-de-pantalla_21-10-2026_182217_egyptra.com_.jpeg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="Dibujo de la que fuera la Biblioteca de Alejandría." /></p><p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Ahora más que nunca, sin mucha conciencia de ello a pesar de las evidencias, estamos más cerca del sueño helénico. Desde los primeros momentos de existencia humana, perdida en la noche de los tiempos, advertimos que para avanzar en la senda del progreso y desarrollo es preciso acumular saber y conocimiento. Y lo que es más importante, almacenarlo de manera estable, de formas diferentes.</p>
<p style="text-align: left;">Las bibliotecas precisan, pues, de muy poca argumentación para justificar su existencia. Entorno a ellas han estado siempre los laboratorios del entendimiento y la razón, forjando nodos de avance. El acopio de saberes tiene, aunque sea y haya sido una tónica continua en el hombre<br />
diariamente y en la Historia, momentos estelares que, precisamente, coinciden con etapas álgidas de nuestra existencia, en lugares de relumbrón y con hombres visionarios que no solamente sabían del poder del conocimiento de su presente y pasado, sino como herramientas incontestables de futuro.<br />
Resulta siempre interesante y sorprendente echar un vistazo a esos hitos en el espacio y en el tiempo, que despliegan relevancia en las coordenadas sociopolíticas, en los crecimientos económicos y en el despertar cultural en todo su espectro. Entre los flujos del tiempo y de la obscuridad prístina de los humanos destacó Alejandría como hito incontestable de faro de sapiencia.</p>
<p style="text-align: left;">Era no solamente un faro geoestratégico y de desarrollo geopolítico, sino que se convierte en una poderosa luminaria del saber a través de los libros: con acuciante acopio de papiros y pergaminos de todos los lugares para rescatar, conservar y manejar lo que se conocía del mundo en todos los lugares; idearios grandes, qué duda cabe, de mandatarios avezados en el poder, pero también de mentes privilegiadas que promocionaron y ejecutaron estas proezas, como los eminentes Eratóstenes o Calímaco de Cirene.</p>
<p style="text-align: left;">Con parangón exacerbado se cimbra en las alturas de la Historia también, mirando a Oriente, el coloso impulso califal de Alhaken II, que con similar intuición y sensibilidad comprendió desde el mundo del islam que la biblioteca era el mejor instrumento para comprender e integrar hombres y territorios; Córdoba goza durante algunas décadas del prodigio de tener en su seno el mayor acopio librario de la humanidad, también con marchamo de progreso y eminencia cultural.</p>
<p style="text-align: left;">Nada extraña que estos elevados referentes de Cultura fueran denostados y destruidos por los perversos enemigos de la civilización y la Cultura, pues bien sabían los grotescos adversarios que el saber es un poder inmenso, y por ende las bibliotecas que denigraron con imbecilidad al fuego eterno.</p>
<p style="text-align: left;">Es el sino de la Historia. Pero el hombre es incombustible y reaviva siempre las llamas del conocimiento y sus sendas. De abierto espíritu y mente anchurosa son, como no podía ser de otra manera, los Scriptorium medievales, que a pesar de retratarlos siempre en la obscuridad de los cenobios brillaban con sus iluminados como nunca, con el saber y el arte por bandera de su tiempo. Ellos nos han permitido conocer el legado clásico que se encuentra en sus bibliotecas de España: los monasterios de Liebana, Ripoll, San Pedro de Cardeña o San Isidoro de León.</p>
<p style="text-align: left;">Las álgidas etapas de la Modernidad, del Renacimiento y la Ilustración, hacen rebrotar —como no podía ser de otra manera— con raciocinio y consciencia el magisterio de las bibliotecas, rubricando de nuevo que en ellas tiene la humanidad el mejor tesoro de su existencia. Nada importante, ni nadie, escapa del contenido de estos libros y espacios que trascienden el tiempo para seguir asentando principios de progreso, que es solamente técnico ni científico, sino esencialmente cultural (religiosidad, pensamiento, literatura, arte…), como distintivo indiscutible del ser humano.</p>
<p style="text-align: left;">Nada de lo humano se le escapa a las bibliotecas, porque todo está contenido en ellas. Todo. Desde lo material y físico a lo más espiritual o emocional y afectivo. Conmemorar efemérides, en reiteración prolija, resulta casi siempre de hartura en nuestros tiempos, pero el ensalzamiento de la Biblioteca entendemos que tiene —o debería tener— un punto alto de reflexión y aprovechamiento.</p>
<p style="text-align: left;">Bastaría aplicar a nuestras vidas el básico y elemental principio del refranero popular a las bibliotecas: algo tendrá el agua cuando la bendicen. Más aún, porque como decíamos al comienzo, actualmente tenemos la suerte de disponer de herramientas tecnológicas superiores en internet (todas las bibliotecas, virtualidad, etc.) para conocer, leer y disfrutar de una gran parte de nuestro legado librario y contenidos de las mayores bibliotecas de la Historia.</p>
<p style="text-align: left;">Nunca hubo una oportunidad tan inmensa para poseer las bibliotecas (en nuestra propia casa, on line) y sus contenidos variados (no solamente libros…); nunca pudieron nuestros antepasados pensar que, de manera fehaciente y sencilla se podría disfrutar, con toda la diversidad que se quiera, gustos y pasiones (científicos, literarios, artísticos, etc.), del sueño de Alejandría.</p>
<p style="text-align: left;">Nosotros tenemos al alcance de nuestras manos la Biblioteca más grande de todos los tiempos.</p>
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		<title>Las suertes de lidia</title>
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		<pubDate>Sun, 27 Sep 2026 11:27:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Juan Andrés Molinero Merchán]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[lidia]]></category>
		<category><![CDATA[sorteo toros]]></category>
		<category><![CDATA[toros]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="600" height="324" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2018/09/publico-corrida-.jpg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="Público de una corrida de toros de Pozoblanco" /></p><p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">TODO CAMBIA. TAMBIÉN EN LAS CORRIDAS DE TOROS. <strong>La suerte de lidia de los astados se decide, ahora, entre la tradición y la farándula</strong>. En las mañanas de lidias vespertinas se desarrolla, también en Pozoblanco, el protocolo de visionado de toros en los corrales y el correspondiente sorteo. En el coso de Los Llanos se pueden contemplar en los corrales los lotes de los toros y cabestros que aguardan su suerte. También los toreros. Más arriba, los aficionados.</p>
<p style="text-align: left;">Y, en medio, ese pequeño mundo que desde siempre ha rodeado al toro antes de que el toro sea del torero. Porque hay algo que permanece. <strong>Los toros llegan de la dehesa ya escogidos por el ganadero</strong>, después de una larga selección en la que cuentan la genealogía, la edad, las hechuras, el peso y las condiciones que se esperan de cada animal.</p>
<p style="text-align: left;">En los corrales de la plaza se produce después otra mirada:<strong> la del profesional que conoce las exigencias del ruedo y, sobre todo, las particularidades de cada torero.</strong> Se observa el trapío, la armonía de las hechuras, la conformación de la cabeza, la encornadura, el cuello, el lomo, los remos, la viveza de la mirada, la manera de moverse y hasta ese nervio difícil de explicar que un hombre de toros aprende a reconocer con los años. No se trata de elegir un toro —eso sería otra cosa—, sino de conocerlos para formar lotes lo más equilibrados posible. Ahí empieza verdaderamente el sorteo. Primero se hacen los lotes; después interviene el azar.</p>
<p style="text-align: left;">En una corrida de tres matadores y seis toros, al uso, se forman tres lotes de dos reses y posteriormente se decide por sorteo cuál corresponde a cada espada. No es una cuestión menor. <strong>La historia del sorteo nació precisamente de la necesidad de que el ganadero, o la figura dominante de la época, no pudiera favorecer a unos toreros sobre otros</strong>. Durante mucho tiempo, aquel momento tuvo algo de conciliábulo profesional. Apoderados, banderilleros de confianza, representantes de la ganadería y de la empresa se acercaban a los corrales, hablaban bajo, miraban mucho y decían poco. Había conocimiento, cálculo y también superstición.</p>
<p style="text-align: left;">Los toreros, generalmente, dejaban esa delicada operación en manos de quienes conocían sus condiciones y sus preferencias. <strong>Los subalternos de confianza saben qué toro conviene más a un determinado concepto del toreo</strong>, qué encornadura puede resultar más comprometida o qué comportamiento puede favorecer o dificultar el lucimiento. Y después llega el azar. Los papeles de la suerte deciden la tarde de toros.</p>
<p style="text-align: left;"><strong>Más allá de la tradición, se encuentra el arropamiento escenográfico de hoy día.</strong> El movimiento de personas, cámaras, teléfonos y aficionados alrededor de los corrales de Los Llanos, en un viejo ritual transformado en partes sustanciales. No de esencia, quizá, pero sí de escenario. No sé si en otros tiempos había más solemnidad o simplemente había menos cámaras. Probablemente ambas cosas. <strong>Aquellos hombres que durante años hicieron del conocimiento del toro una profesión no necesitaban explicarlo todo</strong>. Miraban. Medían. Comparaban. Se apartaban unos pasos. Volvían a mirar. Había entre ellos contrariedades, intereses, preferencias y pequeñas estrategias, naturalmente.</p>
<p style="text-align: left;">El sorteo nació incluso para equilibrar esas fuerzas. Pero el rito conservaba algo de secreto profesional. Ahora todo se mira, todo se graba y casi todo se cuenta. <strong>Los corrales han dejado de ser únicamente el lugar donde se guarda el toro para convertirse también en un escaparate previo de la corrida.</strong> La televisión, las redes, los teléfonos y la legión de aficionados con cámara han democratizado el acceso a un momento que antes pertenecía mucho más al reducido círculo de quienes tenían algo que hacer allí. Y quizá sea inevitable. La tauromaquia ha cambiado porque ha cambiado el mundo que la contempla.</p>
<p style="text-align: left;"><strong>La tradición permanece, pero alrededor de ella ha crecido una parafernalia nueva</strong>. El sorteo sigue siendo sorteo; los lotes siguen haciéndose; el azar continúa decidiendo qué toros corresponden a cada espada. Pero aquel silencio espeso de los corrales, aquella mirada detenida sobre el animal y aquella conversación dicha casi al oído parecen tener hoy que compartir espacio con el objetivo de una cámara.</p>
<p style="text-align: left;">No es que la tradición haya desaparecido. <strong>Es que ahora tiene público incluso antes de que comience la corrida.</strong> Y entre los corrales y el ruedo, entre el silencio de quienes conocen al toro y el bullicio de quienes quieren contarlo, se decide una parte pequeña, pero esencial, de la fiesta. La suerte está echada.</p>
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		<title>Las divas en residencia</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Sep 2026 07:43:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Juan Andrés Molinero Merchán]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[divas]]></category>
		<category><![CDATA[gira mundial]]></category>
		<category><![CDATA[música]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="1200" height="800" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2026/09/macondo-park-shakira-1.jpg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="Plano de Macondo Park la residencia de Shakira en la que da sus conciertos en Madrid" /></p><p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">LOS TIEMPOS MARCAN, ahora también, transformaciones profundas en la música. En las formas de hacer y difundir, nos referimos. Por su puesto y esencialmente en los géneros, en tecnología y escaparate, recepción, etc. Las divas de mayor notoriedad en el mundo están haciendo virar actualmente sus conciertos con notas sustantivas, y ello obedece a muchas razones, <strong>desde lo más prosaico a lo motivaciones sofisticadas de marketing. </strong></p>
<p style="text-align: left;">Hoy día asistimos de forma explosiva a dos ejemplos de alta alcurnia musical a nivel internacional, como son <strong>Shakira y Celine Dion</strong>, que ejemplifican a la perfección por donde marchan los conciertos en directo. Nos referimos a las denominadas<strong> residencias permanente de las artistas de relumbrón mundial</strong> en determinadas ciudades. La diva colombiana de Barranquilla saca pecho en Madrid, durante doce conciertos en septiembre y octubre (durante cuatro fines de semana consecutivos los días 18, 19, 20, 25, 26 y 27 de septiembre; 2, 3, 4, 9, 10 y 11 de octubre) consolidando su gira de las mujeres ya no lloran (World Tour). La escenificación del Macondo Park (escenario de Iberdrola Music) se erige como el gigantesco emporio musical y empresarial que remueve los formatos de las giras tradicionales.</p>
<p style="text-align: left;">En el mismo sentido hablamos de <strong>La residencia de Céline Dion en el Paris La Défense Arena,</strong> que consta de un total de 26 conciertos repartidos a lo largo de varias semanas (que comenzó el 12 de septiembre). Se trata, como decimos, de novedosos enfoques musicales que encumbran —mucho más de lo que están— a estas estrellas que abren horizontes a nuevas formulaciones de encumbramiento y recepción musical.</p>
<p style="text-align: left;">Queda ya viejuno y alicorto el recorrido por capitales (aunque sean las más grandes) buscando el relumbrón de la fama sin límite. Ahora <strong>ellas se erigen como diosas en gigantescas plataformas a las que hay que acudir ex proceso</strong>, en masa y con graves dificultades para encontrar sitio. Tal es la demanda de espectáculos, que mueven al día más allá del orden de 60.000 espectadores y actuaciones sobrecogedoras.</p>
<p style="text-align: left;">Ya no ruedan ellas alrededor del mundo haciendo girar la bola de la música, sino que es el mundo el que tienen que moverse en torno a<br />
ellas como auténticos iconos del universo. La fórmula de la Residencia tiene, claro está, beneficios a espuertas. Porque la artista remueve a los países enteros (España y Francia) hacia estos epicentros que no son únicamente de música, sino<strong> emporios empresariales de gigantescas proporciones en tamaño y negocio</strong>. Madrid y París se ven obligadas a definir colosales redes de acceso, y eventos variados, hacia los espectáculos mastodónticos, como si fueran —porque realmente lo son— mandatarios mundiales del más alto nivel. Se revolucionan masas ingentes de visitantes que hacen temblar a la capital, pero muy especialmente los resortes de difusión musical y de toda índole de información.</p>
<p style="text-align: left;">Las divas no precisan siquiera ser explosivas con su marketing particular, pues los medios públicos de información le hacen el oficio diariamente con programas específicos e informativos diarios, porque son foco de atención durante semanas y meses. Las divas hacen caja, pero quizás sea lo de menos, porque <strong>lo más significativo de las residencias está en la consolidación de iconos de la música incontestables</strong> con los que difícilmente se puede competir. Efectivamente son artistas de relumbrón, que cantan y actúan sin parangón en el mundo, pero de esta manera cierran el círculo a los magnates de la música, a los más grandes, que empiezan a mover ficha par realizar sus residencias con los resortes de sus casas discográficas, sus poderes en el espectro de la música y la aquiescencia de las mejores capitales del mundo para darle cobertura.</p>
<p style="text-align: left;">En fin,<strong> una nueva etapa de la difusión musical está en marcha</strong>. Las residencias de los más grandes artísticas abre brecha con futuribles de dimensiones incalculables, asistencias gigantescas y promociones inconmensurables. Son claramente movimientos culturales y sociales de alta ingeniería —porque hay que ver como movilizan— y pirotecnia del marketing, acoplados perfectamente a este mundo de la tecnología donde todos tenemos al alcance, paradójicamente, cualquier canción. Pero verlas en persona…, entre la multitud del país, tiene más calado para analizar.</p>
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		<title>Fuego sin contención</title>
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		<pubDate>Fri, 21 Aug 2026 05:30:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Juan Andrés Molinero Merchán]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[CULTURA]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="1200" height="675" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2021/08/fuego-calatraveño.png" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="Foto: Twitter Plan Infoca" /></p><p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">El refranero popular dicta muy bien, con toda claridad,&nbsp;que no hay mayor ciego que el no quiere ver. Eso pasa con el fuego desde hace décadas. Más allá de los alarmismos de última hora, que son acuciantes por las evidencias del presente verano en España y Europa, y no dejan de ser una evidencia más de una tendencia arrolladora y bastante elocuente. Nos referimos a los miles de hectáreas calcinadas, cientos de heridos, dolor incontenido y destrucción de diferente naturaleza. Los incendios de los últimos años de alta virulencia no son gestos esporádicos de la naturaleza, ni fortuitos ni fruto de actuaciones caóticas de la tierra. Todo tiene un sentido. Todo está envuelto en una compleja maraña de resortes provocados, la mayor parte de las veces, por el ser humano. La inconmensurable manta de cenizas y espacios quemados de España y en buena parte de Europa resultan elocuentes, desde hace bastantes años, de que existe una inercia imparable del cambio climático. Estamos ante una generación de incendios incontrolables y letales que aparecen de forma reiterada, aunque a veces de forma ingenua nos sorprendamos como si no supiéramos de que va la cosa; por qué se producen esas manifestaciones abrasadoras de calor, de una naturaleza displicente con el hombre. Nuestra simpleza infantil raya con frecuencia la estulticia (con perdón).</p>
<p style="text-align: left;">Resulta evidente que el cambio climático intensifica año tras año los regímenes de incendios acuciantes. Son el fruto de una serie de circunstancias que se retroalimentan, conformando una amalgama de condiciones perfectas para generar la barahúnda de incendios que habitualmente nos acompaña en los países del arco Mediterráneo (España, Portugal, Francia, Italia, Grecia, Turquía…). Los incidentes meteorológicos del verano (elevadas temperaturas) son un pequeño referente causal del gran iceberg que causa estos estragos. La desmesurada actuación humana desde la Revolución Industrial (humos, residuos, temperaturas, vertidos…) ha procurado a la tierra un cambio gigantesco, que de forma natural no se hubiera producido en millones de años. Actualmente hemos multiplicado la destrucción. No es preciso seguir la secuencia de industrialización desmedida y tecnologización de nuestro mundo para entender los desaliños que causamos al medio ambiente con los drásticos cambios socioeconómicos de la Contemporaneidad. Todos los conocemos bien, pero no parece que la cosa vaya con nosotros.</p>
<p style="text-align: left;">Entre las causas determinantes de esta interminable fluorescencia anual, que es cada vez más gravosa, se encuentran los abultados despoblamientos rurales, las díscolas utilizaciones del suelo y su abandono; las gestiones forestales anodinas que basculan casi siempre en conatos de maquillaje político, sin unas verdaderas políticas racionales que comprendan nuestra situación; de otra parte los modelos urbanísticos caóticos de nuestras ciudades y las formas de vida desproporcionadas que todos conocemos. Constituyen un paquete impresionante de motivaciones que favorecen los incendios, en conjunción con el calentamiento global de la tierra. En este polvorín nos movemos, sin mayor preocupación que rasgarnos las vestiduras cuando las llamas llaman a la puerta de nuestra casa; cuando anualmente las brasas asolan regiones enteras en las que tenemos fiada parte de nuestra sustentación por el único saldo del turismo, o la defensa módica que hacemos de nuestro entorno con la boca chica y sin ningún convencimiento. Al dislate de toda esta barahúnda de causas de difícil lectura y comprensión hay que añadir la maldad de algunos, que suman incendios con intencionalidad, con altos porcentajes: a veces de forma inconsciente (quemas de rastrojos; deseo de liberación de espacios para caza, etc.), pero otros con perversidad.</p>
<p style="text-align: left;">Ante un problema tan importante, de dimensiones desbordantes en lo que nos toda de futuro, solamente queda que la conciencia de la ciudadanía se convierta en una verdadera razón de cambio de actitud y comportamiento vital. La tierra y el medio ambiente no son causantes de las debacles de las que nos quejamos. Somos nosotros los únicos culpables y responsables de que exista tal proliferación de fuegos que, como vemos anualmente, no son pitas esporádicas de fiestas con pavesas divertidas. Son drásticas situaciones del medio ambiente, del campo, de la tierra, del clima y de nuestra existencia. Seamos sensatos.</p>
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		<title>Polvo de estrellas futboleras</title>
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		<pubDate>Tue, 21 Jul 2026 07:25:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Juan Andrés Molinero Merchán]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="1200" height="675" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2026/07/mundial-copa1.jpg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="La selección española celebrando el Mundial conseguido en Estados Unidos" /></p><p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">El fulgor de las estrellas muchas veces nos obnubila.&nbsp;Muy especialmente en el firmamento del fútbol, donde vivimos de forma álgida los encumbramientos de astros, que no dejan de ser humanos. Cada Mundial vuelve a recordarnos una verdad que el entusiasmo, la publicidad y el ruido mediático se empeñan en ocultar: el fútbol es un deporte colectivo. Sin embargo, con demasiada frecuencia se nos presenta como una sucesión de héroes individuales capaces de decidir, por sí solos, el destino de selecciones enteras. Construimos mitologías alrededor de nombres como <strong>Lamine Yamal, Lionel Messi, Kylian Mbappé, Halaand o Bellingham,</strong> futbolistas extraordinarios, sin duda, cuyo talento merece admiración y reconocimiento. Pero entre la admiración y la idolatría existe una distancia que conviene no perder de vista.</p>
<p style="text-align: left;">En este Mundial <strong>hemos visto caer torres que parecían inexpugnables.</strong> Selecciones históricas, acostumbradas a ocupar el pedestal del fútbol internacional, han comprobado una vez más que la camiseta no gana partidos y que el prestigio acumulado durante décadas no garantiza el éxito presente. Brasil, Francia, Alemania y otras grandes potencias han conocido, como tantas veces ocurre en el deporte, el sabor amargo de la eliminación. Y esa es, precisamente, una de las grandezas del fútbol: nadie tiene asegurada la victoria.</p>
<p style="text-align: left;">Resulta llamativo comprobar cómo, en ocasiones, el relato periodístico convierte a determinadas figuras en el eje absoluto de sus equipos. Se juega para ellas, se interpreta cada acción en función de estos superhombres y se transmite la sensación de que el campeonato entero gira alrededor de sus botas. Cuando triunfan, parecen elevarse por encima del resto; cuando fracasan, se buscan explicaciones imposibles para no cuestionar el mito. La realidad, sin embargo, suele ser bastante más sencilla. <strong>Las estrellas también fallan</strong>. Los grandes figurones yerran penaltis decisivos, atraviesan momentos de escasa inspiración, se ven anuladas por el planteamiento del rival o simplemente tienen un mal día. Son magníficos futbolistas, pero siguen siendo personas. El exceso de expectativas termina convirtiéndose muchas veces en una pesada carga para ellos, empequeñeciendo al mismo tiempo el mérito de sus compañeros, cuyo trabajo silencioso hace posible que el talento individual pueda florecer.</p>
<p style="text-align: left;">Entiendo que el verdadero espectáculo del fútbol nace del esfuerzo compartido, del conjunto entero, de la solidaridad defensiva, del sacrificio de quien corre sin balón, de la inteligencia táctica, de la estrategia bien ejecutada y del convencimiento colectivo (¡Ojalá!) de que un equipo siempre puede superar a otro con mayor presupuesto o mayor número de figuras. Ahí reside la emoción que mantiene vivo este deporte y que permite que se puedan desafiar a los gigantes sin complejos. No se trata de restar importancia a quienes poseen un talento excepcional. Sería injusto. Su calidad inclina muchas veces la balanza y explica por qué los grandes clubes invierten cifras multimillonarias en incorporarlos. Son artistas del balón y constituyen un espectáculo por sí mismos; pero tampoco conviene convertirlos en semidioses cuya sola presencia parece garantizar los títulos. La historia del fútbol demuestra exactamente lo contrario.</p>
<p style="text-align: left;">El firmamento está lleno de estrellas. Algunas brillan con una intensidad extraordinaria; otras comienzan a apagarse mientras nuevas luces aparecen en el horizonte. También existe el polvo de estrellas, ese rastro luminoso que permanece cuando el resplandor inicial ha perdido fuerza. Así ocurre en el fútbol. Las generaciones se suceden, los ídolos cambian y los nombres que ayer parecían eternos terminan cediendo el protagonismo a otros de nuevo cuño. <strong>Quizá la mejor medicina sea la moderación. Ni el elogio desmedido ni la condena precipitada.</strong> Ni la vanagloria tras una victoria ni la frustración absoluta después de una derrota. El fútbol, como la vida, está hecho de ciclos, de incertidumbres y de constantes renovaciones. La belleza de este deporte consiste precisamente en que siempre deja espacio para la sorpresa.</p>
<p style="text-align: left;">En un tiempo dominado por el dinero, los intereses comerciales y la poderosa influencia de los medios de comunicación, conviene recordar que ninguna estrella, por brillante que sea, juega sola (así lo decía Di Stefano: <em>yo nunca jugué solo</em>). El balón sigue perteneciendo al equipo, y el equipo, cuando funciona como con auténtica marcha coral, es capaz de eclipsar incluso al astro más resplandeciente. España lo ha hecho. A fin de cuentas, también en el universo del fútbol el brillo más intenso acaba encontrando su medida. Hasta las estrellas más admiradas, después de iluminar generaciones enteras, terminan formando parte de ese inmenso y fascinante polvo de estrellas futboleras que deja la historia.</p>
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		<title>El gran salto</title>
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		<pubDate>Fri, 03 Jul 2026 06:59:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Juan Andrés Molinero Merchán]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="1200" height="675" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2025/11/nido.jpg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="Nido en la Cruz de la Unidad" /></p><p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">La sabia naturaleza nos da siempre lecciones.&nbsp;Desde lo más próximo y doméstico de nuestra particular biología, a lo más emocional de otros seres de nuestro entorno en los que apenas reparamos. El gran salto de las cigüeñas me parece un espectáculo conmovedor. Cada día, desde hace semanas, contemplo el nido que corona la Cruz de la Unidad de Pozoblanco (y de otros del contorno). Sobre este elevado y emblemático lugar de la ciudad, tres jóvenes cigüeñas vienen creciendo en vida, casi darnos cuenta, a pesar del volumen <em>in crecendo</em>. Donde antes solo había pequeños polluelos indefensos, hoy se enaltecen tres aves casi adultas que baten las alas con insistencia, ensayando una y otra vez un gesto que no responde al capricho, sino al instinto más perfecto. La naturaleza nunca improvisa. Todo tiene su tiempo, su orden y sentido. Ahora aprenden con aleteos precarios e inconsistentes, pero dentro de muy pocos días llegará el instante decisivo. Desde el borde del nido, muy bien calibrado en no pocas jornadas, una cría abrirá las alas y se lanzará al vacío. A nosotros nos parecerá un salto lleno de incertidumbre; para la cigüeña será, sencillamente, el momento para el que lleva preparándose desde que vino al mundo. Durante unos segundos perderá altura, encontrará el aire bajo sus alas y comenzará a volar. Con el saber infinito del instinto en sus alas. Ese será su gran salto. El que la separa definitivamente de la infancia y la introduce en la vida. Quizá por eso nos emociona tanto contemplarlo. Ese salto que todos hemos tenido que dar alguna vez en la vida, sobrepasando el vértigo del abandono del hogar, de nuestro primer refugio conocido, para descubrir que la auténtica existencia solo avanza cuando nos atrevemos a desplegar las alas.</p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-weight: 400;">Las cigüeñas nos enseñan mucho más de lo que imaginamos. Nos muestran el valor de la paciencia mientras construyen, rama a rama, un nido que utilizarán durante años. Nos definen con mucha precisión el compromiso de unos padres que comparten la incubación, buscan alimento sin descanso y protegen a sus crías hasta que estas pueden valerse por sí mismas. Nos enseñan también que educar consiste precisamente en preparar para la independencia. Los padres seguirán acompañando a sus hijos durante algunos días después del primer vuelo, pero llegará un momento en que las jóvenes crías emprenderán su propio camino. No volverán a ocupar el nido donde nacieron. Pasarán varios años antes de formar una familia y buscarán un lugar donde levantar su propia casa. Mientras tanto, serán viajeros del cielo, seguirán un rumbo que nadie les ha explicado y que, sin embargo, conocen con una precisión admirable. Tal vez ahí resida una de las mayores lecciones de la naturaleza: todo fluye sin estridencias. Los acontecimientos más trascendentales ocurren casi en silencio. La vida cambia de etapa mientras nosotros pasamos deprisa por la calle, consultamos el móvil o pensando en las preocupaciones del día. Sin embargo, sobre nuestras cabezas, la naturaleza continúa escribiendo su historia con una serenidad que conmueve. </span></p>
<p style="text-align: left;"><span style="font-weight: 400;">Las cigüeñas forman parte del paisaje sentimental de Pozoblanco. Han acompañado la vida de varias generaciones y, de alguna manera, también forman parte de nuestra memoria. Resultan un hito en nuestro calendario vital. Cada primavera regresan los adultos al viejo nido, como quien vuelve al hogar después de un largo viaje, reanudando un ciclo que parece eterno. Nuestra mirada parece escrutadora, pero quizá sean ellas quienes nos recuerdan, año tras año, que la vida siempre camina en procesos de renovación. En estos tiempos en los que medimos con el impass una pantalla, conviene detenerse unos minutos y levantar la vista. Basta observar los nidos de las aves para comprender que las auténticas esencias siguen estando muy cerca de nosotros. Solo necesitan que les prestemos atención. El gran salto de esas tres jóvenes cigüeñas será mucho más que el comienzo de un vuelo. Es sin duda una hermosa metáfora de la vida, de la confianza, de la libertad y&nbsp; la esperanza. Y quizá también una invitación para que nosotros, al menos por un instante, aprendamos de nuevo a mirar.</span></p>
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		<title>En tiempo del calor…, la casa tradicional</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Jun 2026 07:12:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Juan Andrés Molinero Merchán]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="940" height="570" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2026/06/casa.png" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="casa" /></p><p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Cuanto le debemos a nuestros mayores&nbsp;de antaño. En estos días en los que el rigor del verano es acuciante, con los calores del infierno, siempre me acuerdo de la arquitectura tradicional. La casa de Los Pedroches es una de esas reliquias del pasado que ejemplifican como nadie el saber popular.&nbsp; Nunca me han gustado los tópicos, porque aún en sus verdades deforman muchas veces la realidad convirtiéndola en mentira de generalidad. No obstante, en asuntos del calor es casi siempre cierto que en Andalucía las temperaturas frisan siempre las máximas del país, con referencias abultadas de Córdoba con el mercurio escandaloso en alza. Cierto es también que los dislates de la alteración climática, en las últimas décadas, han alterado los periodos estacionales, y durante el año son grandísimos los cambios que se advierten sin necesidad de muchas explicaciones. El estío se alarga sobremanera hasta mantener las terrazas de los bares durante el año casi de forma sempiterna. Con todo ello en clave de certeza, también es verdad que el calor fue siempre en esta tierra durante centurias un elemento definidor del clima. Nuestros antepasados vivieron como nosotros los calores del verano sin indulgencias de climatización, ni aparatos tecnológicos de los tiempos que corren.</p>
<p style="text-align: left;">Tenían, sin embargo, como hemos dicho en muchas ocasiones y puede fácilmente comprobarse, el saber de la tradición y la experiencia como maestra de la vida. Los rigores del calor eran también para ellos grandes, en parangón con los fríos continentales del invierno —que tampoco es flojo en estos lares—, pero alcanzaron a templar unos y otros extremos con el firme entendimiento de los materiales de su hábitat natural. Las casas de nuestros antepasados, que desgraciadamente están despareciendo en su esencia, constituyen un magnífico ejemplo de aprovechamiento de los recursos naturales para solventar las problemáticas climáticas. La utilización del granito y la madera, las tierras frescas y la vegetación natural cumplen como nadie con la encomienda de corregir los dislates de la naturaleza. Más aún, porque a los propios materiales impermeables y de control térmico se suma el grandísimo dispendio de recursos técnicos de carácter arquitectónico y habilidosas soluciones constructivas. En términos domésticos de gran simpleza siempre recordamos dichos y hechos graciosos sobre estilos de vida para el invierno y el verano (con aquello de bota, baraja y brasero ante el frío; o parra, pozo y botijo para el verano), pero realmente resultan sorprendentes las soluciones arquitectónicas, estructurales y morfológicas de las casas de nuestros mayores. Claro que el pozo del patio era una exigencia insoslayable en cualquiera casa que se preciara, con el subsiguiente aditamento de la vegetación y la tierra del huerto, pero de mayor enjundia es la composición de los habitáculos interiores, con la vereda central con accesos en los extremos para convertirse en un corredor de corriente fresca en verano, fluyendo el fresco del huerto hacia el interior como regulador de temperatura.&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">De superior importancia es asimismo la cámara superior que, si ciertamente cumple con una función esencial de guarda y custodia de aperos y productos del campo (trigo, melones y sandías…), no menos cierto es que en términos de climatización responde a la función crucial de aislamiento de la parte inferior vividera, impidiendo los rigores del frío invernizo y el acuciante calor de verano. Tampoco resulta en absoluto soez la disposición opaca interior de la vivienda, completamente cerrada en los flancos, que tanto se ha criticado a lo largo de la Historia, y que sin embargo tiene justificación funcional en esto de los calores y los fríos, más allá de pérdida de luces centrales. Todas ellas son soluciones de nuestros antepasados para corregir el calor y regular los espacios vivideros de casa. De sus virtudes no es necesario prodigar medias mentiras o regalías de ficción sobre las capacidades de las viviendas para soportar el tempero. Las verdades se acreditaban entonces, y se siguen verificando ahora, con la simple vida en una de estas casas tradicionales que <em>de facto</em> te enseñan que nuestros antepasados entendieron bien que hace calor, mucho calor, y que la casa es el mejor instrumento de nuestro habitar con elementos y formas reguladoras de carácter natural. Tanto la parra del patio con el pozo y el botijo como el interior permiten no solamente vivir en sintonía con la naturaleza, sino disfrutar de la siesta y de la noche, de la comida y del descanso antes de la jornada de trabajo. No hacemos proselitismo del pasado ni de la tradición más rancia, que en aspectos negativos era también maestra, pero sí que cabe rendir un homenaje sentido con brete de distinción entre el pasado y el presente.&nbsp; La casa tradicional rubrica con primor la calidad de vida ante el soporífero pugilato del verano.</p>
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		<title>La Sagrada Familia de Gaudí</title>
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		<pubDate>Mon, 15 Jun 2026 07:16:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Juan Andrés Molinero Merchán]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="1130" height="940" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2026/06/sagradafamilia.png" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="Interior de la Sagrada Familia" /></p><p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Entre las maravillas universales del arte&nbsp;hay, incluso, estridencias geniales de belleza. La Sagrada Familia de don Antonio Gaudí (1852-1926) no precisa, siquiera, de los impulsos mediáticos de manto blanco. Se trata de una obra tan gigantesca en factura, a todos los niveles (material y espiritual), que sobrecoge el espíritu humano como muy pocas obras lo hacen. Ciertamente la visita del pontífice León XIV, con todos los <em>máss media</em>en liza, la convierten puntualmente en protagonismo de excepción, pero posee el templo en sí mismo tal potencia — en cualquier momento— que obnubila cualquier otra perspectiva. La magnificencia de la catedral barcelonesa solamente se entiende desde parámetros álgidos de exclusividad. Cierto es que responde bien a un tiempo y a un estilo (<em>Modernismo</em>), muy bien definido en formas, que le ofrece cauces en los planteamientos estéticos de su era (fines del s. XIX y comienzos del s. XX), pero no es menos verdad que la autenticidad del templo y su expresividad se debe única y exclusivamente al maestro.</p>
<p style="text-align: left;">Toda su obra (<em>La Pedrera, Casa Batlló, Parque Guell, Capricho de Comillas</em>, etc.) destila los efluvios de una mente creativa sin parangón. Una genialidad universal. Un hombre de imaginación desbordante que, sin embargo, recoge como nadie los réditos del arte más señero del emporio artístico occidental. Claro que Gaudí es conocimiento y técnica, genuino sabor de contemporaneidad y mirada profunda de la naturaleza, pero nadie como él ha sabido dar voz propia a sus obras con tanta personalidad: con sentido de unidad y pluralidad; con univocidad y contextualidad. Nadie maneja como él la dialéctica de la luz y los colores, las deslumbrantes bóvedas ni las formas curvilíneas estructurales que sorprenden y emocionan. En ellas está siempre patente la firma del genio en toda su dimensión, porque todo su ideario camina raudo por los senderos de una inteligencia procaz, de una solidez envidiable, de una álgida imaginación y originalidad incontestable. Nadie habla más alto ni más claro de que el arte tiene a veces en el espacio y en el tiempo una voz inimitable, partiendo como decimos de sintaxis claras de estilo y semánticas de historia. Parece mentira como don Antonio Gaudí hace temblar en técnica, emoción y calidad a los mismísimos pilares del arte clásico universal. Bastaría con recordar que el Vaticano — centro por excelencia del orbe cristiano— posee alarde de grandiosidad con el emporio de San Pedro de los mismísimos Buonarroti (cúpula) y Maderno (fachada), genios incontestados de arte universal de los momentos álgidos del Renacimiento y Barroco, pero timbran sus pedestales de distinción con un edificio que se encumbra en el centro religioso de la tierra, que es un <em>As</em> muy&nbsp; grande en la manga; timbran su elocuencia artística con estilos de marchamo universal y prosapia clásica, que llevan en su seno la savia de la verdad del Arte, que forjaron los hombres de la Antigüedad; y San Pedro representa las magnificencias de dos&nbsp; genios (y muchos más) irrepetibles de la Historia.</p>
<p style="text-align: left;">Con todo ese acopio (sirva de ejemplo), sin embargo, la Sagrada Familia no se achica ni ante el coloso de Roma ni ante las otras maravillas del mundo (pirámides…). Gaudí alza la voz de un genio en unas piedras que se disciplinan con humildad a su espíritu religioso; porque el maestro es también un hombre de creencias. La maravillosa dialéctica de las piedras y sus formas caprichosas rompen como nadie los esquemas del espacio y del tiempo, del estilo y de los magnates de su era. Nada extraña que el edificio esté siempre lleno de visitantes del mundo con miradas absortas al infinito de las piedras, porque infinita es la diversidad de pórticos, torres y ventanales que no solamente conjuntan en un estilo y en una personalidad creativa, sino que cada una de ellas habla con estridencias dialectales arquitectónicas que abruman por la capacidad técnica del genio: porque asombran los arcos y las columnas, las respuestas técnicas y los diálogos exultantes de belleza en cada uno de los rincones. Pero Gaudí no solamente es técnica, arte, creatividad y naturaleza, es a la vez conjunción de piedra y luz, de medida y evanescencia, de firmeza de un estilo y disparidad de criterios estéticos. La obra es fruto de una idea y un momento, sí, pero desde luego que trasciende el espacio y el tiempo.</p>
<p style="text-align: left;">La longevidad (desde 1883) en su conclusión definitiva tal vez sirva en tono de curiosidad para aplacar el ideal de perfección en que se estima la obra, pero realmente es fruto de una vida —la del maestro— que entendió el culmen del arte con una personalidad propia y definida. La visita del pontífice para la bendición del templo —en su disparidad de emociones contenidas en el visionado— puede servir también para calibrar cómo una catedral centenaria responde con majestuosidad —contemporizando como nadie— a todas las exigencias técnicas de los tiempos modernos, de la imaginería visual (ópticas, enfoques, zooms impresionantes…) y a una mirada universal que contempla el lenguaje de un genio de nuestra Historia. Gaudí define en la Sagrada Familia no solamente con un lenguaje sobrecogedor, sino con un espíritu infinito de eternidad. Porque eso es su obra, a la que difícilmente pueden llegar las palabras burdas de cualquier mortal, que siempre se quedarán alicortas ante la belleza incontestable del maestro.</p>
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		<title>La Virgen vuelve a La Jara</title>
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		<pubDate>Sun, 24 May 2026 13:00:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Juan Andrés Molinero Merchán]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="1200" height="800" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2026/05/virgendeluna_llevada.jpeg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="Virgen de Luna, romería de llevada de Pozoblanco" /></p><p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">La Virgen de Luna es siempre noticia.&nbsp;Especialmente notoria, incluso, cuando no lo es en un mundo de ruidos álgidos de otras muchas naturalezas. No hablamos de esencias religiosas, aunque las haya, en muchas personas. Nos referimos a la intensidad con que sigue viviéndose una imagen que —como hemos indicado muchas veces— es un baluarte de Historia, tradición y fiesta. En los tiempos que corren de complejidades sociopolíticas, guerras y enfermedades (epidemias sonoras…), que absorben diariamente nuestras vidas en tráfago de inquietud, llama sin embargo la atención cómo los rituales y liturgias se mantienen y reviven con fuerte poso de aquiescencia, que no es nada fácil de comprender en sociedades tan descarnadas de principios y valores.</p>
<p style="text-align: left;">Tal vez sea precisamente eso lo que permite que una tradición centenaria de quinientos años siga rauda por sus fueros. En momentos desconcertantes en orientaciones claras de los pueblos y civilizaciones, la cotidianidad y la tradición rezuman con olores fuertes de incienso; muchas veces se ha dicho que no hay nada en la vida como la bendita rutina, que nos abstrae diariamente y nos protege de las arritmias y alharacas, de los atronadores sobresaltos sobre esto y lo otro, los altibajos y requiebros de las novedades buenas o las desesperaciones. Lo normal y lo cotidiano nos tranquiliza. En este mismo tono funcionan las prebendas de la historia —salvando las distancias, claro, de fondo conceptual (religioso, o de otra naturaleza)—, las tradiciones marianas que desde la Edad Media sentencian normalidad en ritos y liturgias, que con mucho aparato tal vez nos conmuevan y exalten el espíritu, pero en el fondo constituyen reiteraciones que se asumen con agrado. La Virgen de Luna guarda en sus elementos simbólicos (imagen, traídas y llevadas, ermita…) una trascendencia conocida e intensa, en defensa del territorio y la subsistencia (las yerbas y aprovechamientos, defensa…, etc.), pero en lo más doméstico representa una cotidianidad que tranquiliza y deleita. No simplemente por la fiesta y algarabía que arrastra, que también, sino porque está completamente imbricada en la celebración de la vida, del tráfago de la naturaleza, del brotar de las plantas y de revivir el camino.</p>
<p style="text-align: left;">No es la Iglesia, ni las celebraciones que realiza, ingenua en el asiento de valores humanos en el tiempo y en el espacio. &nbsp;La Virgen será más o menos visitada (y rezada) diariamente, pero en las fechas claves de su calendario cíclico es arropada por las multitudes que saben que, desde sus ancestros, se celebran estos hitos con halos de normalidad y advertencia de los ritmos naturales. Llama no obstante la atención, decimos, la intensificación y amplificación de ritos entorno a la imagen, la vivificación profunda de todas las liturgias (con reforzamientos) y la generalización con que se hace. En nuestros contextos (sociales, económicos…) se entiende bastante desde parámetros de identidad, que estuvieron siempre presentes, pero que actualmente se actualizan y reavivan con fruición, porque las sociedades tan díscolas en las que vivimos, con truculencia de contrapuntos culturales, precisa reforzar nexos de unión entre la comunidad; requiere vínculos de tradición y referencias asentadas. Y todo eso lo ofrece la Virgen de Luna con un espectro magnífico de ingredientes. Parece mentira como todos los elementos del ritual tradicional se avienen en remozo de modernidad.</p>
<p style="text-align: left;">Nos referimos al reforzamiento de las cofradías, con el rigor y amplitud de los desfiles, procesiones a las parroquias, liturgias simbólicas, vestimentas, cánticos, etc., así como la remodelación precisa de incorporación de féminas en el tenor de los tiempos en validación de cuestiones de género, como no puede ser de otra manera. Revitalización festera en parámetros sociales, de tradición familiar, reencuentros, disfrute y renovación anual de una tradición que es asazmente civil, y laica para infinidad de personas. También se actualizan con vigor, —queda visto en el presente año— el fervor religioso y clerical de una imagen a la que se le sigue dotando de mayores rangos en el espectro católico de carácter simbólico, como la reciente coronación que ha concitado al orbe creyente de la Virgen, con ensalzamiento canónico que complementa las intitulaciones de alcaldesa perpetua y patrona de las villas que le rinden devoción. Se trata pues de un remozamiento de la tradición con revestimiento de actualidad que permite conjugar lo de antes con lo de ahora sin quebrantamiento alguno, sin rupturas graves de pensamientos, ideologías, contextos económicos o coyunturas álgidas de las nuevas civilizaciones. La Virgen sigue, decimos, por los fueros de la tradición y la Historia. Pozoblanco y comarca se mueven de nuevo por las sendas verdes de la dehesa, disfrutando de olores, sabores y colores de la Jara; promoviendo alardes de convivencia y fiesta grande, revistiendo el acto con loores de solemnidad y liturgia. La Virgen de Luna sigue siendo marchamo de cotidianidad y magnificencia, con traídas y llevadas, aún en sus ingredientes de mayor lustre y relumbrón.&nbsp;</p>
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		<title>Juana Castro. La poetisa de Los Pedroches</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Apr 2026 05:30:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Juan Andrés Molinero Merchán]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Juana Castro]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Los Pedroches]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="1200" height="670" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2026/04/juana_castro_.jpeg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="Juana Castro en su última presentación celebrada en Villanueva de Córdoba. Foto: Ayuntamiento de Villanueva de Córdoba" /></p><p style="text-align: left;">&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Es la gran desconocida. No hablo del nombre ni de la aparición mediática en los círculos del ámbito literario cordobés, o las referencias al uso entre las plumas de la lírica comarcal o provincial. Me refiero a la autora y la obra que la reconoce, en círculos más elevados, como una poeta de referencia literaria. Las palabras mayores que tildan a esta jarota de nacimiento en el espectro de la Literatura nacional, con galardones de empaque y profundidad en sus escritos, <strong>esas, solamente se conocen y comprenden bien por quienes han leído (no mecánicamente), comprendido y disfrutado su obra.</strong> Que, por cierto, tiene reciente obra completa (tal vez) publicada desde hace meses.</p>
<p style="text-align: left;">No creo sinceramente, sin embargo, <strong>que la mayoría de los pedrocheños conozcamos bien, ni siquiera medianamente, la significación de una autora que alcanza cotas altas de reconocimiento</strong>. Juana Castro posee una trayectoria larga, pues su avidez intelectual y su afán por escribir deviene desde bien pequeña, con gusto sin mayor encomienda, por necesidad —como ella dice— con urdimbres de oficio y pasión encendida que derrocha en lo más hondo. Son mimbres a considerar, sin duda, pero creo que los timbres más notorios de su voz poética se encuentran en otros pilares, lejos de esas varetas que contienen los ingredientes de muchos escritores que pululan en el orbe de la farándula literaria.</p>
<p style="text-align: left;"><strong>Juana Castro tiene una personalidad muy definida</strong>; tiene una mirada muy particular; posee un trasfondo conceptual en su relato que la hace distinta y sobresaliente con vigor. A esta escritora no se la puede mirar simplemente desde la rimbombancia sonora de altavoces que la engrandecen, hace falta acercarse a ella con mucho sigilo y tiempo, destripando sus versos y su vida, y mirando con pausa el discurrir de las aguas de su caudal lírico. No es poetisa de aparato, ni de proyección fácil; ni es de verso sonoro ni de ruidos insulsos, porque su quehacer se mueve más en las entrañas de lo profundo, a lo que hay que llegar conociendo bastante de su alma, de su formación y de las motivaciones que la mueven. Desde luego que no es –ni creo que haya querido ser nunca– escritora de relumbrón y veladura de etiqueta insustancial. Sus escritos están en la aureola de lo más personal y sintético de la cultura profunda que posee. Sin duda tiene alma de pueblo, corazón agrietado y mirada profunda de los ancestros más acicalados de la cultura clásica. <strong>Pero ante todo es lectora consumada, conocedora al dedillo de los grandes (Lorca, Machado, Hernández, Góngora y Quevedo, Aleixandre…), y a los cordobeses de relumbrón (García Baena, Núñez&#8230;).</strong> Su letra acicalada traduce la madre naturaleza en la bonanza silvestre y en la belleza embargante.</p>
<p style="text-align: left;">Los viejos parámetros tradicionales de la tierra de Los Pedroches, vividos en las fauces de las entrañas, los tienen metidos en las entrañas: el trabajo y la vida de subsistencia, el dolor y sufrimiento a ultranza. Con especialísimo aprecio y avalúo de la mujer, que se convierte en sus versos en un eje sustancial de su obra. No ahora, en las últimas décadas, cuando templan las aguas de la igualdad en la prédica. <strong>Castro es mucho más temprana en su decir y sentir.</strong> El dolor lo lleva en sus venas, porque sus registros literarios que ama son sentenciosos (Santa Teresa, Sor Juana Inés, Safo…). Las puertas poéticas a las profundidades las abre pronto (Cóncava mujer, 1978), marcando el camino intenso de inquietud por la mujer (<em>Del dolor y las ala</em>, 1982; <em>Paranoia de otoño,</em> 1984; <em>Narcisia,</em> 1986…) como objeto de trabajo y de pasión (no solamente en la poesía, en la política y en la vida). Haciéndolo, desde luego, desde una mirada introspectiva que la nutre. Es una mujer que escribe y vive como mujer; la mujer que se alza con brotes creativos con una interpretación propia a partir de su propia experiencia. No cabe duda que el discurso poético de Castro se mueve en coordenadas de renovación temática, sentimental, y posicionamiento interno.</p>
<p style="font-weight: 400; text-align: left;">En las venas tiene también la autora el afán de la Cultura, la necesidad de saber y entender el mundo, derrochando capacidad de análisis lírico. Es maestra de oficio, pero también de la vida. Sus poemas trascriben <em>a pies juntillas</em> hondos saberes de mujer culta. No son supercherías de artificio. <strong>No son fuegos literarios ni alharacas de bombo y platillo. Los estudios de avezados especialistas resultan elocuentes de la altura poética e intelectual de la jarota</strong>. Su tráfago literario es inmenso, e innombrables sus afanes y quehaceres con grupos literarios (Zubia, Cántico…), con colegas de la pluma e inquietudes de su era. Sin embargo, su mirada elevada y particular es muy personal, contra lo establecido y normatizado, yendo más allá de la tradición. La creación literaria de Castro despliega un trépano intenso y original. Los temas que toca son hondos y complejos (patriarcado; la mirada interna como mujer…), porque hace una mirada al pasado, a la tradición y la familia (el matriarcado, la mujer, la madre…), a la genealogía femenina con la que establece un diálogo, la educación, etc. Con potencia conceptual y lírica, espeleológica, trajina en el origen mítico femenino (<em>Narcisia,</em> 1986) para surcar ideales de libertad haciendo su propio relato de la maternidad. No es fácil encontrar poetas de tanta enjundia en la búsqueda de las inquietudes internas.</p>
<p style="font-weight: 400; text-align: left;">De principio a fin deja Juana de Castro un halo de profundidad brillante, del espacio y del tiempo en lo más hondo, del espíritu fosilizado que nos abre los ojos, como culmina en <em>Antes que el tiempo fuera</em> (2018). En fin, <strong>cuarenta años de literatura <em>castrense</em> que debemos de conocer y leer con ahínco,</strong> <strong>porque muy pocas veces se escuchan voces tan autorizadas en el campo de la literatura de una mujer de Los Pedroches.</strong></p>
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