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	<title>Hoyaldia.com &#124; Actualidad online de la comarca de los pedroches &#187; Serafin Pedraza</title>
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	<description>HOYALDIA.COM es un periódico online de la comarca de Los Pedroches</description>
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		<title>La cubierta del Titanic, por Serafín Pedraza Pascual</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Feb 2021 08:41:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Serafin Pedraza]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160; Con la tercera ola desbocada y unos horizontes de pandemia bastante&#160; oscuros, la humanidad está inmersa en la tarea más importante, la más decisiva ...]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="600" height="400" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2020/12/vacuna.jpg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="Foto de Polina Tankilevitch en Pexels" /></p><p>&nbsp;</p>
<p style="text-align: left;">Con la tercera ola desbocada y unos horizontes de pandemia bastante&nbsp; oscuros, la humanidad está inmersa en la tarea más importante, la más decisiva de cara al futuro: la campaña de vacunación. Y de nuevo, detrás de los hechos y de las palabras, de las máscaras y del gran teatro del mundo, aparece, en un porcentaje demasiado elevado, el verdadero rostro de la terrible condición humana. Sí, estamos llegando nuevamente a la cubierta del Titanic, con sus empujones, el sálvese quien pueda, a esos picos de insolidaridad que son capaces de crearse sin la ayuda de nadie, solamente con un egoísmo puesto en piloto automático.</p>
<p style="text-align: left;">No son mayoría los que se han saltado la lista de espera, pero son demasiado significativos, y su efecto absolutamente devastador: alcaldes, concejales, diputados provinciales, directores de distintos chiringuitos, familiares de los anteriormente citados, curas y también algún obispo, demostrando que las prisas por llegar al paraíso predicado no son demasiado grandes. Una representación de lo más granado de una sociedad cada vez más enferma. Representantes en distintos campos cuyo denominador común es una profunda quiebra de la conciencia, un déficit total de honestidad.</p>
<p style="text-align: left;">Algunos ciudadanos podrán preguntarse por las razones que empujan a estos individuos a apropiarse de una vacuna que iba destinada a otra persona. Personas con verdadero riesgo como reconoce el protocolo que marca las prioridades. Personas desposeídas de esa vacuna que seguramente, en un golpe de mala suerte, se contagiarán y perderán la vida porque alguien decidió que la suya era más importante que la de ese ser anodino y no productivo, ese ciudadano de a pie cuyo nivel estaba muy por debajo del suyo. Hay dos razones que empujan a esos campeones del salto de obstáculos a una acción tan deleznable. La primera es considerar que su vida es de la primera importancia, que sus cargos les convierten en seres imprescindibles. Primer error. Desde el presidente del gobierno hasta el último concejal pedáneo de la aldea más insignificante de este país, todos los cargos son reemplazables. Existe un banquillo mucho más numeroso que los que están ahora mismo en el terreno de juego. Y en ese banquillo hay suficiente número y talento para sustituir a cualquiera que debiera pasar al descanso. No es verdad que ninguna baja pueda afectar en nada a la gestión de cualquier actuación en el terreno de lo público o de lo privado. Eso es lo que nos han querido hacer creer durante siglos. Una mentira inmensa. Tan respetable y necesario es el recogedor de basura como el ministro. Tan necesario es el fontanero o el eléctrico como el dirigente de cualquier banco. Lo demás son simplemente cuentos para adormecer las conciencias.</p>
<p style="text-align: left;">La siguiente razón es igual de obscena. El pensamiento que tienen algunos cargos, elegidos o designados, de que su dedicación, con sueldo o sin él, se merece un trato especial, y unos privilegios por encima del común de los mortales. Cualquiera de las actividades&nbsp; representadas por esos ciudadanos de dudosa moralidad, será siempre algo libremente aceptado y asumido, que no necesita ningún trato diferente ni interminables homenajes de reconocimiento. Tan importante es el obrero manual que se levanta cada día a las seis de la mañana para alimentar a su familia como el empresario que le da trabajo. Tan decisivo es el funcionario que atiende en un ayuntamiento como el alcalde de turno. Cualquier otro discurso sobre el tema es simplemente absurdo. El protocolo de vacunación, aprobado por el gobierno de la nación, prioriza a las personas con riesgo, sin fijarse en la escalinata social. El virus no distingue, y nuestra obligación es salvar en primer lugar, sin excepciones de ningún tipo, los que están más en peligro.</p>
<p style="text-align: left;">Me imagino, viendo la lista de transgresores creciendo cada día como un río después de un chaparrón, que muchos de los infractores, que no han salido a la palestra, estarán pensando (con cierto miedo) en el momento de ser descubiertos, en que alguien cuente la falta y queden ante la ciudadanía como lo que son: unos &nbsp;seres cuya capacidad de empatía con sus semejantes es nula.</p>
<p style="text-align: left;">Sí, estamos nuevamente en la cubierta del Titanic. Ese barco perfecto en el que murieron más pasajeros de tercera clase que de primera. El dinero o la influencia como recurso, como actuación vampírica en una sociedad por desgracia demasiado adormecida. Los empujones a los seres “minúsculos” por parte de los “grandes”, los botes salvavidas al servicio de quien los puede pagar. Y en medio de la tragedia, la orquesta sigue tocando para acompañar la farsa. Por ejemplo interminables tertulias en canales de televisión, que se han convertido en especialistas de la retransmisión de una pandemia, a menudo para intoxicar &nbsp;en lugar de informar. Cuando esto termine, no nos habremos convertido en mejores personas como se afirmaba al comienzo de la pandemia. Solamente habremos profundizado un poco más en el abismo de la condición humana, dejando una instantánea sobrecogedora que no augura nada bueno para el futuro. Al no ser, y nunca&nbsp; quiero perder la esperanza, que los ciudadanos responsables (la mayoría lo son) seamos capaces de dar un golpe de timón antes de que la última ola nos arrastre a todos. Así de simple, así de complicado</p>
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		<title>Ciudadano Valls, por Serafín Pedraza</title>
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		<pubDate>Wed, 12 Jun 2019 09:21:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Serafin Pedraza]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>
		<category><![CDATA[política]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="600" height="338" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2019/06/valls.jpg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="valls" /></p><p>&nbsp;</p>
<p>En la novela<em> El gatopardo</em> del genial Lampedusa, el Príncipe de Salina preguntaba: ¿A qué viene Garibaldi a Sicilia? Inmediatamente contestaba ante sus compañeros de casta, siempre atentos: a enseñarnos buenos modales. Y quizá a eso ha venido también <strong>Manuel Valls</strong> a estas tierras, fichado por Ciudadanos, para intentar, con pocos resultados, el asalto a la alcaldía de Barcelona. En estos tiempos, los políticos cambian de partido, son fichados igual que los futbolistas, como si el equipo importara poco, y su credo menos; es lo que ya podríamos definir como “política sin complejos”, así que no debemos extrañarnos que a alguien se le ocurra traer algún “jugador” del otro lado de las fronteras. Probablemente con ello demostramos la pobreza del banquillo patrio. Alguien tendrá que explicármelo, si es posible, con tiempo y razonamientos. Pero este tema sería objeto de otro párrafo, para más adelante, seguramente otro día. La verdad es que Manuel Valls lo ha sido todo en Francia, o casi: concejal, alcalde, ministro del interior, diputado, primer ministro, y por poco no ha llegado a presidente de la República. Salido de las filas del partido socialista, está ahora en postulados cercanos a una derecha que intenta al menos ser civilizada, razón por la que tiene desconcertados a la mitad de los españoles, y muy cabreados a los jefes de su partido de adopción.</p>
<p>Cabe preguntarse las razones por las que Manuel Valls, de formación francesa, y eso pesa más que el origen del nacimiento, se niega a oír hablar de un partido como Vox. Cualquiera que sepa un poco de la historia del país vecino lo entenderá inmediatamente. En Francia la extrema derecha, representada por el Frente Nacional, es la imagen de algo que subsiste en las memorias individuales de muchos franceses, y en la colectiva de una nación que tuvo que mirar de frente una página atroz de unos años no tan lejanos del siglo pasado. Y lo hicieron, muchos, con espíritu crítico. No como aquí desde luego. El Frente Nacional, equivalente de Vox (La líder francesa ya ha felicitado unas cuantas veces al español), es equiparable a aquella derecha que colaboró con los nazis durante la Ocupación del país vecino, durante gran parte de la segunda guerra mundial. Una Francia traidora, surgida de la derrota, con gobierno en la ciudad de Vichy capitaneado por el mariscal Pétain, antes héroe de Verdún, y después traidor a su patria. Es el recuerdo de aquellos franceses que delataron, incluso torturaron y asesinaron a compatriotas. Franceses que ayudaron alegremente al invasor nazi. Los que hoy niegan todavía los crímenes cometidos, la atrocidad de los campos de exterminio que ayudaron a alimentar con deportaciones masivas. Es una Francia con rostro terrible que tuvo que fusilar, después de la liberación, aproximadamente a diez mil colaboracionistas, y eso que no se quiso mirar muy a fondo para que el castigo no llegara a ser dantesco. Pero la Francia leal, la del General De Gaulle, tuvo que poner orden con bastante fuerza contra los que olvidaron su deber hacia la nación. Aun estando en contra de la pena capital, sería difícil pedir la amnistía para personajes como el periodista Brasillac, ejecutado inmediatamente a la reconquista del territorio, individuo siniestro donde los haya. O Pierre Lavalle, jefe del gobierno de Vichy, llevado al paredón después de un lavado de estómago por un intento de suicidio. La Francia leal tenía claro que los traidores debían caer por las balas y no con la cobardía del veneno.</p>
<p>Este es, resumido en pocas frases, el panorama que cualquier francés de bien, o persona con formación francesa lleva en su mente, seguramente también en el corazón. Por esa razón, en unas presidenciales – y será solo un ejemplo de lo que pasa en el país vecino – en las que Chirac quedó para la segunda vuelta con la candidata del Frente Nacional, los socialistas galos votaron al candidato de la derecha tradicional, más moderada, evitando la elección de una aspirante cuyo racismo, xenofobia, antisemitismo y violencia verbal (de momento), serían un riesgo para un país con una larga tradición democrática.</p>
<p>No se puede pedir a un francés, perteneciente a la derecha moderada, o a cualquier partido con actitudes más o menos normales que pueda pactar, ni tan siquiera sentarse a hablar, con la extrema derecha. En Francia eso es un pecado mortal que nadie cometería. El Frente Nacional es el enemigo de Francia, de Europa, de una ciudadanía que aspira a vivir en paz, a cultivar valores humanistas, a crear espacios de diálogo (con los que estén capacitados para dialogar, claro está), a un reparto lo más coherente posible del bienestar. Por eso el ciudadano Valls, hijo intelectual de la Quinta República, está dispuesto a dar una lección de doctrina política, de saber estar, de diálogo entre los que tienen que hablar, dejando aparte los que buscan la desestabilización de una situación que necesita generosidad, y no violencia verbal, entendimiento y no soflamas peligrosas. El siglo XX dejó constancia de algunas actuaciones de esa parte del espectro político. No sabemos cuánto tiempo aguantará el ciudadano Valls en las filas de Ciudadanos. Pero efectivamente ha venido a enseñarnos buenos modales, buenos modales políticos. Mucha falta nos hace.</p>
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		<title>Ni quito ni pongo rey&#8230;, por Serafín Pedraza</title>
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		<pubDate>Wed, 22 May 2019 20:20:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Serafin Pedraza]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Juego de Tronos]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="600" height="338" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2019/05/juegotronos.jpg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="juegotronos" /></p><p>&nbsp;</p>
<p>La noticia más importante de estos días poco tiene que ver con los sobresaltos anímicos del desequilibrado Trump, ni tampoco con una nueva campaña electoral acompañada de su ración de urnas. Todos los medios de comunicación, de cualquier tamaño y color, se han hecho eco del final de la serie Juego de tronos. Y no es para menos. Después de ocho temporadas intensas, setenta y tres capítulos, termina la serie más premiada, seguramente más vista, elevada – con justa razón – a los altares de la gloria. Una mezcla del lúcido y contundente Shakespeare y del vital creador de mundos y reinos, el siempre recordado J.R.R. Tolkien. Quizá con algunas gotas de cualquier canción de gesta medieval, véase por ejemplo La chanson de Roland.</p>
<p>Debo reconocer que me enganché tarde a esta fiebre que han vivido millones de personas en todo el mundo. Fue por influencia de la generación joven que, después de la emisión de la cuarta temporada, me impuse un menú intensivo de cuarenta episodios para recobrar el tiempo perdido. Y no he salido nada decepcionado del experimento. Ojalá me hubiera pasado lo mismo con otras cosas más tangibles. Estamos ante un compendio de talentos pocas veces reunidos en una obra de tanta extensión, que ha sabido mantener el pulso y el interés hasta el final; hasta ese último episodio del cual no vamos a hacer “spoiler” para no fastidiar a ningún espectador que no lo haya visto todavía, o cualquier aficionado del futuro. Más allá incluso de que algunos discrepen del final; incluso se habla de una petición para que se cambie. No es algo nuevo. Recordemos que Sir Arthur Conan Doyle recibió miles de cartas para que resucitara a Sherlock Holmes después de la caída en las cataratas de Reichenbach.</p>
<p>En la serie encontramos de todo, en abundancia: luchas de lo más variopinto, violencia en dosis a menudo extremas – pero nunca gratuita -, traiciones para llenar un catálogo, amor, odio, y otros sentimientos de los cuales los humanos somos capaces. Y sobre esa historia que ya se ha convertido en un clásico, la pregunta más importante: ¿Quién se sentará, al final, en el trono de hierro, símbolo del poder absoluto sobre los siete reinos? Vaya por delante que, como espectador, esa fue la menor de mis preocupaciones. Con el trono de hierro me ocurre lo mismo que con los sillones, sillas o taburetes, que algunos se disputan últimamente. La pena es que la mayoría de esos aspirantes, en la vida real, tenga un talento más bien escaso si los comparamos con ciertos personajes de esta sorprendente historia. Lo único que pido, en todos los casos, es que nadie me aburra. En eso me ocurre lo mismo que a Petronio en la película Quo vadis, cuando dirigiéndose a Nerón, le dice: “Te podemos perdonar tus maldades y tus crímenes, pero nunca que nos hayas aburrido con tu poesía y tu lira”. A esta serie, ya situada en lugar predilecto en la larga historia del audiovisual, por principio le pedía lo mismo, ser capaz de hacer el camino con la suficiente diversión. Ha cumplido con creces.</p>
<p>Estamos ante un conjunto, pocas veces visto, de talento e inventiva, de creación de mundos que, por muy fantásticos que parezcan, nos siguen recordando al nuestro. Multitud de personajes que encarnan como nadie la grandeza y miseria de la condición humana. Una realización sólida, en la que se han empleado a fondo unos directores motivados y unos guionistas capaces de mantener el interés a través del tiempo.</p>
<p>Juego de tronos quedará como un ejemplo de espejo ante el cual nos podemos ver, aunque parezca que estamos viajando por geografías imposibles, con personajes totalmente inventados, pero a menudo demasiado reales. Desde la Ilíada y la Odisea, del genial ciego Homero, ya quedaron trazadas las líneas maestras de lo que deben ser las grandes epopeyas, las grandes de verdad. Lo que no pueda entrar en ese lote se quedará como simples historietas para perder el tiempo.</p>
<p>Ha terminado, y quizá nos hemos quedado algo más huérfanos. Ya echamos de menos a ese descendiente de la casa Lanister, corto de estatura, aunque inmenso por su inteligencia. Nos vienen a la mente las imágenes de Invernalia, Desembarco del rey, o las Islas del hierro, como esos lugares por los que la mente seguirá viajando. Lo importante ha sido el camino, el recorrido, tantos días juntos, con grandes hombres y mujeres y no pocos villanos. Como la vida misma. Eso sí, con un envoltorio brillante, lejos de los grises que a menudo nos asaltan en lo cotidiano. Cualquier día, para no perder las buenas costumbres, nos adentraremos de nuevo en esos territorios en los que vivir supone luchar, y caminar es un ejercicio continuo sin pausas, ni dejar de estar vigilante. ¿Qué más se puede pedir?&nbsp;&nbsp;&nbsp;</p>
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		<title>Cuarenta años de ayuntamientos democráticos, por Serafín Pedraza</title>
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		<pubDate>Wed, 08 May 2019 08:26:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Serafin Pedraza]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="600" height="265" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2014/05/ayuntamiento_belalcazar.jpg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="Ayuntamiento de Belalcázar" /></p><p>&nbsp;</p>
<p>En el mes de mayo de 1979, con la nueva Constitución recién aprobada, se celebraron las primeras elecciones municipales democráticas. Una necesidad absoluta de cambiar los viejos consistorios de la era franquista por corporaciones directamente elegidas por el pueblo, con presencia de partidos políticos de todos los colores, y la posibilidad para la ciudadanía de participar directamente en la vida del municipio. Fue un momento de grandes esperanzas, después de una noche demasiado larga, demasiado densa, cargada de injusticias y de agravios. Aunque es verdad que, años más tarde, tendremos que rendirnos a la evidencia: la muerte del dictador no ha supuesto la desaparición del franquismo como hubiese sido deseable. Demasiados nostálgicos, muchos individuos que se niegan todavía a declarar la caducidad de una dictadura vergonzosa.</p>
<p>Pero, retrotrayéndonos a aquel final de la década de los 70, la ilusión era el componente principal en un país que había estado demasiado encerrado entre fronteras excesivamente estrechas, libertades inexistentes, y una negrura diaria capaz de acabar con los sueños de millones de personas. Hoy, quedándonos en el exclusivo terreno de la política municipal, es el momento de hacer un balance rápido, provisional, de lo que han supuesto estas cuatro décadas de vida municipal a las cuales miles de mujeres y hombres han dedicado una parte importante de su vida, desde opciones ideológicas diversas, a veces contrapuestas, otras incluso desde la máxima independencia frente a los partidos existentes. La variedad de las posibilidades de gobierno ha sido casi infinita, las alianzas de todos los calibres, incluso las más insospechadas, algunas claramente contra natura. &nbsp;Lo verdaderamente importante son los resultados. En ese sentido, debemos reconocer que son sorprendentes, altamente positivos, por supuesto sin caer en triunfalismos inútiles, reconociendo los errores que siempre se producen en cualquier obra humana, suponiendo para todos los municipios de España en mayor o menor medida un cambio espectacular.</p>
<p>Miles de alcaldes/as, concejales/as, representantes de una ciudadanía que poco a poco aprendía lo que era una democracia a la europea, tanto en las grandes ciudades como en los pueblos más pequeños, han sido capaces de cambiar el rostro de algo más de ocho mil municipios que forman España. Un trabajo importante que va desde la creación de una infraestructura en muchos casos escasa, incluso en algunos lugares casi inexistente, en todos los terrenos: deportivo, cultural, social, económico, comunicaciones, etc. Sin olvidar el capítulo importante de una mejoría, ampliación o creación de servicios prestados a la ciudadanía, que han supuesto un paso decisivo en cuanto al acercamiento de los ayuntamientos hacia todos los administrados. En ese sentido, todos los partidos y grupos independientes han aportado un gran trabajo, todos son dignos del reconocimiento, sin sectarismos ni visiones parciales. También será imprescindible reconocer el inmenso trabajo de esas mujeres, que se han ido incorporando afortunadamente al mundo de la política y de esos hombres que, partiendo de opciones distintas, han sabido mirar por el bien común, trabajar para toda la ciudadanía; en muchos lugares, sobre todo en los pueblos más pequeños, sin ningún tipo de compensación. Hay que decirlo alto y claro, ha habido mucha generosidad por parte de muchas personas, en todos los campos. Sin olvidar la participación de una gran parte de la ciudadanía, a través del entramado asociativo, que ha colaborado activamente con el ayuntamiento de turno. Labor de conjunto, claramente de equipo grande, con sensibilidades variadas y horizontes comunes.</p>
<p>Quizá sería justo romper una lanza por lo que ha sido un ejercicio honesto en la mayoría de los implicados, dejando al margen una exigua minoría de ovejas negras, nocivas para su localidad y para ellos mismos. No merecen que se les dedique más espacio. Por desgracia la condición humana permite que se mantenga, a lo largo de la Historia, un porcentaje de esos individuos más o menos significativo. Pero la inmensa mayoría ha cumplido ampliamente con su deber, con el mandato que cada cuatro años otorgan los ciudadanos a través del voto. Incluso, en un tiempo como el actual, en que la política está muy denostada – y no entraremos en los detalles ni las razones -, es importante reconocer que existen de verdad los que creen, desde su cargo absolutamente legítimo, que la política es un servicio público a la comunidad, no un autoservicio para las necesidades personales. Eso a menudo se olvida, cegados por las noticias diarias, escandalosas sin lugar a duda, condenables por supuesto, pero que no representan a esa mayoría que trabaja con seriedad y honestidad. Muchas veces, desde la ciudadanía en general, se tiene la reacción injusta de hacer una enmienda a la totalidad, con generalizaciones peligrosas, y sobre todo injustas.</p>
<p>Los ciudadanos y ciudadanas pueden estar contentos de los resultados, sin tirar ninguna campana al vuelo, conscientes de la necesidad de una vigilancia que debe abarcar todos los días del año. En cuanto a quienes han ejercido durante un tiempo un cargo, lo ejercen, o lo ejercerán en un futuro próximo, deben concienciarse de que la única satisfacción que siempre queda, y por supuesto la verdaderamente válida, es la personal, esa que se siente cuando los proyectos se van realizando, pensando que queda la huella de algo&nbsp;para muchas personas y así, da a la vida de quien lo realiza una mayor justificación. Nadie acude obligado a unas elecciones, siempre se toma la decisión desde la máxima libertad, y a menudo con toda la pasión – también importante en este terreno –, con lo cual no existen las recriminaciones de ningún tipo. Nadie es imprescindible, aunque algunos lo hayan creído, seguro que en momentos de debilidad; pero todos y todas son necesarios. Tampoco hay que olvidar que, aunque la decisión de optar al cargo es libre, se deja muchísimo en el camino, una parte importante de la vida, absolutamente gastada, imposible de recuperar. Desde el principio, hay que saberlo, asumirlo, sin esperar otra cosa, a veces ni una simple palabra de aliento. No son necesarias. Aunque tampoco son demasiado justas algunas lapidaciones a las cuales hemos asistido en momentos concretos, y no debieran ser el pago a un trabajo realizado.</p>
<p>Quedémonos con lo importante, los resultados, lo mucho conseguido, esos pueblos y ciudades más luminosos, más habitables, mejor en todos los sentidos, de los cuales siempre nos sentiremos razonablemente satisfechos. Pensemos en el futuro, porque el camino es largo, afortunadamente nunca termina, solamente presenta etapas. Apoyemos siempre a los que en un futuro nos representarán, todos llegan con buena voluntad, y al mismo tiempo exijámosle, haciendo honor a la decisión que han tomado, la entrega de lo mejor de su trabajo que dejará una herencia de la cual todos nos sentiremos orgullosos.</p>
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		<title>Emperador Macron, alias Manu, por Serafín Pedraza</title>
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		<pubDate>Fri, 28 Dec 2018 09:03:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Serafin Pedraza]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="600" height="325" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2018/12/macron.jpg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="macron" /></p><p>&nbsp;</p>
<p>Manu Macron, presidente de la Quinta República francesa, está en horas bajas. Muy bajas. Desde el inicio de la legislatura, se detectaron los primeros síntomas de quien no ha comprendido las razones profundas que le han regalado un cargo demasiado grande para un personaje de escaso tamaño. El miedo a la extrema derecha, cada día mas potente en Francia, orientó el voto hacia un individuo frío, distante, despectivo con gran parte de la ciudadanía. La longitud de los pasillos del palacio del Elíseo, el grosor de sus alfombras, y el terciopelo de sus cortinas, hicieron el resto. La sordera de un político y la insonorización de la residencia presidencial, han convertido a su principal morador en el representando electo más odiado por la población. El 80 % rechaza de plano al presidente, y el 68 % apoya, sin fisuras, la insurrección de los chalecos amarillos que se han convertido en su principal oposición.</p>
<p>No hay motivos para extrañarse de un hombre que realmente no ha engañado a nadie, salvo a quienes ingenuamente quisieron ver otra cosa el día de las elecciones. Macron, que no tiene entre sus modelos alguno de los ilustres predecesores, por ejemplo, un François Mitterrand o un General De Gaulle, por citar solamente dos nombres, ideológicamente alejados entre sí, pero que han dejado una huella profunda en la Historia de Francia. Su modelo es el peor que se pudiera elegir: aquel Napoleón que traicionó las ideas de la Revolución Francesa, dio un golpe de Estado para convertirse en emperador, practicó un nepotismo vergonzoso colocando en cargos variados a su inmensa y decadente familia, dilapidó las arcas del Estado, y fue el culpable de la muerte de toda una generación en las distintas campañas que emprendió. Aquel pequeño corso que terminó en un islote, en medio del inmenso océano Atlántico. ¿Tendrá pensado Macron cuál será su Santa Elena?</p>
<p>Pero también ese hombre que se enfrentó, hace pocos meses, a un joven que le interpeló con el diminutivo de su nombre: Manu. No entendió, como ser distante y displicente que es, que no era una falta de respeto. Mas bien un grito de llamada de un joven angustiado ante un mundo que ofrece pocas expectativas de futuro para personas que empiezan su vida con horizontes demasiado negros. No era una falta de respecto, y sí un intento de acercamiento al representante electo de todos los franceses, sin excepción. Pero Manu Macron quiere boato y demostró, en su respuesta airada, la falta de empatía con los que más lo necesitan. Falta de empatía que se extiende a casi todos, salvo al reducido grupo de sus amigos banqueros o grandes empresarios. A esos cuyos beneficios aumentan escandalosamente, con medidas injustas para la inmensa mayoría de una población cada día más castigada.</p>
<p>Ahora le han salido protestones muchos de los que ya piensa que la paciencia no es una virtud, y no están dispuestos a abandonar la calle. Lugar donde, al menos en Francia, se han ganado muchas luchas. No es otro mayo del 68, lejos de ahí, pero sí un clamor que debe ser escuchado porque parte del sufrimiento continuo de muchos ciudadanos. Es probable que, en esa protesta, se hayan infiltrado algunos elementos que aprovechan el movimiento para otras cuestiones menos confesables. Desde estas líneas nunca se avalará el uso de la violencia, ni la quema de mobiliario urbano, ni cualquier despropósito. Claro que tampoco se entiende que el Estado deba tener, como algunos afirman, el monopolio de la violencia, y la pueda utilizar cada vez que salen a la calle las ideas que no le gustan a los que se sienten demasiado cómodos en las poltronas.</p>
<p>Aunque hayan llegado las fiestas de fin de año, y parezca que el movimiento se ha apaciguado, es evidente que después de la visita de los Reyes Magos, el regreso a la vida cotidiana, las fuerzas volverán a medirse. Después de diez largos años de crisis, en los que los partidos tradicionales no han sido capaces de solucionar los problemas inmediatos, la desesperación más atroz hace oír sus gritos. Hasta ahora, el distante presidente de la dulce Francia, ha pensado que era más fácil saquear las esperanzas de millones de personas para contentar a un puñado de inversores codiciosos. De aquí en adelante, en la Francia que dio cuna y prestigio a grandes hombres y mujeres, que utilizaron la cabeza para pensar y los brazos para luchar, queda la duda del punto final de esta ola que adquiere dimensiones de sunami. Muchos piensan que ya no tienen nada que perder, el miedo ha dejado de ser un obstáculo. A Manu Macron no le queda tiempo. En estos momentos solo planea la duda, ante los sobresaltos de un mundo crispado, donde muchos representantes han perdido la capacidad de escuchar, el talante para negociar, y la sensibilidad suficiente para curar heridas que se han ido infectando por causa del egoísmo de unos y la desidia de los que tenían como cargo principal la salvaguarda de la Nación. No, a Manu Macron no le queda demasiado tiempo….</p>
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		<title>Santiago Muñoz Machado, por Serafín Pedraza</title>
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		<pubDate>Mon, 12 Nov 2018 08:37:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Serafin Pedraza]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="600" height="265" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2013/11/marcelinooreja.jpg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="El ex Ministro de Asuntos Exteriores, Marcelino Oreja, junto a Santiago Muñoz Machado" /></p><p>&nbsp;</p>
<p>Estamos ante una trayectoria que se extiende sobre varias décadas, y cuyos frutos se han empezado a notar con un curriculum personal que crece a simple vista. Catedrático de derecho administrativo, se suele pasear con cierta asiduidad por distintos medios de comunicación, es citado con frecuencia por unos y otros, autor de una serie de obras de referencia en el campo jurídico, sin olvidar otras actividades que le acercan al mundo de la Historia o del Pensamiento. Aquel joven que un día salió de Pozoblanco, aprovechó bien las lecciones de la vida, la necesidad de un aprendizaje continuo, desarrolló ese espíritu de esfuerzo y superación sin el cual cualquier ser humano se queda anclado en un punto demasiado fijo, demasiado cercano a la intranscendencia.</p>
<p>No voy a repasar su recorrido profesional, ni sus méritos; no soy su biógrafo, y tampoco, que nadie se equivoque, su abogado defensor – no me necesita -, ni el encargado de elaborar un panegírico. No tengo esa vocación, ni creo que a mi edad llegue a desarrollar esa necesidad. Tampoco estos párrafos responden a ninguna deuda reconocida u oculta. Después de poner punto final al texto, seguiremos en paz el uno con el otro. Pero es verdad que hay cosas que no tienen explicación, al menos no se la encuentro por muchas vueltas que le dé.</p>
<p>En una región que presume de muchos escritores, al menos de personas que se definen como tal, con total independencia de lo que algunos pudiéramos pensar de sus obras y milagros, Santiago Muños Machado es el único que ha llegado a la Academia de la Lengua, ese templo en el que se cuida, mima, ordena y difunde nuestra herramienta básica e imprescindible. Podríamos añadir su pertenencia a otra academia, Ciencias Políticas y Morales, o los Premios Nacionales de Ensayo e Historia, este último otorgado hace pocos días, si es que fuera necesario algún argumento más. Quizá recordar su biografía del ilustre Juan Ginés de Sepúlveda, por el significado que pueda tener para la localidad. Por cierto, nunca presentada en Pozoblanco en debida forma. Y a pesar de todo lo dicho, y seguramente muchas más cosas que conforman eslabones de un recorrido con amplio espectro geográfico, aquí, en su pueblo, no ha tenido el más mínimo reconocimiento. Ni una calle, plaza, camino, ni tan siquiera la esquina de una acera al final de una urbanización de nuevo cuño. A pesar de que se han otorgado, algunas veces, esos nombramientos a personajes con bagaje exiguo, recorridos cortos y de poco interés. Ni hijo predilecto de un pueblo que, en este caso, parece reacio a un reconocimiento suficientemente acreditado por los hechos, por lo conseguido a través de un trabajo continuo y esa imprescindible dosis de dedicación.</p>
<p>No lo entiendo, y alguien, con toda seguridad más inteligente que yo, podría explicar un hecho que se convierte cada día en más sorprendente. Es posible que algunos digan que la envidia es el pecado nacional, y nadie está dispuesto a darle medio centímetro de ventaja al otro. Toda cabeza que sobresale por encima de la línea media, sobre todo cuando esa línea está tan rebajada como en los tiempos actuales, se verá antes con ataques que con unas palabras de aliento. Aquí, nos acordamos siempre después del fallecimiento, cuando todos los seres humanos se convierten en ejemplares con independencia de lo que haya sido su vida. Es posible que alguien piense que no hay que llegar hasta ese momento y se decida reparar lo que no se hizo antes. No lo sé, solamente me dejo llevar por la reflexión; y sigo sin entenderlo.</p>
<p>Vaya por delante que estas líneas no son una petición de nada, ni oficial ni oficiosa. No es mi misión. Además, vivo últimamente demasiado lejos de todo como para plantear ninguna nueva cruzada. Sí me cabe una última pregunta que otros debieran contestar: ¿A quién hay que agradar, de verdad, para que el trabajo cumplido se reconozca de una manera u otra? Ya sé que no es imprescindible, pero es un gesto de generosidad y de justicia que siempre dignifica a quienes lo llevan a cabo. Por encima del grado de simpatía que nos causen las personas del entorno, podría existir, si fuéramos menos cainitas, una tendencia a impulsar, como hecho justo, el reconocimiento al trabajo serio y provechoso, esas trayectorias de las cuales cualquier pueblo debería  sentirse orgulloso, y reivindicarlas tanto para el presente como para el futuro.</p>
<p>Me sigue pareciendo extraño, y casi a modo de cierre oigo la reflexión que podría hacer Arturo Pérez-Reverte, compañero de Academia, si le preguntaran sobre este tema; con media sonrisa socarrona afirmaría: es España señores, ese magnífico país que todos amamos; pocas veces madre, y demasiadas madrastra para reconocer como Dios manda a sus hijos y entregarle, a cada uno, lo que ha sido capaz de merecer.</p>
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		<title>Resurrección, por Serafín Pedraza</title>
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		<pubDate>Wed, 01 Aug 2018 11:55:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Serafin Pedraza]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>
		<category><![CDATA[Opinión]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="600" height="330" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2018/08/ps.jpg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="GRAF9907. MADRID, 31/05/2018.- El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha comenzado su discurso en defensa de la moción de censura en la que es candidato a la Presidencia del Gobierno, reivindicando la &quot;fuerza moral&quot; de la Constitución de 1978 e invocando la letra y la vigencia de la Carta Magna, en la primera jornada de la moción de censura presentada por el PSOE contra el Gobierno. EFE/J. J. Guillén" /></p><p>&nbsp;</p>
<p>Hace unos cuantos meses nadie hubiese dado un duro por la carrera política de Pedro Sánchez. Un complot interno, de “cabos chusqueros”, como lo definió el hoy ministro Borrell, acabó con cualquier posibilidad y esperanza del flamante Secretario General elegido, por primera vez, por las bases del Partido. No hay nada más peligroso que el fuego amigo, es decir los auténticos enemigos que forman parte de la misma organización. Los demás, los que están en otros Partidos, son simplemente, como decía el lúcido Churchill, adversarios con los cuales uno podrá coincidir o no, pero simplemente contrincantes de ideas, de modelos. En los recintos interiores de las organizaciones políticas están aquellos que, al igual que Bruto y sus secuaces, esperan a Cesar en la entrada del Senado para acabar con el hombre y con el símbolo.</p>
<p>En el caso que aquí nos ocupa, un ramillete de lo mas granado de un Partido con mas de un siglo de historia: un expresidente con acusado síndrome de Dios, y unos barones autonómicos capitaneados por una baronesa cuya ambición personal estaba en un proceso expansivo. Una muerte rápida, con razones y justificaciones de lo más ocioso para ser dignas de crédito, y donde subyace el único fin fácilmente identificable del “quítate tú para que me ponga yo”. Muerte y entierro – figurado pero efectivo – todo en un mismo día, sin agonías largas ni duelos innecesarios. Todo ello para que el Partido que supuestamente había sido siempre de izquierdas, no se arrimara demasiado al color morado de esos antisistema de nuevo cuño que tanto asustan a las almas bien pensantes; y de paso ayudar a afianzar una derecha desgarrada por tanta corrupción, sobre todo en algunas regiones, con excesivos nombres en las listas de imputados.</p>
<p>Con la caída de Pedro Sánchez, tan alabada por la prensa más cavernícola, muchos pensaron que la tapa del sarcófago nunca mas se levantaría. Pero hay dos cuestiones que perdieron de vista algunos de los conspiradores. La primera es que Pedro Sánchez había llegado con los votos de los militantes de base, esos hombres y mujeres que nadie ha escuchado durante décadas, que solamente han servido para pegar carteles y otros trabajos mientras el líder de turno se hacía la foto o tomaba posesión del cargo. Hombres y mujeres que sienten el verdadero socialismo, el de toda la vida, sin mutaciones extrañas ni aditivos debido a los intereses particulares del momento; los que lo han vivido y sufrido a partes iguales, han trabajado a fondo y nunca han recibido nada, a menudo ni las gracias. Pero, además, nunca entenderé esa necesidad que tienen algunos verdugos de humillar a las víctimas. Existió una operación real de humillación gratuita hacia Pedro Sánchez que esos militantes que lo habían apoyado nunca aceptaron. En una vuelta de tuerca, pocas veces vista en política, aprovechando una posibilidad de expresarse libremente con su voto, sin ningún intermediario, resucitaron a Pedro Sánchez de unas injustas cenizas causadas por un fuego obsceno, alimentado por intereses que será mejor no desmenuzar aquí.</p>
<p>Y era solo la primera etapa de un regreso cuyo final, hoy ya lo sabemos, termina en la Moncloa. No deja de ser curioso como la primera fase de esta guerra, es decir el regreso a la Secretaría General fue propiciado como respuesta a las formas  indecorosas de unos conspiradores más que por una confianza sin límites hacia Pedro Sánchez. Fue la reacción lógica de los que entienden que el sistema feudal/piramidal debe dejar paso a un sistema más horizontal de democracia interna. En cuanto a la llegada a la Presidencia del Gobierno, no cabe la menor duda de que responde a una situación insostenible del Partido Popular. La sentencia del caso Gürtel marcó un giro decisivo para la puesta en marcha de una moción de censura que nadie se creía que pudiera salir adelante, seguramente ni el mismo candidato. Pero se dio eso que pocas veces ocurre – por desgracia -, la acumulación de votos de sectores dispares que entiendes que la situación no puede seguir mas por el bien de un país y de todos sus ciudadanos. Un gesto de valentía del candidato, y una lección de patriotismo para recuperar la imagen interior y exterior de un país en el cual todos estamos interesados.</p>
<p>Y nuevamente Pedro Sánchez, en contra de todo pronóstico, gana una votación tan complicada, mas por lo mal que lo hicieron los que gobernaban que por la confianza que pudiera generar el candidato en ese momento. Ahora el gran reto del nuevo presidente es demostrar que esas dos operaciones de rechazo se pueden convertir en un auténtico movimiento de adhesión; que verdaderamente tenemos un estadista que nos representa a todos, a los que lo votan y a los que no lo votarán nunca. De momento parece que el nuevo gobierno, una vez solucionada la anomalía del ministerio de cultura hace pensar en una posibilidad real para enderezar el curso de la Historia en un país que ha sufrido demasiado en estos últimos años.</p>
<p>No le vamos a pedir milagros. No queda tiempo para eso, y además la composición de las cámaras no deja demasiado margen. Pero sí es imprescindible exigirle que los tonos, las formas, el respeto hacia los ciudadanos adquieran otros tintes distintos a los vistos hasta ahora. Decisiones que apacigüen un ambiente demasiado cargado; al mismo tiempo la resolución de algunas contradicciones históricas con las que este país no puede seguir viviendo. En definitiva, solo pedimos, aportando el grado de confianza imprescindible – que nunca será un cheque en blanco – que este país se convierta de nuevo en una nación de la cual todos, absolutamente todos, podamos sentirnos orgullosos.  Y eso no depende ni del tamaño de las banderas ni de la proliferación de los himnos. De lo que hablo es de una sociedad en la que el equilibrio entre la ley, la justicia y el imprescindible respeto, venga marcado por esa vieja idea – para muchos vigente y necesaria – de un humanismo verdadero. No es tanto, y si todos ponemos algo de esfuerzo y el gobierno lo entiende, estoy seguro que este país será de nuevo un territorio para todos y no un coto privado para privilegiados y compinches.</p>
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		<title>Círculo Vicioso, por Serafín Pedraza Pascual</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Oct 2013 06:20:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Serafin Pedraza]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="600" height="266" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2013/10/dinero.jpg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="dinero" /></p><p style="text-align: left;" align="center">La noticia ha caído en los medios de comunicación con toda la contundencia posible, inapelable, con esa radicalidad que tienen las evidencias indiscutibles: el 40 % de la población andaluza está dentro del círculo de la pobreza. Todavía quedarán personas que intenten sacarle a ese dato alguna faceta positiva, o al menos restarle negatividad. Unos compararán con otros porcentajes afirmando que el aumento ha sido menor del que se esperaba. Se aludirá a circunstancias de lo más variopintas, para darle color a un panorama en el que domina lo grisáceo, cuando no el color más negro. La crisis se llevará la mayor parte de las culpas y se tendrán los mejores deseos – de eso que no falte – para que los que hayan caído en ese círculo puedan salir de él, como quien sale de presidio después de cumplir su condena. Más inmoral me parecen algunas comparaciones, oídas esta misma mañana con países del tercer mundo, dando pie a la conclusión sublime de que incluso los que están pasándolo mal en Andalucía, están mejor que en otros lugares del mundo. Pero el dato está ahí, y por muchas vueltas que le demos, es una realidad que habla de tres millones y medio de andaluces que han descendido por debajo del último peldaño que separa una vida con dignidad (al menos la mínima exigible en una nación que se autoproclama desarrollada), para entrar en los salones ruinosos de la escasez primero, de la necesidad de productos básicos después, hasta llegar al último eslabón que es pura y simplemente la miseria más negra. Esa es la realidad con toda su crudeza, y esa nitidez que hiere al menos a los que todavía conservan la suficiente dosis de sensibilidad para no admitir que las situaciones como esta son el fruto de coyunturas adversas o de castigos divinos.</p>
<p>Es evidente que la crisis ha incrementado el proceso de deterioro de la calidad de vida de una buena parte de la ciudadanía. Crisis orquestada y prefabricada (como todas) por quienes detienen el poder verdadero, el único que no se somete a ninguna regla, ley o precepto moral ni ético: el dinero. El dinero siempre tiene la tentación de incrementar su capacidad de influencia, y para eso necesita multiplicarse a costa de lo que sea, por supuesto de los derechos más básicos y sagrados de la inmensa mayoría de la ciudadanía. Los resultados son siempre los mismos: el crecimiento desmesurado de las fortunas de unos pocos supone el aumento de la pobreza de la mayoría. Codicia y ambición de poder van absolutamente unidos, en un juego maquiavélico que se ha repetido a través de la historia en secuencias siempre reconocibles. Pero ese poder, a menudo en la sombra, necesita una correa de transmisión, al menos en los países con una apariencia, más o menos real de democracia. Y en ese terreno entra el mundo, siempre turbio, de la política. Se ha dicho que la política era la única arma que tenían los pobres para defender sus derechos. En algunos momentos de la historia ha sido así, ahora mismo nada más lejano a la verdad.</p>
<p>Hasta ahora quedaba claro que existían, a grandes rasgos, dos bloques ideológicos con planteamientos distintos, al menos en cuestiones tan fundamentales como las referidas a lo social. Pero la política en nuestro país se ha convertido en una entelequia difícil de entender, y sobre todo imposible de estar de acuerdo con lo que todos los días nos toca vivir desde hace ya demasiado tiempo. Los partidos están ensimismados, pensando en problemas y situaciones internas; los mal llamados representantes del pueblo (y que se salve el que pueda) están más pendientes de situaciones personales. Se han ido igualando casi todos en un mismo nivel en el que destaca el bajo nivel intelectual y una insensibilidad incomprensible. La brecha es tan insalvable que ya no hay posibilidad, ahora mismo, de un acercamiento entre la mayoría de una población desahuciada, decepcionada, y eso que debiera ser un ejercicio imprescindible para la mejoría de una sociedad, sus condiciones de vida y su futuro. A la ineficacia habrá que añadir el alto grado de corrupción, del cual no se sale sencillamente porque no existe ninguna voluntad. A la situación de los partidos políticos y, en medio de este tsunami de iniquidad, también los sindicatos han quedado tocados bajo la línea de flotación.  Está claro que este panorama no es nada propicio para tomar las decisiones adecuadas encaminadas a  solucionar los problemas acuciantes de esos millones de personas que ya solo ven la vida como un eterno crepúsculo. Si en la derecha del espectro político las prioridades nunca han sido precisamente esas, la izquierda, al menos una parte, ha dado como buenas decisiones que son auténticos atropellos desde el punto de vista de la justicia más básica.</p>
<p>Si como se decía en la película El Padrino, la economía era el arma y la política decidía cuando se apretaba el gatillo, queda claro que esta ha cumplido ampliamente con su cometido, enviando a una buena parte de la población a una condena poco menos que definitiva. A estas horas, y en contra de lo que se está haciendo, todas las administraciones debieran concentrar todos los medios posible – y hasta los imposibles – para solucionar un problema explosivo. Desde el gobierno regional, pasando por la Diputaciones, hasta llegar al último ayuntamiento, la prioridad debiera ser esa parte de población que no tiene otro horizonte que la desesperanza. No podemos dar por bueno que la solución a esos problemas demasiado trágicos sea la caridad. No estaré nunca en contra, todo lo contrario, de  las asociaciones que hacen una labor meritoria  en una situación tan extrema. Vaya por delante mi reconocimiento a tantas personas que dedican una parte importante de su tiempo, dinero y esfuerzos para paliar situaciones de emergencia. Pero una sociedad democrática, justa, generosa y desarrollada por puede dar por bueno que la caridad sustituya a la justicia y al reparto equitativo de los bienes de este mundo. La solución está en la normativa que reprime los desmanes de unos, por ejemplo la codicia desmedida de los que nunca tienen bastante; que castigue sin remisión a los corruptos (a fin de cuentas se está apropiando de lo que pertenece a todos los ciudadanos, también a esos que día a día buscan su sustento en el cubo de la basura). Y por supuesto, la necesidad de una justicia distributiva. No se trata de que paguen menos impuestos los que deben de pagarlos, todo lo contrario; y es evidente que en cualquier presupuesto de cualquier institución pública la prioridad debe ir hacia esos colectivos desfavorecidos. Los parados no quieren limosna, quieren trabajo para seguir atendiendo a sus necesidades. Nadie espera que se le regale nada. Se equivocan los que piensan que muchos quieren un pan regalado que no ha costado esfuerzo. Ese pan suele ser más amargo que otros, y cualquier persona, por mucho que se haya complicado su situación laboral y económica, sigue teniendo esa dignidad a la cual todos nos aferramos.</p>
<p>El panorama es de auténtica emergencia, y por mucho que digamos unos y otros, no va a cambiar ni para mejor ni para peor bajo el efecto de las palabras. Son imprescindibles los hechos, siempre guiados por los preceptos básicos de la justicia, esa a la cual tiene derecho cualquier ser humano por el simple hecho de estar vivo. Hoy por hoy, Andalucía ha entrado, con este dato demoledor, en la nómina de los territorios del tercer mundo. Un tercer mundo en el propio corazón del primero, lo que hace la situación mas trágica y obscena. No es posible mirar para otro lado, ni pensar que el paso del tiempo lo arreglará todo. La situación no admite mas espera, cuando cuatro de cada diez ciudadanos de esta región se levantan cada mañana sabiendo que pertenecen a una clase social expulsada de una sociedad que presume de desarrollo, en un mundo en el que hay pan para todos y donde lo único que falla es su reparto. Durante la Revolución Francesa, los parisinos fueron hasta Versalles a buscar al rey para reclamar pan. El panadero mayor del reino  vivía en su palacio, ajeno a los sufrimientos de un pueblo; al final el pueblo  terminó cansándose de tanto esperar. Queda claro, tenemos harina, y creo que la mayoría pensamos que hay suficiente para todos, sin que unos despilfarren y acumulen, mientras otros se quedan mirando. Que se encienda el horno, y los panaderos se pongan a cocer ese  pan  que no solo alimenta el cuerpo, sino también el espíritu de una nación.</p>
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		<title>Sobre héroes y tumbas, por Serafín Pedraza Pascual</title>
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		<pubDate>Sat, 13 Apr 2013 11:26:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Serafin Pedraza]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="768" height="431" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2013/04/sampedro.jpg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="José Luis Sampedro" /></p><p>&nbsp;</p>
<p>Seguramente tendré que empezar pidiendo disculpas al gran escritor argentino Ernesto Sábato por robarle, aunque sea durante unos breves instantes, el título de una de sus novelas mas emblemáticas. En estos días, la muerte, siempre presente en medio del ajetreo de la vida, se ha llevado, entre otras muchas, a tres personas, de ambientes muy diferentes, con trayectorias bien definidas  y que no han dejado indiferente a nadie a lo largo de su trayecto vital. Tampoco, ahora que han desaparecido, se dejan de oír las voces de los que, a favor o en contra, hacen una lectura, algunas veces pausada, pero casi siempre apasionada de lo que nos ha quedado de cada una de ellas. Por un lado Sara Montiel, diva del cine, por otro Margaret Thatcher mujer vinculada durante muchos años a la política inglesa y, para cerrar esta corta pero enjundiosa lista, José Luis Sampedro, uno de los grandes intelectuales que ha dado esta tierra fértil en todo, tanto para lo mejor como para lo peor.</p>
<p>Debo reconocerlo,  en mi particular mitología cinematográfica, Sara Montiel nunca ocupó un lugar excesivamente destacado. No generó en mi espíritu esas pasiones que he podido ver en otras personas, ese entusiasmo radical. Ese lugar lo ocuparon otros nombres, ni mejores ni peores, solamente me llegaron de otra manera, y acompañaron mis tardes de pantalla grande de una forma más perturbadora. El hecho de haber vivido en otro país, y haber aprendido a amar el cine bajo la influencia de otra cinematografía, tendrá mucho que ver con esa predilección hacia otros nombres. A fin de cuentas esas visiones tan subjetiva poco tienen que ver con el talento de una actriz o con su aportación real a la historia del séptimo arte. Dicho esto, y en atención a una honestidad absoluta, es justo reconocer la valentía de esta manchega que se paseó por los palacios de cartón de un Hollywood donde todo era mentira y verdad al mismo tiempo, en el que la luz de los focos cegó a muchas personas y destruyó seres humanos, dio éxito a bastantes, y fraguó imagen a imagen, a una velocidad de 24 fotogramas por segundo, la historia mas sorprendente de todo lo que haya podido hacer el ser humano en el terreno de la cultura. Por el simple hecho de pertenecer a ese mundo y haberlo vivido con una dignidad insobornable y una rigurosidad incuestionable, se merece todos mis respetos. Quizás, es verdad, me han interesado más sus posturas como ser humano que algunos de los papeles que ha representado, pero todos forman ya parte de su vida, y es la mejor herencia que ha podido dejarnos. Se despidió a lo grande, pasando por la Gran Vía; el mundo del cine tiene su liturgia, sus grandezas y también algunas miserias. Pero de ella nos queda lo más importante: un puñado de títulos que tendremos que revisar de vez en cuando y su pasión por la vida que abrazó con fuerza hasta el último momento.</p>
<p>Si del cine, pasamos a la política, no nos hemos alejado mucho del escenario donde ocurren cosas frente a los espectadores que miran, a menudo atónitos, el espectáculo. El mundo de la política es un baile de máscaras, siempre lo fue, y debo afirmar que eso no es malo. Lo peor de nuestra época es que esas máscaras son llevadas por los peores actores, del peor reparto jamás visto. Ese fue el mundo que escogió Margaret Thatcher para desarrollar su actividad. En principio una elección igual de legítima que cualquier otra. Supo afianzar su vida a través de un matrimonio de dinero, para no tener que preocuparse por esas minucias (que son la tragedia del común de los mortales), mientras se dedicaba a tomar decisiones sobre la vida de los demás. Siempre he creído que la política es imprescindible, porque si no existiera, lo que la sustituiría sería la barbarie sin ningún tipo de matiz. Y son también legitimas las opciones, pero teniendo en cuenta que todo tiene un límite que empieza en esa frontera en que las decisiones de los gobernantes atacan la dignidad de los ciudadanos. Aquí no hay medias tintas, estamos ante un personaje que ha hecho muchísimo daño a millones de personas, consciente de lo que hacía, sin que le temblara el pulso, y sin la menor piedad. Ese conservadurismo a ultranza que predica que los beneficios de unos pocos, los privilegios de una minoría, están por encima de los intereses de la mayoría, resulta un insulto al humanismo más básico. Esa defensa de una casta privilegiada, y de paso de sus intereses particulares, quebrando los de toda una nación, se convierte en una operación que, desde el punto de vista moral, tiene muy poca defensa. Ese empeño en adelgazar el Estado hasta los límites de lo insostenibles, para que los mas desfavorecidos sean reducidos a la miseria, la esclavitud más vergonzosa o la mendicidad pura y dura, no tiene justificación por mucho que los voceros de turno (simple asalariados de las causas más negras) se empeñen en querer vender las bondades de esa religión de la selva económica aplicada a la vida del ser humano. No dejó la señora Thatcher a nadie indiferente, como no deja a nadie mudo, incluso después de su partida, pero muchos nos quedamos con las ganas de hacerle algunas preguntas: ¿Por qué razón es imprescindible que unas personas vivan sin que les falte absolutamente nada, y otras por haber tenido mala suerte, ser pobres, mayores de edad, discapacitados o inmigrantes en busca de un mundo mejor, deben ser condenados a las peores condiciones de vida? ¿Es solamente el dinero el que debe decidir quien tiene derecho al pan y a la luz del sol? ¿La justicia, la solidaridad no tienen ningún sitio en este mundo frente a la codicia de unos pocos?  Y así podríamos seguir durante un buen rato. Nadie negará su presencia, para bien o para mal, según la opinión de unos y otros. A mi juicio, sólo una vida perdida, buscando objetivos que no han aportado nada a la mejoría de la humanidad en general y de la ciudadanía de su país en particular. Le podrán rendir honores los que fueron favorecidos por esas políticas abusivas, pero lo que quedará como foto fija será la mirada de los niños privados de sus vasos de leche en las escuelas, de sus padres privados de trabajo y cobertura social, de unos cambios brutales en los que el desprecio al ser humano es mas que notorio, y para colmar la copa de la indignidad, las fuerzas represivas utilizadas para amordazar cualquier protesta de los que solo piden pan, un poco de justicia y la dignidad que nadie debiera robar a cualquier ser humano.</p>
<blockquote><p>José Luis Sampedro fue capaz de pasar de la economía a la literatura, demostrando que podía ser brillante también con el uso de la palabra.</p></blockquote>
<p>La otra cara de la moneda sería la de mi admirado José Luis Sampedro, un hombre bueno en el sentido más estricto de la palabra. Un intelectual de raza que ya estamos echando de menos. Después de su muerte, todos hemos quedado más huérfanos, más desorientados. Se ha extinguido la voz de la ética, de la rabiosa honestidad, de la sabiduría  profunda. Se apagó la voz suave que nos ha acompañado en estos años de crisis, que  ha resuelto la ecuación de las injusticias para explicarnos el funcionamiento de un mundo descarnado en el que unos poco viven exclusivamente para la acumulación de bienes materiales, destrozando en ese proceso la vida de millones de personas. Nos ha mostrado, con esa mano pacífica, las profundidades del mal, pero también señalando que existen posibilidades de salvación. La rebeldía no es patrimonio de ninguna edad y él lo fue hasta el final. La lucha es necesaria, debe ser siempre solidaria, continua, generosa y también inflexible con los que no aceptarán nunca que el resto de los seres humanos puedan tener los mismos derechos que ellos mismos. Se ha ido un economista que supo ver que detrás de los números fríos estaban las personas, con su vida y sus circunstancias. Que la economía no podía ser solo una fórmula donde los beneficios aumentan y los derechos de la mayoría disminuyen. Esa ciencia que analiza los movimientos de la riqueza y que en algunos casos se convierte en un arma de destrucción masiva del ser humano. No cabe la menor duda que se ha ido uno de los mejores intelectuales que ha dado este país, una mente privilegiada apoyada por un corazón siempre atento a las necesidades del ser humano, en cualquiera de sus circunstancias. José Luis Sampedro fue capaz de pasar de la economía a la literatura, demostrando que podía ser brillante también con el uso de la palabra. Novelista de verbo exquisito, personajes cargados de vida, situaciones que apelan a la conciencia del lector. Escritor siempre respetuoso con sus lectores, pensando  (al contrario de lo que hacen otros) que eran suficientemente inteligentes para seguirlo por los vericuetos de la palabra y de los sentimientos. Los poderes públicos no se han acordado mucho de él. Se fue en silencio, sin querer ningún tipo de manifestación, como un señor, lo que era en todo el sentido y fuerza que podamos dar a esa palabra. Para muchos se habrá ido el inoportuno que denunciaba lo execrable de algunos seres humanos dedicados solo a sus intereses y sus míseros privilegios. Con José Luis Sampedro ocurrirá lo mismo que en la novela “Fahrenheit 451”, cada uno de nosotros aprenderá de memoria frases y partes del pensamiento de este ser excepcional. Ahora todos los que lo admiramos nos hemos convertido en José Luis Sampedro. Vive en cada uno de nosotros. No importa que nadie de la oficialidad se acuerde de él. En cada mirada de rabia que se levante contra una injusticia, en cada brazo que apunte a un corrupto, en cada protesta que inunda las calles de nuestras ciudades, está presente quien, hasta el último día, fue el defensor de la dignidad y de la justicia.</p>
<p>Tres vidas que han terminado, tres balances muy diferentes, tres tumbas recién abiertas y rápidamente cerradas. Pero el resultado es muy diferente de unas a otras. La mujer vital y vitalista que llenó las tardes grises de otra época de este país siempre al límite del insomnio. La aportación de una artista que hizo su trabajo con rigor. Pero también la que empleó todo su potencial para una tarea inhumana, de destrucción. Y el viejo sabio, silencioso pero cuya voz sigue gritando en nuestros corazones. Es posible que cada uno de ellos sea un héroe para un grupo determinado de personas. Los límites entre el bien y el mal son a menudo difusos. Pero hay pruebas irrefutables. De las tres personas generadoras de  muchos debates y declaraciones, dos han intentado aportar, con acierto y con errores, una parte de su persona al bienestar y a la felicidad de otros seres. La otra utilizó el arma de la política para someter a una idea, de moral muy dudosa, a millones de personas que solo aspiraban a vivir en paz. Debe quedar claro que la grandeza de un país no puede ser nunca a costa de la dignidad de los más desfavorecidos, propiciando al mismo tiempo el enriquecimiento, más o menos lícito, de minorías. Esa es la frontera mas allá de la cual es imposible recordar, aunque sea con una parcela de sentimiento, a una persona que se ganó el ser comparada con un metal, cuando cualquier ser humano normal quiere que se le reconozca como ser carnal con toda la grandeza y debilidad que eso pueda suponer. No hay más héroes que los que quedan en la mente y en el corazón de los destinatarios de las  palabras de ánimo en mitad de la tormenta, el apoyo en un mundo de tragedia, o una felicidad pasajera una tarde de lluvia en un cine de barrio.</p>
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		<title>Tarde, mal y nunca, por Serafín Pedraza</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Apr 2013 07:05:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Serafin Pedraza]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[OPINIÓN]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p><img width="2480" height="1724" src="https://www.hoyaldia.com/wp-content/uploads/2013/03/logo-morado.jpg" class="attachment-post-thumbnail wp-post-image" alt="Logo morado de hoy al dia" /></p><p align="center">
<p>Si los ciudadanos de Pozoblanco tenían alguna duda respecto al equipo de gobierno surgido de las últimas elecciones municipales, el último pleno deja claro cuales son sus intenciones, su capacidad, y su nula visión de futuro. Estamos viviendo una situación atípica, con alianzas que podríamos, como mínimo, calificar de raras y cuyos resultados son absolutamente decepcionantes para la inmensa mayoría. Si exceptuamos a los voceros de cada opción política, siempre existieron personajes de ese tipo en todos los partidos, la percepción real del ciudadano que piensa y analiza con seriedad es de una ausencia total. De este gobierno se puede afirmar, llegando ya al ecuador de la legislatura, que ni está ni se le espera. Un simple matrimonio de conveniencia, fraguado con rapidez, consumado con cierta nocturnidad y no poca alevosía. Una pareja contra natura, cuya única gestión real fue poner sobre la mesa una serie de intereses, más o menos coincidentes, entre los cuales no encontramos ninguno relacionado con Pozoblanco y sus necesidades. Un equipo de gobierno que decidió, hace ya mucho tiempo, que no estaba ahí para gobernar. Seguramente descubrieron, al día siguiente de ocupar sus respectivos despachos, que gobernar significa tomar decisiones, trabajar sin descanso, y les pareció que la crisis generalizada podía ser una buena percha donde colgar todos los fracasos de una legislatura que ya podemos dar como perdida. Después de muchos meses de un recorrido errático, llegamos al momento, siempre importante de la aprobación de unos presupuestos. Documento de  primera importancia para cualquier institución pero que, en tiempos de desasosiego general como los que nos ha tocado vivir debiera ser al menos un intento de acercamiento  al ciudadano de la calle.</p>
<p>No entraré en las cuestiones puramente técnicas que sirven de base a la elaboración de las cuentas de nuestro municipio. Está claro que los técnicos municipales, que han demostrado a menudo su solvencia, hacen siempre un trabajo de calidad. Las cuentas cuadran y barniz legal no falta. Ese es el trabajo de unas personas que conocen  su trabajo y lo hacen con la mayor dedicación. Pero unos presupuestos son siempre un documento político, con decisiones trascendentes (al menos así debiera ser). Si no encontramos en las cuentas municipales esa lectura política de calado, pensamos, sin miedo a equivocarnos, que el equipo de gobierno no ha hecho sus deberes o los ha hecho mal. Tienen razón algunos miembros de la oposición al decir que son presupuestos de corta y pega. En tiempos como estos, en que todo ha cambiado, y va a cambiar mucho mas, era el momento de una reflexión profunda que transformara unos planteamientos presupuestarios que en su momento fueron válidos por estar viviendo un tiempo de bonanza. En la actualidad, era el momento de demoler totalmente el edificio, la arquitectura presupuestaria, para hacer un planteamiento totalmente nuevo, que no solucionaría todos los problemas, pero mostraría una voluntad clara de participar parcialmente en la solución de algunos de ellos. A este equipo de gobierno se le escapa, será porque ellos no están en esa situación, que el paro actual es más del doble del que hubo tradicionalmente en Pozoblanco. Que una capa amplia de la población no volverá a trabajar jamás, así como suena. Que muchos jóvenes no tendrán la más mínima oportunidad si se quedan aquí, en su pueblo. Que el hambre ya circula por las calles de un pueblo en el que esa misma situación resultaba impensable hace todavía poco tiempo.</p>
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<p style="text-align: right;">Este pueblo ha pasado de ser un auténtico bastión económico, próspero y admirado fuera de nuestros límites geográficos, a ser un pueblo con unos desequilibrios y una situación que está alcanzando una precariedad muy preocupante</p>
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<p>Se puede adelantar que los ingresos fallarán en su previsión, porque muchos ciudadanos no van a poder hacer frente a sus obligaciones. Incomprensible esa subida del 30 % en el recibo de la basura. Está claro que la morosidad se va a incrementar; algunos ya lo dicen claro, antes comer que pagar los impuestos. En un momento como este, era mas necesaria  una reflexión sobre la carga que soportan los ciudadanos, que han sido siempre buenos pagadores, pero que están exhaustos y a menudo con una visión de futuro carente de esperanza. A veces hay que pensar en recaudar menos pero recaudar mejor. Pero eso cuesta trabajo, estudio, reflexión, desgaste, dedicación. Demasiado para lo corto que resulta el día.</p>
<p>Si nos vamos a los gastos, está claro que el equipo de gobierno ha pensado que estamos todavía antes del año 2008, que la crisis no se ha hecho presente, y que Pozoblanco sigue siendo un pueblo próspero. Pozoblanco está  en caída libre (y no es demagogia, aunque esa es la palabra que utilizarán siempre los que no tienen otra argumentación). Este pueblo ha pasado de ser un auténtico bastión económico, próspero y admirado fuera de nuestros límites geográficos, a ser un pueblo con unos desequilibrios y una situación que está alcanzando una precariedad muy preocupante. A las tasas de paro desbocadas, debemos añadir la mala situación del comercio, una de las actividades tradicionales  a la que este gobierno no ha prestado la atención que se merecía. Pero también la situación general de la ganadería, en un medio rural donde esta ha sido un pilar fundamental. Si los presupuestos municipales no son la panacea universal, ni una varita mágica para todos estos problemas y algunos mas que se suman a los anteriores, al menos debieran demostrar una sensibilidad especial con los sectores mas desfavorecidos (esa es una cuestión de justicia básica y es chocante que un gobierno supuestamente de izquierdas no entienda eso), y líneas de atención a algunas problemáticas concretas. Pero al final, lo único que ha quedado perfectamente provisto de fondos es el circo, porque el  pan ha sido el gran olvidado de estos presupuestos. Es llamativo el gasto para festejos cuando en muchos municipios esa partida se ha reducido a la mínima expresión o incluso ha desaparecido. Esas alegrías serían lógicas en momentos de bonanza pero ahora resultan, como mínimo, un insulto a amplios sectores de la población que ya ven que la barra de pan se aleja cada día más.</p>
<p>Aparte de que llegan tarde y mal estos presupuestos no responden a ninguna de las inquietudes de los ciudadanos de Pozoblanco. Se han aprobado como si fuera una obligación inoportuna, y así tener un balón de oxigeno durante los próximos meses que permitirá volver a la siesta  continua. Hacía falta un voto y se ha encontrado. Nada que decir sobre eso, ya que forma parte del juego democrático, aunque me sorprende que los términos de la negociación hayan sido unas aportaciones que nada tienen que ver con las carencias que todo el mundo conoce. No creo que el debate sea la necesidad de un director de medios de comunicación. Probablemente, sobre el tema de los medios de comunicación, se debiera abrir un debate en profundidad en un momento en el que las restricciones afectan a tantas personas y los recursos son muy limitados.</p>
<p>No han sido estos presupuestos un ejercicio de responsabilidad por parte de quien tiene el gobierno; ni un ejercicio de compromiso con una ciudadanía que cada día se siente mas abandonada por un sector político que parece mas ensimismado, y mas preocupado por cosas que nada tienen que ver con los problemas reales de la calle. El desapego a la política es real, pero es que cuando se ven ejercicios de pirotecnia financiera como estos (y lo llamo así para no caer en el exceso verbal), no me cabe la menor duda de que el alejamiento de la ciudadanía respecto a sus representantes va a crecer todavía más. Más lejanía, menos confianza. Si los presupuestos han llegado tarde y mal, también se tiene claro que no servirán nunca para dar una mínima respuesta a las preguntas que cada día nos hacemos muchos ciudadanos. Para eso, a menudo, sería mejor el silencio, evitando con respuestas inadecuadas herir todavía mas a una ciudadanía que lleva muchos años sufriendo una crisis, ante la incomprensión  y la insensibilidad de muchos representantes públicos.</p>
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