Catorce escenas, al igual que si fuera un vía crucis con sus catorce estaciones, planificó Desiderio Dorado para pregonar la Semana Santa de Pozoblanco. Lo hizo después de ser presentado por Esperanza Rodríguez a la que tomó el relevo sobre el escenario del teatro ‘El Silo’ para hablar de una Semana Santa que comenzó en lo personal y avanzó hacia lo colectivo, con mucha carga teológica plasmada de una forma pedagógica, parte sustancial del pregonero, y también con parte social. 

El tiempo marcó la primera parte del pregón de Desiderio Dorado porque a ella dedicó sus recuerdos de infancia y juventud evocando una Semana Santa que es la misma, sin serlo. Una Semana Santa sin carrera oficial y con otros epicentros, con mayor protagonismo de la música y la figura de los saeteros. Una Semana Santa vista, primero, con los ojos de un niño y, después, de un joven que fue involucrándose en el mundo cofrade de la mano de su entorno, pero también de personas. Y es que el pregonero habló de una Semana Santa compartida a la que puso nombres y apellidos y que cerró con los inicios de la cofradía de La Caridad.

Luego sonó la marcha Caridad del Guadalquivir, interpretada por la Banda Municipal de Música y el pregonero evocó otra Semana Santa, la de ahora, muy unida a la parte teológica y, también, a su extensión social. Lo hizo a través de escenas. La primera, la de un Jesús entrando triunfante en Jerusalén con los jóvenes como protagonistas; la segunda con un Cristo de Medinaceli privado de su libertad; la tercera con Jesús prendido por los romanos y despojado de su dignidad donde apareció esa semejanza con un mundo lleno de humanos pero, a la vez, inhumano.

La cuarta escena esbozó el Silencio del Lunes Santo y una devoción que tiende su acción en el campo de la salud. Jesús Nazareno ocupó la quinta escena con «Jesús cargando con nuestras cruces», sin olvidar el servicio que se presta desde la congregación. Invitó también el pregonero a ayudar a portar «las cruces» antes de que sonara Jesús de las Penas, marcha de corte clásico con ochenta años de historia.

Y siguieron las escenas, aderezadas con datos históricos de cofradías y titulares, pero con mayor relevancia del mensaje que proyectan. La Virgen de los Dolores en el camino de la cruz tomó entonces el protagonismo en una sexta escena donde Desiderio Dorado enalteció la figura de María como madre y habló de los «dolores» de las madres actuales ante un sociedad compleja que plantea problemáticas nuevas. La séptima escena fue para la Caridad de un “Cristo crucificado”, un encuentro que «sobrecoge e impresiona» e invita a la oración cada Miércoles Santo. El Perdón llegó en la octava escena con un Jueves Santo de «hábito negro y capa blanca para indicar que el perdón todo lo sana». 

La novena escena se centró en las imágenes de la Semana Santa pozoalbense, sus parroquias y ermitas, su presencia en ellas, pero también en la participación activa de los devotos. Luego sonó la marcha triunfal y tras ella una décima escena que deja al cuerpo de Cristo en el sepulcro, en un final que no es final y donde Desiderio Dorado se dirigió a cofradías y hermandades para recordarles su papel. La adoración de la cruz tomó el relevo en este camino de escenas poniéndolo como «camino de salvación» para luego adentrarse en una decimosegunda escena donde la madre ya está en Soledad. La Resurrección ante la mirada de la Virgen de Luna fue la penúltima escena anunciando el «triunfo del bien ante el mal, del perdón». El pregón englobó todo su pregón en la última escena, la que hizo referencia a la iglesia como «familia», pero también resaltando su papel. 

Encarnación coronada puso el colofón musical y Desiderio Dorado volvió a tomar la palabra para dirigirse a las juntas de gobierno de las cofradías y hermandades a las que invitó a no ser «grupos cerrados» porque no «somos islas en la sociedad». En ese final se dirigió a los estamentos de esas cofradías y hermandades, a todos y cada uno de ellos, haciendo un hueco a la autocrítica. Por último, reivindicó el lugar «que corresponde a la saeta» en la Semana Santa uniendo esos recuerdos de infancia con las vivencias de la madurez.