Bajo el cielo estrellado de Belalcázar y en uno de los lugares más emblemáticos y de mayor valor patrimonial de Los Pedroches, el patio de la huerta del convento de Santa Clara de la Columna, el teatro popular se apodera de las noches de la localidad belalcazareña. Lo hace gracias a ‘El Halcón y la Columna’, que cumple en su sexta edición dos décadas desde su primera representación -allá por el 2006-. Una fecha que el día del estreno, ayer miércoles, se tuvo muy en cuenta con el reconocimiento a Vicente Torrico, ex alcalde que impulsó la obra, y a Manuel Moreno Vigara, que legó sus bienes al Ayuntamiento al morir y permitió sufragar los gastos de aquella aventurada iniciativa que hoy está consolidada. El planteamiento se mantiene, así como la espectacularidad de algunas de sus apuestas, aunque la evolución es un hecho en una obra dirigida este año por David Fernández, primer oriundo de Belalcázar que ocupa la dirección, con base en el texto del dramaturgo Francisco Benítez Castro. 

Durante cinco noches consecutivas, la ciudadanía puede asistir a las representaciones de una obra dividida en tres partes hiladas con cohesión y coherencia donde la batalla, la intriga y la lucha de poderes se suceden en torno a las figuras del Maestre de Alcántara, Don Alfonso Sotomayor, Doña Elvira de Zúñiga o el primer conde de Belalcázar, sin olvidar la presencia de un pueblo que sin linaje da sentido y origen a muchos de esos conflictos. Los contrastes de un mundo feudal como el que reina durante la Baja Edad Media, época en la que se sitúa la acción que refleja la historia del señorío y posterior Condado de Belalcázar, quedan de manifiesto, así como la influencia del mundo eclesiástico o las luchas por ganar terreno al enemigo. En un mundo aparentemente tan oscuro también hay espacio para el amor o los miedos intrínsecos al ser humano. 

Interpretaciones destacables

Aunque hay momentos donde lo coral asume la escena, lo cierto es que hay personajes que atrapan desde el inicio. Es el caso de Julio Jurado, que interpreta al Maestre de Alcántara, Gutierre de Sotomayor, que se entrega a la representación con especial pasión en cada uno de sus diálogos ya sea con su tío Juan de Sotomayor, con el pueblo, preparando traiciones o ante una Leonor que llora su muerte y con la que mantiene un diálogo alegórico que cierra su presencia en la obra. No menor protagonismo mantiene Elvira de Zúñiga (Paqui Escribano), sobre la que recae, posteriormente, el peso de la obra, con permiso de Alfonso de Sotomayor (Francisco Herrera), otorgando el mismo buen hacer pero desde la serenidad y la templanza a las que obliga un personaje, mujer, que asume su papel de esposa y de madre.

La aparición de Paniagua deja atisbar otro de los momentos más mágicos de la noche, la aparición del halcón y su pose sobre la columna. Es esperado, pero igualmente sorprende, aunque pueda parecer paradójico. Y lo es por la espectacularidad del momento. Antes y, siempre llevados, aparecen otro halcón, un búho y un águila, que introduce en escena el conocido jinete Paco Martos, todos ellos como regalo de bodas a Alfonso de Sotomayor y Elvira de Zúñiga. Luego se hace el silencio para que la llamada al halcón haga efecto.

Esos silencios son rotos por la música, la sobriedad deja paso a momentos más alegres que llegan con bailes y, especialmente, destacable vuelve a ser el coro de mancebas enmascaradas que predicen las desgracias y cuya aparición en escena va in crescendo por su acomodo a la ubicación creando un binomio perfecto que se acentúa con el juego de luces y sombras en torno a sus figuras.

Un escenario que es patrimonio

Esos efectos se suceden durante otros momentos de la obra, por ejemplo, para simular una tormenta o los latigazos con los que es castigado Paniagua delante del pueblo -efecto ejemplarizante-. La solvencia técnica también es destacable, pero hay un elemento que se impone y es el propio escenario natural. El patio de la huerta del convento de Santa Clara de la Columna aparece como si fuera un personaje más, la obra está perfectamente acomodada a lo que permite un espacio que es parte del patrimonio de Belalcázar y, por extensión, de Los Pedroches. Una maravilla que se manifiesta en el engranaje de la propia obra, en las transiciones entre escenas y la entrada y salida de los diferentes personajes, más de un centenar, que con mayor o menor protagonismo van dando sentido a una obra que ha crecido con respecto a la que se representó por primera vez en 2006 sin perder un ápice de su esencia, basada en el pilar del teatro popular, el buen hacer de un pueblo para sacar adelante iniciativas de esta envergadura.