Entre los eventos anuales de relumbrón, que en el presente año son pródigos de naturaleza varia (Galdós, Falla, Josefina Aldecoa…), destaca a nuestro parecer una actividad en el espectro patrimonial del Arte. Nos referimos a la edición de El Prado en femenino (III, 24-5-26), que proyecta como ninguna no solamente un legado pictórico y escultórico extraordinario, sino una vertiente de género descollante. Una exposición sobrecogedora que puede visitarse hasta mayo de 2026, siguiendo la estela de las ediciones anteriores (desde 2022). La protagonista es una mujer de excepción en todos los sentidos: Isabel de Farnesio (1692-1766), segunda esposa de Felipe V (primer Borbón en España; desde 1714), brillante coleccionista y amante singularísima de la Cultura.
Las más de 45 obras expuestas (sobre las quinientas piezas del museo procedentes de las colecciones reales, del millar del acopio de su mano) resultan elocuentes no solamente de su imponente patronazgo artístico e inclinación al coleccionismo, sino del poder político y económico desbordante. Más aún, porque con esos mimbres, que los tuvieron otras féminas de la realeza (algunas también muy destacadas, como María Isabel de Braganza), no se construye un patrimonio tan extraordinario. Isabel de Farnesio fue la primera reina italiana de la monarquía española, pero en su haber se encontraba una formación y cultura excepcionales (con una biblioteca de 8.000 volúmenes); un carácter avasallador, de todos conocido en la vertiente política y de la gobernanza (por la melancolía del rey), que tildaba igualmente sus avatares del ámbito de las artes. Pero especialmente notorio es su dinamismo cultural, azuzado por su inquietud, moviéndose como pez en el agua entre los mejores marchantes de Europa, muy especialmente en los núcleos álgidos del espectro italiano (incontestable siempre) y el consolidado mercado del norte (Países Bajos), donde el imperio flamenco despunta con rotundidad.
La Farnesio, por tantos denostada en lides de mando y autoridad, de rompe y rasga, tuvo a sus pies no solo una impresionante red de mercaderes de postín, sino que contó con la herencia, compras sin medida y con los referentes y colecciones de otras imponentes mentoras de no poca rivalidad (Cristina de Suecia, M. Teresa de Austria, Catalina la Grande, etc.). Las bondades de una colección sobrecogedora, acopiada con tiento, sapiencia y economía, nos dejan un legado que va mucho más allá de los gustos personales. La gigantesca colección recopila, sin mengua alguna de diversidad en genialidad y calidades, obras de los gigantes del arte Renacentista y Barroco (Rubens, Reni…); los pinceles extraordinarios de Brueghel, Veronés, Tintoretto, Van Dyck…; las excelsas obras de los españoles más portentosos (Ribera, Velázquez…) de nuestra cultura pictórica, con predilección admirable del genial Murillo (por su estancia en Sevilla). Isabel fue siempre ambiciosa en calidades, en finura y elegancia, requiriendo las obras más notorias del panorama europeo. Hoy día, las obras del Prado conforman la mejor escuela de aprendizaje del Arte de la Modernidad. Los pintores y obras de mayor calidad tuvieron siempre garantizado un puesto en las expectativas de la Reina. Sin embargo, más allá del imponente depósito de obras y calidades, la perspectiva de la reciente exposición, y de las anteriores, no es otra que proyectar las aspiraciones culturales de una mujer (también de otras mujeres, en otras ediciones).
Farnesio tenía posibles para acumular obras (pinturas, más de 400 esculturas, dibujos…) que en la exposición son de singular valor, pero resulta innegable que también contaba con una mirada muy particular. Porque ella es excepcional. Es una reina poderosa, italiana, culta y de horizontes anchurosos en todos los espectros de su existencia. Evidentemente, su colección proyecta su forma de entender la vida, la política y la sociedad, el arte y la cultura. Su dominio político excepcional, en loores de esposa y gobernadora en ciernes, puede verse con rotundidad en sus cuadros: sus imponentes retratos personales son bien expresivos de cómo ella entiende la fuerza, la política y la feminidad; los intereses hacia unos u otros pintores resultan elocuentes en su selección, de una mujer muy formada; y la variedad de temáticas por las que se inclina denotan con claridad sus intereses personales. La colección de la portentosa reina italiana —cuya naturaleza es por sí sola una carta de ejecutoria del Arte— es en su conjunto una obra maestra para el deleite de los amantes de la pintura. Es una magnífica oportunidad para disfrutar a lo grande, para conocer maestros y tendencias plurales; para escudriñar contextos políticos y relaciones internacionales; para interpretar la sociedad estamental en sus cuotas de distingo y poder…, y mucho más. El Prado apuesta una vez más, qué decir, definiendo y haciendo visible la contribución de la mujer en el Arte. Sin embargo, la exposición es la síntesis de una persona de notoriedad indiscutible en su contexto histórico; es la sensibilidad y el gusto tan definidos, pero es ante todo la mirada de una mujer. Vale la pena, sin duda, adentrarnos en el espíritu tan selecto de La Parmesana.



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