Maldigo la poesía concebida como un

lujo

cultural por los neutrales

que, lavándose las manos, se

desentienden y evaden.

Maldigo la poesía de quien no toma

partido hasta mancharse.

Gabriel Celaya

 

Fascinante fascismo es un famoso libro de la periodista, filósofa y ensayista norteamericana Susan Sontag, en el que analizaba la capacidad de convicción estética que utilizó la fotógrafa alemana Leni Riefenstalhl, en documentales como El triunfo de la voluntad (1934) u Olimpya (1936), para conformar una máscara representativa de su ideología –el nazismo- y a su vez deslumbrar y convencer a gran parte de la población alemana.

Que el arte, además de ser una muestra de lo mejor del ser humano, es una forma formidable de adoctrinamiento de masas, es algo en lo que todos –o casi todos- estaremos de acuerdo. Quien haya visto estos documentales de los años treinta del pasado siglo, no podrá negar la calidad y “excelencia” cinematográfica de la famosa directora nacionalsocialista, una de las mejores propagandistas del genocida Adolf Hitler. Lo cual no es óbice para que Riefenstalhl, en sus atrayentes imágenes de los inmensos y cuadriculados desfiles nazis al paso de la oca -con miles de esvásticas y de las olimpiadas de 1936 celebradas en el Berlín hitleriano-, ensalce la supuesta superioridad de la raza aria y todo lo que  de horror y barbarie tendría el nazismo en la confusa Europa de los años treinta y cuarenta del siglo XX.

Por el contrario, frente a esta estética de pureza racial, los nazis persiguieron lo que denominaron “arte degenerado”, que para resumir era el que se apartaba de estos cánones de supuesta perfección. Prácticamente todo el arte de finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, la mayoría de las denominadas “vanguardias”, fueron perseguidas, destruidas y silenciadas por el poder nazi.

Nos vamos ahora a Estados Unidos y analicemos la fascinación que ejerce su ultraliberalismo/fascismo en el resto del mundo mediante el arte. En esta ocasión nos vamos a centrar en séptimo arte, en el cine. Y comenzamos por lo que los norteamericanos consideran como parte de su idiosincrasia y elemento conformador de su nación: el Western. Aunque los famosos “cowboys” eran históricamente personajes solitarios y marginales (en muchos casos eran de raza negra o de minorías como la mexicana e incluso india) en aquella naciente sociedad norteamericana, el cine de Hollywood nos los han presentado como héroes solitarios, defensores de las más puras esencias del hombre blanco, cristiano, machista, homófobo y amante de sus tradiciones.

Por el contrario, los genuinos norteamericanos, las numerosas tribus indias que poblaban las inmensas llanuras del centro del país, eran presentados como primitivos salvajes, gentes sin corazón que se dedicaban a arrancar cabelleras. El genocidio de estas tribus, tratadas peor que animales hasta llegar casi a su extinción y encerradas en reservas, es una de las partes más negras de la historia de los entonces nacientes Estados Unidos de América. Todos los que tenemos ya una edad hemos disfrutado de las películas “del oeste” o de “pistoleros”, como las denominábamos allá por los años 70. Solo mucho después, cuando tuvimos capacidad de analizar y aprendimos algo de historia, nos dimos cuenta de que los pistoleros no eran los buenos ni los indios los malos. Películas hay que ofrecen la otra versión, pocas. Entre ellas destacaría la de Pequeño gran hombre, con un genial Dustin Hofman en el papel protagonista. Pero a lo que vamos en este artículo: el arte como propaganda y de cómo comportamientos auténticamente fascistas presentados con un buen guion, una buena fotografía y un buen montaje, ejercen una intrigante fascinación en la sociedad occidental.

Pero sigamos analizando el séptimo arte norteamericano. Nos vamos ahora a las películas bélicas que Hollywood comenzó a producir –y sigue produciendo- desde los años 40 del pasado siglo. Grandes producciones que todos hemos visto en el cine o en televisión, donde los norteamericanos, sus ideas, su cultura, su concepto de democracia, se van colando en las mentes de los europeos hasta casi conseguir cambiar la historia. Ponemos un ejemplo: la Segunda Guerra Mundial y los cientos de películas que se han rodado sobre ella. Si preguntamos a cualquier persona en nuestro país sobre esta catastrófica guerra, lo más probable es que te diga que fue gracias a la intervención de los USA que Europa pudo vencer a Hitler y al nazismo. No han estudiado Historia, pero han visto decenas de películas en la que los buenos, guapos y simpáticos  soldados yankees, que reparten chicles y  chocolatinas a los niños, vienen a salvar a Europa. Desconocen que verdaderamente fue la URSS la que puso la mayoría de los muertos y los medios para que el nazismo fuera derrotado.

Esa machacona insistencia en presentar a Estados Unidos como garante de la libertad y la democracia continuó y se acentuó durante la Guerra Fría con numerosísimas películas donde los malos siempre son los comunistas, que son retratados como comecuras, despiadados y malvados en grado sumo. Se presenta lo oriental como lo perverso, frente al occidente puro y perfecto, una forma más de racismo/fascismo y otra forma de flagrante etnocentrismo: es la raza blanca, cristiana y ultraliberal -esa misma que masacraba a los indios americanos- la que ahora machaca a los ogros soviéticos y sus satélites.

Después han sido continuas las invasiones del Imperio norteamericano desde los años 60, tanto en la mayoría de los países de América Latina (el patio trasero de los USA y víctimas de la otra vez famosa Doctrina Monroe), como en África, Oriente Próximo, Medio o Lejano (Libia, Irak, Afganistán, Corea, Vietnam…), incluso Europa (la antigua Yugoslavia), no olvidemos que la OTAN solo es un brazo armado más de Estados Unidos. Estas continuas invasiones e injerencias en terceros países han traído a su vez numerosas películas en las que el gobierno americano, a través de las distintas productoras,  adoctrinan al mundo en general y señalan quién es el bueno (cristianismo frente al Islam; la “raza” blanca frente a la amarilla…) y lo que le sucede a los que se desvían del buen camino.

El pasado sábado nos levantábamos con nuevas imágenes de una nueva intervención de los USA, comandados ahora por ese personaje histriónico y demente que es Trump. Por televisión veíamos el amanecer en Caracas y un desfile de helicópteros norteamericanos que, al contrario que en Apocalipsis Now, no bombardeaban con napalm sino que traían la “libertad” a los equivocados partidarios de Maduro y su “narco estado terrorista”. Todo esto infringiendo  el más básico y elemental derecho internacional secuestrando, no capturando, al presidente de un país soberano. El amo está por encima de cualquier ley. Ese mandamiento es parte de la ley, de “su” ley.

No tardaremos en ver pronto películas que ensalcen lo que es una muestra más de neocolonialismo o más bien de imperialismo de la “democracia que ilumina el mundo”. Un nuevo Rambo combatirá y ganará a los perversos chavistas, como lo hizo antes con los vietnamitas, soviéticos, iraquíes, afganos, y un sinfín de malandrines que vienen a intentar destruir la paz mundial. De nuevo quedaremos fascinados por el fascismo.

Pero si Estados Unidos y sus millonarios dirigentes tienen, a través del cine, la televisión y las redes sociales, la capacidad de fascinar a un mundo que ya es global y de adoctrinar, desde la mayor megalópolis de Asia, hasta la más pequeña aldea en mitad de la Amazonía, el arte también puede revertir esta situación. Creo, como lo creía Gabriel Celaya, que la poesía es un arma cargada de futuro y que el arte, el buen arte, debe ser comprometido con la verdad y con la sociedad en que se inserta. Como dijo hace poco un personaje de infausto recuerdo “el que pueda hacer que haga”, pero al revés. El pueblo, al que algunos califican como masa, no puede ser calificado como un actor pasivo en los procesos de alineación que lleva a cabo el fascismo y el ultraliberalismo. La población no puede ser cómplice o estar en silencio ante posturas políticas que sabemos que derivarán en consecuencias trágicas.

Debemos revisar las causas históricas de lo que está sucediendo, de separar el grano de la paja, porque, si somos incapaces de practicar una cultura de la memoria, del recuerdo, estaremos abocados a que todo se repita.

 

Nota del autor: Este artículo le debe su génesis a la lectura de un dosier del Doctor en Bellas Artes y crítico Cultural, Javier Mateo Hidalgo, titulado De la estética de imperfección de la Vanguardia al ‘Fascinante Fascismo’.