Quienes acumulan décadas como hermanos de la Cofradía de la Virgen de Luna de Pozoblanco confiesan no recordar una romería como la vivida hoy domingo. Una jornada distinta, casi silenciosa, marcada por la adversidad que ha dictaminado la climatología. Acostumbrados a contar a los romeros por miles, esta vez apenas fueron unos centenares los que se atrevieron a desafiar el frío —con la lluvia dando una tregua— y, sobre todo, un terreno complicado que obligó a limitar el acceso al autobús. Esa necesaria decisión  junto a la imposibilidad de celebrar la romería con normalidad y el hecho de que la eucaristía tuviera lugar en el interior de la ermita, redujo notablemente el bullicio habitual que cada año envuelve al santuario.

Horas antes, sin embargo, el corazón de la romería latía como siempre. Los hermanos cumplieron, uno a uno, con los ritos heredados: la llamada de los cofrades, la recogida de la bandera, del capitán, de las autoridades y la tradicional autorización en Santa Catalina para proceder a la recogida de la imagen. Las primeras descargas llenaron el aire de ese inconfundible olor a pólvora, inseparable de esta devoción, y el camino se abrió hasta el Arroyo Hondo. Desde allí, el trayecto continuó en autobús hasta el santuario, donde los romeros aguardaron la eucaristía resguardándose del frío. 

Con todo, hubo quienes no contemplaron otra opción que hacer el camino a pie, recorriendo más de catorce kilómetros como cada año. Entre ellos, Diana Martín, que explicaba a su llegada que «nos vamos al Camino de Santiago lloviendo y no pasa nada. Hay mucha gente a la que le habría gustado poder hacerlo y que no puede ni siquiera asistir a la eucaristía por falta de espacio; yo la acompaño de alguna forma». A las once y media, mientras seguían llegando los caminantes y los primeros autobuses, comenzó la eucaristía donde se vivieron momentos emotivos con la jura de bandera de Erika Bravo, la despedida por jubilación de Antonio Sánchez y Andrés García, y la imposición de la medalla de plata a Pedro Fernández. Fueron los momentos más emotivos porque los que hablan de la cofradía, de una tradición que sigue llamando a gente y que sabe reconocer a quienes han trabajado por su supervivencia. Abrazos de bienvenida y despedida, diferentes, pero igual de emotivos. 

La romería, sin duda la más atípica de las últimas décadas, continuó con la cofradía adelantando la comida para ganar tiempo antes de la salida de la Virgen. A las 14:30 horas, la imagen abandonó el santuario, buscando un margen mayor para afrontar el camino con seguridad. A las 18:30, puntualmente, la Virgen de Luna se dejó ver desde el Arroyo Hondo, donde numerosos vecinos aguardaban con emoción esos primeros instantes de la patrona en la localidad. Allí se realizaron los ofrecimientos del hornazo y comenzaron las paradas rituales que dan sentido a la tradición. Finalmente, pese a todas las dificultades, la cofradía pudo cumplir con cada uno de los ritos. La Virgen de Luna ya descansa en la encaraba el camino hasta Santa Catalina, tras una romería distinta que quedará grabada en la memoria colectiva como esas que forman parte de la historia. Y en los últimos años se acumulan algunas. 

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