Enero-2017

Querida Luci:

Uno de los atributos que se gana con la edad (no esperes muchas más ganancias) es el de poder mirar la vida con cierta perspectiva. Cumplidos unos años, casi nada es ¡Aquí y ahora! como nos ocurría cuando éramos niños o jóvenes.

Asisto impotente a la evidencia de que, la que llamamos nuestra sociedad (y que en realidad somos nosotros mismos, pero mirándonos con distancia hipócrita) se empeña en recortar la infancia a nuestros niños y niñas, en que pulvericen a toda velocidad etapas de su vida que podrían ir… más despacio y esto acarrea consecuencias y correlaciones. Una de ellas que, de infancias cortas, se suelen derivar infantilismos prolongados. Se da la paradoja de que alentamos que nuestros hijos crezcan rápidamente, para luego seguir tratándolos como niños, cuando ya no tiene ningún sentido hacerlo.

En esa infancia brevísima, ocupa un lugar de privilegio la poderosa prolongación que les insertamos en la mano cuando hacen la primera comunión (o edad correspondiente en los no comulgantes), ese fantástico terminal móvil con infinitas propiedades y posibilidades, muchas de las cuales, nuestros niños son incapaces de administrar. El disponer de móvil propio (mucho más que un teléfono) parece rubricar el fin de lo que algunos quieren que entendamos como niñez.

Recientemente, un profesor de la universidad de Córdoba, experto en ciberbulling, comparaba la desmesura del uso indiscriminado de ese prodigio, con un niño al que se le animara a conducir un monoplaza de fórmula uno a doscientos kilómetros por hora. Resulta que estas máquinas maravillosas son compatibles con casi todo, excepto con las posibilidades intelectuales, de autodominio, de conocimiento del mundo,… de sus dueños. Los nativos digitales, como se les llama, manejan intuitivamente –dicen- las nuevas tecnologías y se desenvuelven a la perfección en su medio. Que sepan asumir los riesgos y las consecuencias del uso de sus terminales, es otro cantar.

Falsear su identidad para instalarse en redes sociales en las que no tiene edad para inscribirse; participar (como agente o paciente) en episodios de Ciberbulling; frustrarse por no lograr destacar como youtuber de éxito; cometer delitos informáticos, sin ser un delincuente; aficionarse a estúpidos juegos como cazar pokemons u otros aún más dañinos;… (No soy un experto en la materia) y, entre tanto, nosotros “matamos” por disimular sus errores y querer arreglarlos con Sana sanita, culo de ranita… Lo dicho, primero se les priva de una parte de su infancia y, mas adelante, (muchos no pueden ya disimular la barba) los y nos engañamos asegurando que ¡Son cosas de críos!

Nadie sabe cómo ni se explica por qué, (dos son demasiados) chavales con esa edad en la que, de pronto, uno no encaja bien en ninguna parte, ni como niño ni como adulto y, en lugar de superarlo creciendo… Un día sienten y respiran que ningún sitio es su sitio. Que no se encuentran a sí mismos ni en el instituto ni en los lugares de ocio,… ni en su propia casa. No entienden que ha ocurrido pero, con doce o catorce años, perciben que sus sueños han saltado hechos pedazos que no hallan posibilidades ni salida y lo que es peor: Quiénes reían sus gracias hace unos meses, hoy no esperan nada de ellos. Se han quedado y los hemos dejado fuera de juego. ¡Y les quedaba tanto por jugar!

La cuestión, a mi modo de ver, no es echarnos la culpa unos a otros, porque nadie es culpable de vivir lo que le toca. Sí, es urgente asumir responsabilidad y comenzar a recomponer y a repensar nuestro ciclo vital (hemos hablado, por encima, de una etapa, la niñez y de un solo aspecto que se nos está escapando de las manos).

Querida Luci, habrá que poner en cuarentena y, si es preciso, cambiar algunos de los postulados que se nos han colado y reverenciamos como si de PalabradeDios-TealabamosSeñor se tratase. No exagero, échale un vistazo, por ejemplo, –es otra de las caras del asunto- a las cifras y denuncias de los pediatras acerca del sobrepeso y la obesidad infantil. Resulta que, en su corta infancia, los cebamos con dulces industriales, bebidas azucaradas y sedentarismo y, apenas abandonan la niñez, les mostramos la tableta de Cristiano Ronaldo y la extrema delgadez de las modelos de pasarela, como ejemplos a seguir. Y nos quedamos tan panchos.

Deja que me ponga dramático, cuando reconozcamos que “nuestra sociedad” somos nosotros mismos y nuestros amigos y nuestros hijos, entenderemos que limitarse a guardar minutos de silencio por un niño que se suicida o una niña que muere a causa de un coma etílico es inmensamente triste, pero sirve para muy poco.

 

Desubicadamente y siempre tuyo.