A lo largo de mis años en política he tenido la oportunidad de conocer a muchas personas, miembros de asociaciones, colectivos de todo tipo, empresarios, ciudadanos de a pie,… y con todos ellos he intentado desarrollar una empatía que me permitiese conocer no ya sus reivindicaciones – que esas ya se encargaban ellos de expresarlas al político que tenían enfrente- sino sus necesidades reales para así poder atenderlas dentro del margen que mi responsabilidad me permitía. Más específicamente, respecto a los políticos, puedo decir que he conocido, hablado, debatido y negociado con muchos, de todas las ideologías, desde concejales de pueblos de mil habitantes hasta presidentes del gobierno de la nación. E intentaba hacerlo con educación, respeto y, sobre todo, atención, con la sensación de que en este país “el más tonto te hace un reloj”. De hecho, para mí uno de los mayores placeres que he obtenido en la política ha sido la de conocer a gente con mucha valía y, contrariamente al sentir de la gente, políticos brillantes, que también los hay.

Desde muchísimo antes de decidirme a entrar en este mundo, había una persona que cada vez que la veía por la televisión o la escuchaba en la radio me llamaba enormemente la atención por varias cosas. A pesar de estar en primera línea de la política, jamás se le oía menospreciar, despreciar o calificar a los demás, defendía con vehemencia a su partido, el PSOE, pero siempre guardaba las formas y exponía sus razonamientos con un discurso llano, muy entendible para todos, libre de retórica política -tan habitual en estos días – enlazaba los temas con una facilidad pasmosa y parecía que estaba de tertulia con sus amigos mientras se tomaba unas cañas cuando en realidad estaba debatiendo unos presupuestos en el Congreso de los Diputados. Ese hombre se llamaba Alfredo Pérez Rubalcaba.

Luego, con el paso de los años, en casa se hacia el silencio cada vez que hablaba porque, primero, era un placer escuchar a alguien hablar es ese tono, con esa convicción y esa serenidad y, segundo porque sabías que para escuchar a alguien sin retórica, sin frases hechas, sin alardes literarios y con esa fina ironía, no te podías permitir el lujo de perderte ni una palabra, porque merecía la pena escucharlo y teníamos la sensación de que algo importante iba a decir.

Era una persona que defendía su partido, es evidente, defendía una forma progresista de entender la sociedad y la política pero lo que mas me gustaba de él era esa sensación que tenía al escucharle de que lo más importante eran su país y las instituciones en las que estaba. Alguien que lo conocía me dijo que ser ministro del Interior le iba como anillo al dedo porque era un negociador implacable, incorruptible, duro y con una convicción de servicio a su país insuperable. Y era muy inteligente. Este adjetivo se lo colocaban tanto los suyos como los contrarios, así que estos últimos le tenían un respeto solo comparable al miedo a negociar con él.

Y lo del servicio a su país y la defensa de las instituciones fue algo que me marcó. Si una persona de ese nivel e inteligencia tenía esas prioridades no era descabellado marcarse esos objetivos aunque a un nivel de Ayuntamiento de Pozoblanco, que fue lo que hice cuando accedí al gobierno de nuestra ciudad.

Pero se me quedó algo pendiente. No llegué a conocerlo. Y lo intenté, pero no pude. Lo intenté a través de amigos comunes pero Alfredo en aquella época tenia una agenda en la que los huecos brillaban por su ausencia. No pude conocer personalmente al político mas admirado por mí y,ahora con su muerte, ya no podré hacerlo. Es curioso que sientas tanto la pérdida de una persona a la que no has conocido. Quizás sea porque sabes que esa persona ha hecho mucho por millones de personas a las que no conoció, y tengo la convicción de que trabajó sin esperar reconocimientos. Ahí quedarán para los libros de historia su labor durante los años de la transición, su trabajo en los gobiernos de Felipe González y de José Luis Rodríguez Zapatero, y su capacidad para ganar la guerra -y muchas batallas- a ETA. Lo hizo porque era su deber y se retiró sin hacer ruido. Espero que esa forma de trabajar por su país, de defender las instituciones y de enfrentarse a los problemas sea un ejemplo para todos. Descanse en paz.