La tesis doctoral ‘Horror para las vencidas. Mujer y represión franquista en Córdoba (1936-1950)’ ha sido reconocida con el premio Maria Zambrano de la Universidad de Córdoba, galardón que tiene en cuenta trabajos con perspectiva de género. La firma la historiadora Carmen Jiménez Aguilera con quien abordamos un trabajo que bucea en una parte de la historiografía olvidada durante mucho tiempo.
Pregunta: ¿Qué ha significado el premio María Zambrano?
R: El premio genera reconocimiento, pero como dije en el acto de entrega es importante también que desde las instituciones se reconozca este momento de la historia y, además, a las mujeres. Me pareció que era como un doble reconocimiento.
P: Como historiadora, ¿cómo valora que se den este tipo de premios con perspectiva de género?
P: ¿Cuánto cuesta rescatarlas del olvido?
R: Mucho. Yo he tratado distintas vertientes de la represión y, por ello, he tenido que ampliar el abanico de fuentes. La documentación es muy dispersa, he consultado archivos nacionales, pero también internacionales como puede ser el archivo ruso, el fondo RGASPI. Es un trabajo solitario y cuenta mucho la perseverancia de uno mismo, incluso a nivel económico es algo que cuesta. De hecho, abandoné la investigación por un tiempo por tema de conciliación, pero también por esas otras cuestiones.
La historia la habían contado los hombres y, encima, los hombres vencedores.
P: Apela en su investigación a dejar de un lado lo cuantitativo, a dejar lo meramente numérico y a abordar la represión franquista a nivel cualitativo. ¿Cómo de importante es esta cuestión en una tesis de esta envergadura?
R: No nos podemos quedar en un mero conteo, es decir, en cuántas mujeres fueron represaliadas y ya está. Hay que profundizar. En el trabajo hemos visto que las distintas violencias que se ejercen sobre las mujeres tienen un carácter muy específico. En los primeros compases de la guerra, sobre todo en las zonas de retaguardia, el cuerpo de la mujer se toma como un botín de guerra, es decir, las mujeres son rapadas, son violadas, además, con un carácter ejemplarizante. Son paseadas y son señaladas, no solo por rojas, sino porque se está abriendo el nuevo modelo de mujer por el que el franquismo abogaba.
P: Uno de los ejes de la tesis habla de la participación de la mujer en la lucha por los derechos. ¿Cómo fue esa emancipación femenina?
R: Me sorprendió mucho, porque partió, principalmente, de entornos rurales. Se relaciona, por la documentación que tenemos, con el movimiento anarquista, muy vinculado con el movimiento de esa emancipación femenina en entornos rurales, sobre todo, en zonas de la campiña que son bastiones anarquistas. Pero son mujeres rurales, maestras, mujeres que escriben en periódicos. Es algo que sorprende, porque la imagen que tenemos es de que la mujer moderna viviría en la capital, pero en los pueblos ya hay este movimiento.
P: Se adentra también en cómo fue el papel de la mujer en la propia contienda bélica.
R: Aquí tenemos que diferenciar distintas zonas en la provincia, porque hay una zona que permanece leal hasta prácticamente el final de la contienda y otra zona que es controlada por los sublevados y donde desde el primer momento las mujeres son represaliadas con distintas técnicas represivas. Pero además ellas ya empiezan a sufrir en sus carnes, digamos, lo que es el modelo de mujer franquista. Tenemos una mujer en el norte que está totalmente politizada, que vive por y para la guerra, igual que los hombres, y donde se siguen desarrollando esas primeras experiencias de las mujeres en la vida pública. Tenemos también a las mujeres milicianas; siempre digo que la experiencia vital de una mujer del norte de la provincia durante la guerra es más parecida a la que sostiene una mujer de Madrid.
P: Habla también de la represión económica.
R: La represión económica fue una de las formas más habituales de castigo. En muchos casos se imponían multas, pero también hubo incautaciones de bienes. A algunas personas se les confiscaron casas, tierras o propiedades. Recuerdo el caso de una mujer de un pueblo a la que incluso le incautaron la cosecha de aceitunas. A esta mujer se le abrió primero un expediente de incautación de bienes, que después pasó a convertirse en un expediente de responsabilidades políticas. Era una mujer mayor, con cierto nivel económico, y durante los tres años de la guerra tuvo que abandonar su pueblo. Mientras estuvo fuera, otra persona gestionó sus olivares e incluso vivió en su casa. Más tarde, cuando regresó, intentó reclamar tanto sus propiedades como el dinero correspondiente. Este tipo de situaciones se repitieron con bastante frecuencia. Sin embargo, lo que más afectó a la mayoría de la población fueron las multas económicas. Hay que tener en cuenta que la mayor parte de la gente era muy humilde: trabajadores agrícolas, jornaleros y personas con pocos recursos. Aun así, se les imponían sanciones económicas. Además, estas multas no solo recaían sobre la persona acusada. Si esa persona había muerto durante la guerra o había sido ejecutada, la responsabilidad de pagar pasaba a la familia. Las cantidades podían parecer pequeñas hoy —25, 50, 75 o 100 pesetas— pero en aquel momento, en un contexto de gran pobreza y escasez, suponían un enorme sacrificio. De hecho, muchas familias tardaban años en poder pagarlas. Algunas ni siquiera tenían para comer y se veían obligadas a pedir dinero prestado, a endeudarse. Por eso, aunque las cantidades fueran pequeñas, estas sanciones económicas fueron las más extendidas y las que terminaron afectando de forma más dura a la población.
P: ¿Cuál es el perfil de la mujer represaliada?
R: Son mujeres de mediana edad, normalmente con muy poca formación cultural pero contextualizado en el analfabetismo de la época; mujeres que venían de un estadio social bajo, la mayoría de ellas eran obreras, trabajadoras agrícolas, del hogar en el sentido de que trabajaban como criadas. Ese es el sustrato que tenemos ahí como perfil. Hay algunas maestras, también matronas; nosotros no tenemos grandes figuras, pero sí hay ejemplos que merecen la pena ser resaltados, como una maestra de una aldea de Belmez que fue depurada totalmente como maestra. De hecho, en los años 70 sigue reclamando la reincorporación a su puesto.
P: ¿Con qué fuentes ha trabajado?
R: He trabajado con distintas fuentes documentales y testimoniales. Para estudiar la represión física, por ejemplo, he consultado registros civiles, libros de enterramiento de cementerios y otros archivos similares. Sin embargo, una fuente fundamental ha sido el testimonio oral. En muchos casos es imprescindible, porque durante ese periodo existen numerosas personas que desaparecieron sin dejar rastro documental. De hecho, la propia ONU reconoce la figura del desaparecido: personas que fueron detenidas en su casa o en su lugar de trabajo y de las que nunca más se volvió a saber. No existe ningún documento que confirme su muerte; solo el recuerdo y el testimonio de sus familias. Esto no es algo exclusivo de España: ocurrió también en Argentina en los años setenta y ochenta, en Chile o durante la guerra de los Balcanes. Además de estas fuentes, también he trabajado con documentación militar, especialmente los consejos de guerra, y con otros fondos relacionados con la represión económica. Entre ellos destaca la Ley de Responsabilidades Políticas de 1939, que permitió incautar bienes y sancionar económicamente a miles de personas vinculadas a partidos, sindicatos o asociaciones. En la provincia se procesó a casi 10.000 personas mediante este mecanismo. Luego, los testimonios directos tienen el problema del tiempo, pero son nietos o bisnietos los que siguen contando las historias de sus familiares, es como si fuese una tradición oral.
P: Imagino que una arranca una investigación de este tipo con una idea feminista muy clara, pero que se refrenda durante el proceso.
R: Yo ya había trabajado antes la represión de forma general, incluyendo la que afectó a los hombres, pero llegó un momento en que me interesó especialmente saber quiénes eran estas mujeres que aparecían una y otra vez en los documentos. Eran nombres que se repetían constantemente y, sin embargo, prácticamente no sabíamos nada de ellas. Recuerdo, por ejemplo, cuando encontré por primera vez el nombre de Antonia Fernández Cervás, la primera concejala de Córdoba. Hay una fotografía en un periódico del momento en que toma posesión: aparece con el puño en alto, una imagen muy potente. Y entonces te preguntas: ¿quién era esta mujer? Investigando descubres que, además de concejala, organizó grupos de mujeres antifascistas y participó activamente en la vida política y social de su tiempo. Era una mujer joven, costurera, sin una formación académica destacada, pero con una enorme capacidad de liderazgo. Incluso llegó a ocupar responsabilidades municipales y fue detenida durante una huelga del Primero de Mayo. También intentó organizar en Córdoba la primera manifestación del 8 de marzo, aunque el Gobierno Civil no lo permitió.
Lo interesante es que no era un caso aislado. Cuando sigues investigando encuentras mujeres muy similares en muchos pueblos de la provincia: en Villanueva del Duque, en Pozoblanco y en otros muchos lugares. Por eso titulé uno de mis artículos “Las Pasionarias de Córdoba”, porque muchas de ellas eran nombradas posteriormente con ese apelativo. Eran mujeres trabajadoras —costureras, maestras, empleadas domésticas— que no pertenecían a las élites, pero que asumieron un papel público muy importante. A menudo se habla de un modelo tradicional de mujer recluida en el ámbito doméstico, pero la realidad es que la mayoría de estas mujeres ya trabajaban fuera de casa desde hacía mucho tiempo. Eran mujeres obreras que participaban activamente en la vida social y política. Algunas incluso llegaron a presidir Casas del Pueblo o a ocupar responsabilidades dentro de organizaciones obreras, lo cual es especialmente significativo si tenemos en cuenta que incluso dentro de los propios movimientos de izquierda existía un cierto machismo estructural.
Cuando uno descubre estas historias también se da cuenta de hasta qué punto han quedado invisibilizadas. Y eso conecta con el presente. Hoy vemos cómo vuelven determinados discursos sobre el papel de la mujer o sobre modelos muy rígidos de feminidad, y muchas veces proceden de espacios que influyen enormemente en la opinión pública, como las redes sociales. De hecho, hay quien dice que el fascismo hoy no se transmite tanto en un mitin o en un gran discurso, sino en vídeos de treinta segundos en internet. Y eso plantea un gran desafío, porque desmontar esos mensajes exige mucho más tiempo, contexto y explicación. Por eso creo que es fundamental hacer un esfuerzo pedagógico. Estas historias hay que contarlas, especialmente a las generaciones más jóvenes. Si vemos que algo falla, quizá desde el ámbito educativo habría que reforzar la presencia de referentes femeninos en la historia, en el arte o en la literatura. Durante mucho tiempo, cuando estudiábamos, las mujeres aparecían de forma muy residual, a pesar de que muchas de ellas tuvieron trayectorias tan importantes —o más— que las de muchos hombres que sí han ocupado un lugar destacado en los libros de texto.
A menudo se habla de un modelo tradicional de mujer recluida en el ámbito doméstico, pero la realidad es que la mayoría de estas mujeres ya trabajaban fuera de casa desde hacía mucho tiempo
P: Ahora va a tener la posibilidad de que la tesis se divulgue y edite como libro, ¿estoy en lo cierto?



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