Hoy, 28 de marzo de 2026 , se cumple exactamente un mes desde que Estados Unidos e Israel lanzaron la «Operación Furia Épica», un ataque conjunto a gran escala contra Irán que tuvo lugar en la madrugada del 28 de febrero de 2026. Los informes recientes indican cifras devastadoras, con estimaciones de más de 2.000 muertos y más de tres millones de desplazados en Irán . Entre las víctimas civiles se ha denunciado la muerte de decenas de niñas en bombardeos que afectaron centros educativos. Una situación ante la que 41 entidades memorialistas y de derechos humanos, nacionales, regionales, provinciales y locales, dicen ‘No a la guerra, sí al derecho internacional’ rechazan con el siguiente manifiesto: 

«La guerra no trae justicia. La guerra no trae democracia. La guerra no trae derechos humanos cuando quienes la promueven pisotean precisamente esos derechos que dicen defender. Cuando decimos SÍ al derecho internacional no hablamos de una idea abstracta. Hablamos de normas concretas que la comunidad internacional ha aceptado tras las tragedias del siglo XX: la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza salvo en legítima defensa; los Convenios de Ginebra, que protegen a la población civil; la Declaración Universal de Derechos Humanos; y el Estatuto de Roma que establece responsabilidades penales individuales por crímenes internacionales. 

Hoy levantamos la voz contra quienes se creen dueños del planeta. Contra Donald Trump, que ha atacado incluso a la propia Corte Penal Internacional cuando esta ha intentado actuar contra responsables de crímenes graves. Y contra Benjamín Netanyahu, cuya política de devastación, ocupación y castigo colectivo representa una violación brutal de los principios más elementales del derecho internacional. 

Decimos también con claridad que el autoritarismo de la república islámica gobernada por los ayatolás en Irán vulnera derechos fundamentales, persigue la disidencia, discrimina a las mujeres y reprime libertades básicas. No hay emancipación posible bajo la bota del fanatismo religioso, ni dignidad donde manda el miedo. 

Ahora bien, que un régimen viole derechos no da licencia a ninguna potencia para imponer la ley del más fuerte. No autoriza invasiones, no autoriza bombardeos, no autoriza asesinatos selectivos, no autoriza la destrucción de países enteros al margen de la ONU.  Los derechos no se bombardean. Los derechos se garantizan. La democracia no se impone con misiles. La democracia se construye con soberanía popular, justicia social y legalidad internacional. 

Por eso hoy, cuando algunos vuelven a vendernos guerras preventivas, ataques ejemplares u operaciones quirúrgicas, debemos responder con memoria. Memoria de las mentiras. Memoria de las Azores. Memoria de la deshonra de quienes pusieron a España al servicio de una invasión ilegal. 

Y memoria, sobre todo, de las víctimas. Porque detrás de cada rueda de prensa, de cada cumbre militar y de cada gesto de estadista, lo que siempre queda es lo mismo: pueblos destrozados, familias rotas y generaciones enteras condenadas a pagar el precio de la mentira de otros. Y las víctimas de las guerras tienen derecho a la verdad, a la justicia, a la reparación y a garantías de no repetición, principios reconocidos por el derecho internacional de los derechos humanos. 

Queremos recordar hoy, con respeto y con firmeza, que no condenamos los crímenes de guerra del Estado sionista presidido por Netanyahu por antisemitismo. Nosotros condenamos el horror del Holocausto nazi, donde 10.000 españoles y españolas sufrieron el horror de los campos de concentración y exterminio nazis. Lo condenamos como una de las cimas del crimen moderno: exterminio industrial, antisemitismo de Estado, deshumanización planificada, racismo convertido en maquinaria de muerte. No se puede banalizar ese horror. No se puede usar de forma oportunista. No se puede olvidar. 

Pero precisamente por respeto a esa memoria, debemos extraer sus lecciones. Y una de ellas es que toda política basada en la deshumanización del otro, en el supremacismo, en la segregación, en el castigo colectivo y en la idea de que unas vidas valen más que otras, abre una pendiente moral monstruosa. 

Por eso decimos hoy que defender la paz y defender el derecho internacional no es apartarse de la memoria del Holocausto: es ser fieles a sus lecciones universales. Nunca más debe significar nunca más para nadie. Nunca más a la idea de que una potencia puede decidir qué pueblo merece vivir y cuál puede ser bombardeado, desplazado o sacrificado. 

Queremos tribunales internacionales que actúen. Queremos legalidad internacional efectiva. Queremos responsabilidades políticas y penales para quienes convierten pueblos enteros en objetivo militar o intentan amedrentar a los tribunales que los investigan. 

Todo ello, exigiendo sin descanso el respeto inmediato del alto el fuego y la protección efectiva de civiles; el acceso humanitario pleno supervisado internacionalmente; cooperación total con la Corte Penal Internacional; la suspensión de transferencias de armas cuando exista riesgo de violaciones graves de derechos humanos; y el impulso de mecanismos multilaterales de paz bajo el marco de Naciones Unidas».