Hablando en inglés, traje corbata y gafas de marca, se crea la imagen a seguir adecuada para la imposición de las formas. El poder ejecutivo, el poder judicial, el poder político, el poder del pueblo. Todo son poderes y casi nada es querer, a pesar de habernos hecho creer que «poder es querer».
Desde los poderes públicos se adiestra el pensamiento para impedir el razonamiento anulando la libertad como atributo del ser humano para una convivencia ordenada, pacífica y justa. La apariencia de las formas, se dictan normas para apaciguar la fiera que todos los seres llevamos dentro y que se rebela como recurso ante las injusticias, recurso cuyo ejercicio limitan precisamente los poderes. Si se comete una injusticia, se dice: «Acuda usted a los tribunales», ofertando la esperanza de reposición del mal causado, pero la justicia social no depende de la administración de justicia, aunque así pretendan hacernos creer. Acudir a los tribunales, además de una pérdida de tiempo y dinero resulta una desolación. Años de espera en la respuesta, incertidumbre en las decisiones y arbitrariedad en la aplicación de las leyes. La decadencia de los valores humanos es evidente, todos, o casi todos, coincidimos en ello.
Se pretende hacernos sentir impotentes para paralizar esta enorme maquinaria que nos arrastra y hace creer que revertir la situación es imposible. «Esto es lo que tenemos», solemos decir con irresponsable actitud, en la creencia de que tales males no afectarán a los que creen que con cumplir las normas, sean las que fueren, es suficiente exigencia para un ciudadano de bien.
Una sociedad con conciencia de ser no puede renunciar a la presencia activa de los ciudadanos ante situaciones irregulares, injustas y arbitrarias de los poderes públicos obligados por su función a la búsqueda y consecuencia de una justicia real y bien común para sus pueblos. El mayor filósofo de la historia, Aristóteles, decía: «El fin supremo del poder político no es el beneficio personal, sino garantizar la felicidad y el bienestar moral de los ciudadanos». Después de veinticinco siglos, poco hemos aprendido. Hoy debemos preguntarnos, en lugar de aquietarnos: ¿Qué podemos hacer?, pues comenzar por el entorno más próximo, ilustrase y documentarse, mediante un pequeño esfuerzo, en primer lugar de lo que ocurre en inmediatez.
En nuestra ciudad tenemos un ejemplo permanente de la Plataforma en Defensa de los Mayores, reivindicando de forma ordenada, civilizada y respetuosa, una residencia pública para nuestros mayores prometida por los poderes públicos para conseguir logros personales, olvidándose de las causas que le han llevado a ostentar ese poder efímero y delegado en la convicción de que lo mantendrán toda la vida, ignorantes de que un trono es solo un sillón de madera forrado de terciopelo. Pobres necios, cortos de espíritu y conciencia que pretenden limpiar sus pecados mediante plegarias y boatos en procesiones, como sepulcros blanqueados a los que no les estará reserva la diestra de su señor. Su fundamento y argumento lo reducen estrictamente a una imagen pública, como los Silenos invertidos de Alcibíades” (seres mitológicos griegos asociados al dios de la belleza, la fiesta el teatro y el éxtasis-Dionisio-) blancos por fuera y sucios por dentro
La historia de la humanidad se ha producido de forma cíclica con épocas de esplendor de imposición de la razón, y decadencias abocadas a conflictos bélicos. No esperemos a que vengan a buscarnos y ya no haya nadie que proteste por nosotros. Oponerse a las injusticias, vengan de donde vengan, no es solo una obligación de buenos ciudadanos, sino también un derecho básico de todos en un Estado que se dice «moderno».



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