Es la gran desconocida. No hablo del nombre ni de la aparición mediática en los círculos del ámbito literario cordobés, o las referencias al uso entre las plumas de la lírica comarcal o provincial. Me refiero a la autora y la obra que la reconoce, en círculos más elevados, como una poeta de referencia literaria. Las palabras mayores que tildan a esta jarota de nacimiento en el espectro de la Literatura nacional, con galardones de empaque y profundidad en sus escritos, esas, solamente se conocen y comprenden bien por quienes han leído (no mecánicamente), comprendido y disfrutado su obra. Que, por cierto, tiene reciente obra completa (tal vez) publicada desde hace meses.

No creo sinceramente, sin embargo, que la mayoría de los pedrocheños conozcamos bien, ni siquiera medianamente, la significación de una autora que alcanza cotas altas de reconocimiento. Juana Castro posee una trayectoria larga, pues su avidez intelectual y su afán por escribir deviene desde bien pequeña, con gusto sin mayor encomienda, por necesidad —como ella dice— con urdimbres de oficio y pasión encendida que derrocha en lo más hondo. Son mimbres a considerar, sin duda, pero creo que los timbres más notorios de su voz poética se encuentran en otros pilares, lejos de esas varetas que contienen los ingredientes de muchos escritores que pululan en el orbe de la farándula literaria.

Juana Castro tiene una personalidad muy definida; tiene una mirada muy particular; posee un trasfondo conceptual en su relato que la hace distinta y sobresaliente con vigor. A esta escritora no se la puede mirar simplemente desde la rimbombancia sonora de altavoces que la engrandecen, hace falta acercarse a ella con mucho sigilo y tiempo, destripando sus versos y su vida, y mirando con pausa el discurrir de las aguas de su caudal lírico. No es poetisa de aparato, ni de proyección fácil; ni es de verso sonoro ni de ruidos insulsos, porque su quehacer se mueve más en las entrañas de lo profundo, a lo que hay que llegar conociendo bastante de su alma, de su formación y de las motivaciones que la mueven. Desde luego que no es –ni creo que haya querido ser nunca– escritora de relumbrón y veladura de etiqueta insustancial. Sus escritos están en la aureola de lo más personal y sintético de la cultura profunda que posee. Sin duda tiene alma de pueblo, corazón agrietado y mirada profunda de los ancestros más acicalados de la cultura clásica. Pero ante todo es lectora consumada, conocedora al dedillo de los grandes (Lorca, Machado, Hernández, Góngora y Quevedo, Aleixandre…), y a los cordobeses de relumbrón (García Baena, Núñez…). Su letra acicalada traduce la madre naturaleza en la bonanza silvestre y en la belleza embargante.

Los viejos parámetros tradicionales de la tierra de Los Pedroches, vividos en las fauces de las entrañas, los tienen metidos en las entrañas: el trabajo y la vida de subsistencia, el dolor y sufrimiento a ultranza. Con especialísimo aprecio y avalúo de la mujer, que se convierte en sus versos en un eje sustancial de su obra. No ahora, en las últimas décadas, cuando templan las aguas de la igualdad en la prédica. Castro es mucho más temprana en su decir y sentir. El dolor lo lleva en sus venas, porque sus registros literarios que ama son sentenciosos (Santa Teresa, Sor Juana Inés, Safo…). Las puertas poéticas a las profundidades las abre pronto (Cóncava mujer, 1978), marcando el camino intenso de inquietud por la mujer (Del dolor y las ala, 1982; Paranoia de otoño, 1984; Narcisia, 1986…) como objeto de trabajo y de pasión (no solamente en la poesía, en la política y en la vida). Haciéndolo, desde luego, desde una mirada introspectiva que la nutre. Es una mujer que escribe y vive como mujer; la mujer que se alza con brotes creativos con una interpretación propia a partir de su propia experiencia. No cabe duda que el discurso poético de Castro se mueve en coordenadas de renovación temática, sentimental, y posicionamiento interno.

En las venas tiene también la autora el afán de la Cultura, la necesidad de saber y entender el mundo, derrochando capacidad de análisis lírico. Es maestra de oficio, pero también de la vida. Sus poemas trascriben a pies juntillas hondos saberes de mujer culta. No son supercherías de artificio. No son fuegos literarios ni alharacas de bombo y platillo. Los estudios de avezados especialistas resultan elocuentes de la altura poética e intelectual de la jarota. Su tráfago literario es inmenso, e innombrables sus afanes y quehaceres con grupos literarios (Zubia, Cántico…), con colegas de la pluma e inquietudes de su era. Sin embargo, su mirada elevada y particular es muy personal, contra lo establecido y normatizado, yendo más allá de la tradición. La creación literaria de Castro despliega un trépano intenso y original. Los temas que toca son hondos y complejos (patriarcado; la mirada interna como mujer…), porque hace una mirada al pasado, a la tradición y la familia (el matriarcado, la mujer, la madre…), a la genealogía femenina con la que establece un diálogo, la educación, etc. Con potencia conceptual y lírica, espeleológica, trajina en el origen mítico femenino (Narcisia, 1986) para surcar ideales de libertad haciendo su propio relato de la maternidad. No es fácil encontrar poetas de tanta enjundia en la búsqueda de las inquietudes internas.

De principio a fin deja Juana de Castro un halo de profundidad brillante, del espacio y del tiempo en lo más hondo, del espíritu fosilizado que nos abre los ojos, como culmina en Antes que el tiempo fuera (2018). En fin, cuarenta años de literatura castrense que debemos de conocer y leer con ahínco, porque muy pocas veces se escuchan voces tan autorizadas en el campo de la literatura de una mujer de Los Pedroches.