El refranero popular dicta muy bien, con toda claridad, que no hay mayor ciego que el no quiere ver. Eso pasa con el fuego desde hace décadas. Más allá de los alarmismos de última hora, que son acuciantes por las evidencias del presente verano en España y Europa, y no dejan de ser una evidencia más de una tendencia arrolladora y bastante elocuente. Nos referimos a los miles de hectáreas calcinadas, cientos de heridos, dolor incontenido y destrucción de diferente naturaleza. Los incendios de los últimos años de alta virulencia no son gestos esporádicos de la naturaleza, ni fortuitos ni fruto de actuaciones caóticas de la tierra. Todo tiene un sentido. Todo está envuelto en una compleja maraña de resortes provocados, la mayor parte de las veces, por el ser humano. La inconmensurable manta de cenizas y espacios quemados de España y en buena parte de Europa resultan elocuentes, desde hace bastantes años, de que existe una inercia imparable del cambio climático. Estamos ante una generación de incendios incontrolables y letales que aparecen de forma reiterada, aunque a veces de forma ingenua nos sorprendamos como si no supiéramos de que va la cosa; por qué se producen esas manifestaciones abrasadoras de calor, de una naturaleza displicente con el hombre. Nuestra simpleza infantil raya con frecuencia la estulticia (con perdón).

Resulta evidente que el cambio climático intensifica año tras año los regímenes de incendios acuciantes. Son el fruto de una serie de circunstancias que se retroalimentan, conformando una amalgama de condiciones perfectas para generar la barahúnda de incendios que habitualmente nos acompaña en los países del arco Mediterráneo (España, Portugal, Francia, Italia, Grecia, Turquía…). Los incidentes meteorológicos del verano (elevadas temperaturas) son un pequeño referente causal del gran iceberg que causa estos estragos. La desmesurada actuación humana desde la Revolución Industrial (humos, residuos, temperaturas, vertidos…) ha procurado a la tierra un cambio gigantesco, que de forma natural no se hubiera producido en millones de años. Actualmente hemos multiplicado la destrucción. No es preciso seguir la secuencia de industrialización desmedida y tecnologización de nuestro mundo para entender los desaliños que causamos al medio ambiente con los drásticos cambios socioeconómicos de la Contemporaneidad. Todos los conocemos bien, pero no parece que la cosa vaya con nosotros.

Entre las causas determinantes de esta interminable fluorescencia anual, que es cada vez más gravosa, se encuentran los abultados despoblamientos rurales, las díscolas utilizaciones del suelo y su abandono; las gestiones forestales anodinas que basculan casi siempre en conatos de maquillaje político, sin unas verdaderas políticas racionales que comprendan nuestra situación; de otra parte los modelos urbanísticos caóticos de nuestras ciudades y las formas de vida desproporcionadas que todos conocemos. Constituyen un paquete impresionante de motivaciones que favorecen los incendios, en conjunción con el calentamiento global de la tierra. En este polvorín nos movemos, sin mayor preocupación que rasgarnos las vestiduras cuando las llamas llaman a la puerta de nuestra casa; cuando anualmente las brasas asolan regiones enteras en las que tenemos fiada parte de nuestra sustentación por el único saldo del turismo, o la defensa módica que hacemos de nuestro entorno con la boca chica y sin ningún convencimiento. Al dislate de toda esta barahúnda de causas de difícil lectura y comprensión hay que añadir la maldad de algunos, que suman incendios con intencionalidad, con altos porcentajes: a veces de forma inconsciente (quemas de rastrojos; deseo de liberación de espacios para caza, etc.), pero otros con perversidad.

Ante un problema tan importante, de dimensiones desbordantes en lo que nos toda de futuro, solamente queda que la conciencia de la ciudadanía se convierta en una verdadera razón de cambio de actitud y comportamiento vital. La tierra y el medio ambiente no son causantes de las debacles de las que nos quejamos. Somos nosotros los únicos culpables y responsables de que exista tal proliferación de fuegos que, como vemos anualmente, no son pitas esporádicas de fiestas con pavesas divertidas. Son drásticas situaciones del medio ambiente, del campo, de la tierra, del clima y de nuestra existencia. Seamos sensatos.