Ahora más que nunca, sin mucha conciencia de ello a pesar de las evidencias, estamos más cerca del sueño helénico. Desde los primeros momentos de existencia humana, perdida en la noche de los tiempos, advertimos que para avanzar en la senda del progreso y desarrollo es preciso acumular saber y conocimiento. Y lo que es más importante, almacenarlo de manera estable, de formas diferentes.

Las bibliotecas precisan, pues, de muy poca argumentación para justificar su existencia. Entorno a ellas han estado siempre los laboratorios del entendimiento y la razón, forjando nodos de avance. El acopio de saberes tiene, aunque sea y haya sido una tónica continua en el hombre
diariamente y en la Historia, momentos estelares que, precisamente, coinciden con etapas álgidas de nuestra existencia, en lugares de relumbrón y con hombres visionarios que no solamente sabían del poder del conocimiento de su presente y pasado, sino como herramientas incontestables de futuro.
Resulta siempre interesante y sorprendente echar un vistazo a esos hitos en el espacio y en el tiempo, que despliegan relevancia en las coordenadas sociopolíticas, en los crecimientos económicos y en el despertar cultural en todo su espectro. Entre los flujos del tiempo y de la obscuridad prístina de los humanos destacó Alejandría como hito incontestable de faro de sapiencia.

Era no solamente un faro geoestratégico y de desarrollo geopolítico, sino que se convierte en una poderosa luminaria del saber a través de los libros: con acuciante acopio de papiros y pergaminos de todos los lugares para rescatar, conservar y manejar lo que se conocía del mundo en todos los lugares; idearios grandes, qué duda cabe, de mandatarios avezados en el poder, pero también de mentes privilegiadas que promocionaron y ejecutaron estas proezas, como los eminentes Eratóstenes o Calímaco de Cirene.

Con parangón exacerbado se cimbra en las alturas de la Historia también, mirando a Oriente, el coloso impulso califal de Alhaken II, que con similar intuición y sensibilidad comprendió desde el mundo del islam que la biblioteca era el mejor instrumento para comprender e integrar hombres y territorios; Córdoba goza durante algunas décadas del prodigio de tener en su seno el mayor acopio librario de la humanidad, también con marchamo de progreso y eminencia cultural.

Nada extraña que estos elevados referentes de Cultura fueran denostados y destruidos por los perversos enemigos de la civilización y la Cultura, pues bien sabían los grotescos adversarios que el saber es un poder inmenso, y por ende las bibliotecas que denigraron con imbecilidad al fuego eterno.

Es el sino de la Historia. Pero el hombre es incombustible y reaviva siempre las llamas del conocimiento y sus sendas. De abierto espíritu y mente anchurosa son, como no podía ser de otra manera, los Scriptorium medievales, que a pesar de retratarlos siempre en la obscuridad de los cenobios brillaban con sus iluminados como nunca, con el saber y el arte por bandera de su tiempo. Ellos nos han permitido conocer el legado clásico que se encuentra en sus bibliotecas de España: los monasterios de Liebana, Ripoll, San Pedro de Cardeña o San Isidoro de León.

Las álgidas etapas de la Modernidad, del Renacimiento y la Ilustración, hacen rebrotar —como no podía ser de otra manera— con raciocinio y consciencia el magisterio de las bibliotecas, rubricando de nuevo que en ellas tiene la humanidad el mejor tesoro de su existencia. Nada importante, ni nadie, escapa del contenido de estos libros y espacios que trascienden el tiempo para seguir asentando principios de progreso, que es solamente técnico ni científico, sino esencialmente cultural (religiosidad, pensamiento, literatura, arte…), como distintivo indiscutible del ser humano.

Nada de lo humano se le escapa a las bibliotecas, porque todo está contenido en ellas. Todo. Desde lo material y físico a lo más espiritual o emocional y afectivo. Conmemorar efemérides, en reiteración prolija, resulta casi siempre de hartura en nuestros tiempos, pero el ensalzamiento de la Biblioteca entendemos que tiene —o debería tener— un punto alto de reflexión y aprovechamiento.

Bastaría aplicar a nuestras vidas el básico y elemental principio del refranero popular a las bibliotecas: algo tendrá el agua cuando la bendicen. Más aún, porque como decíamos al comienzo, actualmente tenemos la suerte de disponer de herramientas tecnológicas superiores en internet (todas las bibliotecas, virtualidad, etc.) para conocer, leer y disfrutar de una gran parte de nuestro legado librario y contenidos de las mayores bibliotecas de la Historia.

Nunca hubo una oportunidad tan inmensa para poseer las bibliotecas (en nuestra propia casa, on line) y sus contenidos variados (no solamente libros…); nunca pudieron nuestros antepasados pensar que, de manera fehaciente y sencilla se podría disfrutar, con toda la diversidad que se quiera, gustos y pasiones (científicos, literarios, artísticos, etc.), del sueño de Alejandría.

Nosotros tenemos al alcance de nuestras manos la Biblioteca más grande de todos los tiempos.