“No es mas a los hombres a quienes me dirijo, es a ti, Dios de todos los seres, de todos los mundos y de todos los tiempos: si está permitido a unas débiles criaturas perdidas en la inmensidad e imperceptibles al resto del universo para pedirte algo, a ti que lo has concedido todo, a ti cuyos decretos son tan inmutables como eternos, dígnate mirar con piedad los errores inherentes a nuestra naturaleza, para que esos errores no sean causantes de nuestras calamidades Tú que nos has dado un corazón para que nos odiemos y manos para que nos degollemos..” (Voltaire.- Tratado sobre la Tolerancia).

El ser humano como sujeto social, marcado desde la creación por el pecado venial de la soberbia, ha añadido en el ejercicio libre de su conducta social otro pecado mortal imprescriptible: “la intolerancia” que inocula en la sangre esa loca enfermedad de superioridad frente a los demás seres humanos, sin capacidad  de mirarse a sí mismo para advertir la insignificancia de su propio ser, la temporalidad de su existencia y conciencia de humanidad frente a un mundo inestable que deriva hacia su propia destrucción, segregación y desprecio del diferente.

La intolerancia del nazismo pretendiendo crear el “superhombre” (la raza aria) a partir de genocidios; el comunismo, con el ideario de crear el “hombre nuevo” sacrificando generaciones y destruyendo Estados. Las religiones monoteístas poniendo a sus Dioses como artífices de la intolerancia religiosa: “o haces lo que te digo o te someteré a los mayores tormentos terrenales y al sufrimiento eterno en el fuego de los infiernos”.

 Cruel principio: ahora tragedia, justicia después.

 ¿Cuántas veces se ha violado el derecho universal de igualdad y respeto entre todos los seres humanos recogido en el art. 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos?: “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y en derechos”. Apenas un 10% de la humanidad tiene conocimiento de la existencia de estos derechos universales, y aquellos países que lo conocen y suscribieron lo trasgreden sistemáticamente.

La unidad, la diversidad y la diferencia no tienen por qué generar conflictos.

La filosofía aristotélica de la superioridad de unos seres sobre todos, ha sido mal e interesadamente interpretada por los que han ostentado el poder históricamente, tanto el civil como el eclesiástico, unidos en la causa común de la intolerancia y el predominio, así ocurrió hace siglos, con la teoría dogmático-eclesiástica de “Las Dos espadas”, una en poder de la iglesia para garantizar la eterna salvación de las almas de sus files, y la otra en poder del Estado con obligación civil de garantizar el cumplimiento del dogma religioso. Una lucha permanente contra el más débil que solo causó dolor, desgracia y muertes.

Sobre la tierra hay sitio para todos, pero se hace necesario la aceptación como regla universal de la fuerza de la razón, frente a la razón de la fuerza.

La Tolerancia consiste en no censurar ni castigar ninguna acción, omisión u opinión, mientras éstas no tengan como resultado un acto delictivo y aun así, serán los tribunales de justicia los que pongan remedio al daño causado, la realización arbitraria del propio derecho genera aún un mal mayor que la propia desidia y parcialidad de los administradores de justicia.

Ojalá,  (law sá lláh- Halavái) todos nos acordemos o al menos no olvidemos que somos hermanos.

Agosto, 2026.