El fulgor de las estrellas muchas veces nos obnubila. Muy especialmente en el firmamento del fútbol, donde vivimos de forma álgida los encumbramientos de astros, que no dejan de ser humanos. Cada Mundial vuelve a recordarnos una verdad que el entusiasmo, la publicidad y el ruido mediático se empeñan en ocultar: el fútbol es un deporte colectivo. Sin embargo, con demasiada frecuencia se nos presenta como una sucesión de héroes individuales capaces de decidir, por sí solos, el destino de selecciones enteras. Construimos mitologías alrededor de nombres como Lamine Yamal, Lionel Messi, Kylian Mbappé, Halaand o Bellingham, futbolistas extraordinarios, sin duda, cuyo talento merece admiración y reconocimiento. Pero entre la admiración y la idolatría existe una distancia que conviene no perder de vista.
En este Mundial hemos visto caer torres que parecían inexpugnables. Selecciones históricas, acostumbradas a ocupar el pedestal del fútbol internacional, han comprobado una vez más que la camiseta no gana partidos y que el prestigio acumulado durante décadas no garantiza el éxito presente. Brasil, Francia, Alemania y otras grandes potencias han conocido, como tantas veces ocurre en el deporte, el sabor amargo de la eliminación. Y esa es, precisamente, una de las grandezas del fútbol: nadie tiene asegurada la victoria.
Resulta llamativo comprobar cómo, en ocasiones, el relato periodístico convierte a determinadas figuras en el eje absoluto de sus equipos. Se juega para ellas, se interpreta cada acción en función de estos superhombres y se transmite la sensación de que el campeonato entero gira alrededor de sus botas. Cuando triunfan, parecen elevarse por encima del resto; cuando fracasan, se buscan explicaciones imposibles para no cuestionar el mito. La realidad, sin embargo, suele ser bastante más sencilla. Las estrellas también fallan. Los grandes figurones yerran penaltis decisivos, atraviesan momentos de escasa inspiración, se ven anuladas por el planteamiento del rival o simplemente tienen un mal día. Son magníficos futbolistas, pero siguen siendo personas. El exceso de expectativas termina convirtiéndose muchas veces en una pesada carga para ellos, empequeñeciendo al mismo tiempo el mérito de sus compañeros, cuyo trabajo silencioso hace posible que el talento individual pueda florecer.
Entiendo que el verdadero espectáculo del fútbol nace del esfuerzo compartido, del conjunto entero, de la solidaridad defensiva, del sacrificio de quien corre sin balón, de la inteligencia táctica, de la estrategia bien ejecutada y del convencimiento colectivo (¡Ojalá!) de que un equipo siempre puede superar a otro con mayor presupuesto o mayor número de figuras. Ahí reside la emoción que mantiene vivo este deporte y que permite que se puedan desafiar a los gigantes sin complejos. No se trata de restar importancia a quienes poseen un talento excepcional. Sería injusto. Su calidad inclina muchas veces la balanza y explica por qué los grandes clubes invierten cifras multimillonarias en incorporarlos. Son artistas del balón y constituyen un espectáculo por sí mismos; pero tampoco conviene convertirlos en semidioses cuya sola presencia parece garantizar los títulos. La historia del fútbol demuestra exactamente lo contrario.
El firmamento está lleno de estrellas. Algunas brillan con una intensidad extraordinaria; otras comienzan a apagarse mientras nuevas luces aparecen en el horizonte. También existe el polvo de estrellas, ese rastro luminoso que permanece cuando el resplandor inicial ha perdido fuerza. Así ocurre en el fútbol. Las generaciones se suceden, los ídolos cambian y los nombres que ayer parecían eternos terminan cediendo el protagonismo a otros de nuevo cuño. Quizá la mejor medicina sea la moderación. Ni el elogio desmedido ni la condena precipitada. Ni la vanagloria tras una victoria ni la frustración absoluta después de una derrota. El fútbol, como la vida, está hecho de ciclos, de incertidumbres y de constantes renovaciones. La belleza de este deporte consiste precisamente en que siempre deja espacio para la sorpresa.
En un tiempo dominado por el dinero, los intereses comerciales y la poderosa influencia de los medios de comunicación, conviene recordar que ninguna estrella, por brillante que sea, juega sola (así lo decía Di Stefano: yo nunca jugué solo). El balón sigue perteneciendo al equipo, y el equipo, cuando funciona como con auténtica marcha coral, es capaz de eclipsar incluso al astro más resplandeciente. España lo ha hecho. A fin de cuentas, también en el universo del fútbol el brillo más intenso acaba encontrando su medida. Hasta las estrellas más admiradas, después de iluminar generaciones enteras, terminan formando parte de ese inmenso y fascinante polvo de estrellas futboleras que deja la historia.



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