Voces altisonantes pueden sonar, quizás, ante un título que contraviene en la actualidad la inercia de los tiempos. Contiene, sin embargo, la mayor verdad. La vorágine tecnológica de la IA nos arrebata, de forma inmisericorde, las esencias más humanas en la anchurosa senda del trabajo mecánico y de la actividad intelectual. Es un hecho. Cada día apreciamos de forma contundente la sustitución progresiva de tareas y actividades mentales timbradas de cualificación y eficiencia, que sorprenden no solamente por la perfección que poseen, sino porque son simplemente la punta del iceberg de un mundo cada vez más supeditado a las máquinas. En esta tesitura, caben sin duda reflexiones profundas, análisis intelectuales y debates éticos. Caben planteamientos de rigor entre los horizontes lejanos que nos esperan y los límites imprescindibles que acoten las parcelas existenciales de nuestras vidas. Sobre todo ello emerge una realidad que en absoluto debe olvidarse, de la que tantas veces hemos hablado. La mayor riqueza del ser humano, con esencias grandes diferenciativas de otros seres, son los repositorios culturales en todos los espectros, desde los anchurosos campos del conocimiento científico (en todas las ramas), a la técnica, las artes o las letras. Y ese bagaje, sobra decirlo, está en los libros.
Ellos constituyen el mencionado baúl de nuestro conocimiento humano. La desorbita vorágine de las memorias electrónicas que hoy disfrutamos, como decimos, nos engaña con facilidad: porque son voluminosas y rápidas; porque cada vez son más analíticas y resolutivas en formulaciones creativas. Sin embargo, aún teniendo los mayores resortes de la memoria humana, les falta un punto grande para superarnos. Son respuestas artificiales. Evidentemente son bagajes impresionantes, y nuestra inteligencia juega precisamente de forma natural con ese factor tan esencial que es la memoria, pero también con otros muchos que se les escapan a las máquinas. La reflexión viene a cuento en un día tan esencial como es la celebración del día del libro. Para su enaltecimiento bastaría con recordar las gigantescas obras que se esconden en nuestras bibliotecas nacionales, que recogen el legado más grande de un colectivo humano en más de treinta mil años de intelectualidad. Cualquier visita a estas instituciones sobrecoge por volúmenes y antigüedad —desde los comienzos de la Historia propiamente dicha, que precisamente la recreamos con estos fondos—, pero muy especialmente por la autenticidad de las obras. Los rollos del Mar Muerto (de hace más de cuatro mil años), los códices y papiros egipcios, la Biblia o la Torá, el I Ching chino, o las palabras de César, Dioscórides, Erasmo o Eistein constituyen voces tan irrepetibles que expresan, con altisonancia, las verdades más acuciantes de los libros y su auténtico valor. Las nuevas inteligencias artificiales hablan alto y claro de su potencial compendiador, de algoritmos hábiles de construcción mental sobre pilares de pasado…, e incluso de creatividad endógena, pero no son espontáneas ni pueden ser nunca voces propias, únicas. Bien distinto es el caudal humano de los libros de magisterio universal. Las palabras únicas y personales de Homero, Dante o Cervantes que tienen el crédito existencial de cientos años. En ellos podemos escuchar no solamente nuestra inteligencia más prolífica en pensamientos propios y genuinos, sino las voces más personales, creativas, únicas e irrepetibles de nuestros ancestros.
La IA nos da todo lo que queremos sobre lo existente, confabulado en artificios algorítmicos de combinaciones millonarias, pero le faltará siempre la autenticidad humana (aunque parezca paradójico); réplicas y parecidos sí, anchurosos despliegues de lo ya dicho también. Pero voces genuinas y auténticas timbradas de innovación espontánea no. Tal es el valor de nuestros libros y bibliotecas. Tal es el privilegio de acercarnos a lo mayor y más grande del ser humano, pudiendo leer las palabras y los susurros de los hombres y mujeres de la Historia que hablaron con voz propia, con pensamiento único, con sentimiento genuino. Tal vez no dijeran mucho, pero lo dijeron bien y sentenciaron con principios humanos. Las voces únicas, las palabras sabias y personales, los pensamientos auténticos son los que recogen los libros. Nada más humano que nuestras obras personales escritas, que recogen nuestros pensamientos y sentimientos, lo más auténtico y genuino de nuestro ser.



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