Confieso que me gustó siempre esa expresión, si bien es verdad que cada persona la asocia a una vivencia propia. En mi infancia esas tres palabras significaban la llegada de la ilusión, del color, después de una semana gris con las consabidas obligaciones escolares. Tan gris como podían ser las semanas de un niño de diez o doce años en el Pozoblanco de los años 70. Como todos los niños teníamos un mundo entero por descubrir, sobre todo los domingos.
Primero, y de manera obligatoria, había que asistir a misa. La misa de doce de los domingos en San Sebastián estaba destinada a que los más pequeños acudiéramos para aprender la fe que practicaban –o no- nuestros padres, abuelos y demás antepasados. La verdadera, la única, la católica, apostólica y romana. No era para nada una tortura y confieso que, de mi vocación lectora, algo he de agradecer a aquellas catequistas que pacientemente nos contaban las truculentas historias del Antiguo Testamento, o las más pedagógicas de la vida de Jesús del Nuevo Testamento.
Antes de la misa estaba la catequesis, a la que acudíamos muchos niños y niñas a pesar de que ya habíamos hecho la Primera Comunión, que entonces se tomaba con solo nueve años. Indefectiblemente, estábamos mucho antes en la puerta de la iglesia de San Sebastián porque había que dar unos pelotazos con nuestros balones de plástico o bien en forma de partidillo, si había niños suficientes, o bien jugar un “rinche”, si estábamos menos. Las niñas no, claro. Las niñas tenían sus juegos aparte, en este caso o la comba o la “goma”, a los que nos sumábamos algunas veces también los niños.
Había que tener mucho cuidado para no destrozar o manchar la ropa que con gran esmero nos habían puesto nuestras madres, porque se tenía que notar que el domingo era un día especial. Yo iba hecho siempre un pincel. Bien lavado, bien peinado –le gustaba a mi madre ponerme gomina- y bien vestido. De hecho, alguna amiga mía de infancia, adolescencia, juventud y, ahora, edad madura, me lo suele recordar y me llama “pijo” con carácter retroactivo. Si alguien me conoce sabe que, desde que dejé la adolescencia, suelo llevar un “torpe aliño indumentario”.
Después de misa, junto con los amigos de la pandilla, que entonces eran generalmente los vecinos de calle, salíamos de “paseo”. Y es que en realidad eso era lo que hacíamos, pasear. Bajábamos la calle la Feria y nos llegábamos al quiosco del Bernardino, en la calle Real, para comprar los típicos regalices –trastos los llamábamos nosotros-, litines, pipas o algún que otro caramelo. Los que tenían más poder adquisitivo –siempre hubo clases- se llegaban hasta la confitería de El Chairo y se compraban un ‘negrito’, mientras el “proletariado infantil” mirábamos con envidia con ojos como platos y salivando más que el perro de Paulov.
También frecuentábamos el quiosco del Farrago en la calle El Toro, entonces Avenida de José Antonio, o el del Manolito en la Avenida Villanueva de Córdoba donde, si habíamos ahorrado algo, podíamos comprarnos un tebeo del Capitán Trueno o de los repeinados ‘Roberto Alcázar y Pedrín’. Un garbeo por el paseo Marcos Redondo, entonces con mucha más vegetación y frondosidad que ahora o hasta la Cruz de la Unidad, con también mucho más verde, y para casa para comer en familia.
Poco tiempo después crecimos. Dejamos de ir a misa. Aprendimos a engañar a nuestras familias, sobre todo a la tía de un amigo que siempre nos preguntaba qué cura había dado la homilía –para saber si habíamos ido o no a misa-. Pero nosotros ya nos lo intuíamos y mirábamos al comienzo de la misma, antes de irnos al Polideportivo Municipal -entonces recientemente inaugurado- a ver algún partidillo o a pegar pelotazos. De la catequesis nunca más se supo, aunque incluso fui el eventual presidente de una asociación que hicimos denominada ‘La juventud de la catequesis’ en la parroquia de San Sebastián. Dejé de asistir el día en que comenzaron a interesarme más las piernas de la catequista -solo un puñado de años mayor que yo- que las explicaciones que intentaba darnos sobre la Biblia y la doctrina cristiana.
Pasé de repente de la niñez a la juventud, como tantos otros, abandonando la religión. Ya no me lavaría ni vestiría mi madre, ni utilizaría la gomina, ni aparecería por la iglesia, salvo puntuales eventualidades. El mundo se abría para un yo adolescente, con todo su misterio e incertidumbres y yo iba a enfrentarme a él, pero ya nunca más con esa sensación de estar vestido de domingo.




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