Sandra es una mujer como tú y como yo, una mujer con una vida por delante que para vivirla tiene que olvidar los estigmas que le ha dejado parte de la que lleva vivida hasta el momento. Sandra es una mujer víctima de violencia de género, una mujer que ha sobrevivido al deseo de otra persona de acabar con su vida, de silenciarla para siempre. Sandra es una mujer valiente que cuenta su historia con un único fin, el que cualquier mujer en su situación pueda coger impulso y la fuerza necesaría para salir de un círculo del que «no es tan fácil salir». Hoy le ponemos voz a la violencia de género, sin slogan, sin artificios, simplemente con una historia de tantas otras. Hoy las protagonistas son ellas, las víctimas.

«Estoy en Pozoblanco porque tuve que pedir un traslado porque el padre de mi hijo casi me mata después de 14 años de relación en los que nunca antes me había pegado». Así empieza su estremecedor relato Sandra, con el miedo inherente a su realidad pero sin miedo a decirlo en voz alta, a contarlo. Antes de llegar a ese día hay años continuados de maltrato psicológico que se escenifican en insultos, en humillaciones, en una infravaloración continua que va mermando la autoestima de Sandra. «Me conocía muy bien, son personas que te bajan la autoestima y luego encima se hacen las víctimas, te hacen pensar que tienes la culpa de todo lo que le pase a ellos, yo misma me echaba la culpa de lo que había pasado que en realidad no era nada grave. Igual pasaba que no me había dado tiempo a limpiar toda la casa y sabía que cuando él volviera iba a haber bronca. Eran broncas por todo y siempre tienes la esperanza de que van a cambiar pero no cambian y muchas veces sigues ahí por tus hijos y eso es un error porque tus hijos cuando crecen te echan a ti la culpa. Te piensas que así es mejor y no, ellos sufren más».

La posesión es parte de ese proceso, el agresor envuelve a la víctima hasta anularla. «Me quería separar de mi familia, me controlaba, me cogía el móvil, me decía que no hablara con chicos, que no me arreglase, que no me pintara, que no me pusiera minifalda, siempre estaba con la desconfianza», relata Sandra que en ese sinvivir se dejó llevar. «Engañas a tu mente, te metes en un círculo y vas cediendo a todo para evitar problemas y haces que tu mente viva de los momentos y recuerdos que has tenido buenos. Si por ejemplo tienes cinco días buenos al mes cuando te paso algo malo te agarras a eso, es un engaño».

Y dijo basta

Sin embargo, la vida está llena de oportunidades y Sandra eligió aprender a vivir de otra forma. «Me apunté a un curso para buscar otra salida profesional y empecé a coger autoestima, vi que no era tan tonta como él me hacía ver. Estaba estudiado, trabajando, llevaba la casa y los niños y sacaba muy buenas notas y me dije a mí misma que no era tan tonta. Salí de ese mundo, conocí a otra gente y a mujeres que me contaban cosas que sus maridos hacían por ellas que no era lo que hacían por mí, me decía a mí misma y ¿a mí me dicen que me quieren? Esto no es querer y dije que ya no podía más y le puse a prueba durante un año». La situación se vuelve tensa y Sandra llega un día a casa con ansiedad teniéndose que marchar sola al hospital de madrugada y estar ingresada durante horas lo que le lleva a pensar que «me tenía que plantar, que no podía seguir así, que si ahora que soy joven iba a tener esto qué me esperaba cuando fuera mayor». Y decide decir basta.

Antes del fatídico día en el que su vida cambia, Sandra vive dos años separada del padre de su hijo porque a pesar de que «estaba sumamente enamorada de él no me gustaba lo que me hacía, pero tenía la esperanza de que iba a cambiar». En ese tiempo de separación, el calvario no termina, la distancia física se ve interrumpida con el «acoso» que sufre. «Cuando rompí tuve acoso, me seguía, llegaba a mi garaje y estaba allí esperándome, llegó a robarme en mi casa y manipuló a mi hijo para que me insultara, me humillara y así al ver que perdía a mi hijo volviera con él», explica. Pero a pesar de que «lo pasé muy mal» no hubo vuelta atrás y Sandra siguió haciendo su vida sin saber que ésta iba a cambiar drásticamente.

El relato del dolor y la injusticia de la justicia

«Un día se presentó en mi casa porque quería hablar conmigo del niño y me dijo de bajar al trastero, mi otra hija estaba en casa y él lo sabía. Iba a decirle que sí pero de repente oí una voz dentro de mi que me dijo que no. Me lo volvió a pedir y de repente oí esa voz otra vez y no bajamos, que era su intención para dejarme allí. Como no accedí me dijo de ir al baño y lo que hizo fue cerrar puertas de la casa para intentar aislarme, me pidió que buscara una foto del niño y cuando estaba buscándola se puso detrás mía y noté la primera descarga eléctrica -fue agredida con una taser- y chillé. La segunda fue más intensa y durante más tiempo, luego hubo una tercera y una cuarta. Como vio que no me hacía el efecto que pretendía cogió una sartén y me dio dos golpes, me defendí. En ese momento, me dio media vuelta y me enganchó por el cuello y cogió un cuchillo de la encimera. Estábamos en el suelo cuando llegó mi hija, que cuando se dio cuenta de lo que pasaba, le amenazó con llamar a la Policía y en ese momento pareció reaccionar». «Me salvó la vida mi hija, cuando recobré la consciencia le echamos de casa, me puse a llorar y le di las gracias a mi hija por salvarme la vida y llamé a la Policía», cuenta.

La ex pareja de Sandra fue arrestado y llevado al calabozo para al día siguiente tener un juicio rápido y aquí llega otra realidad, las flaquezas de la justicia. «Le metieron a prisión no por las lesiones que a mí me había causado, sino por haber usado un arma ilegal. La justicia no hace lo que debería hacer, lo he visto en mi caso. De pedir seis años, el fiscal pasó a pedir tres y luego en octubre cuando tuvimos el juicio sólo uno. Además, mis lesiones no las consideran graves porque no hubo sangre pero a mí me destrozaron psicológicamente». Con todo, es condenado por un delito de violencia de género y Sandra tiene una orden de protección durante cinco años en los que su ex pareja no puede acercarse a menos de 500 metros. «Creo que la justicia debería hacer más, pienso que las medidas que se toman son pocas y poco efectivas, no tienen castigo suficiente».

Doble víctima

«Yo no tengo pulsera, no sé donde está, puede venir a buscarme en cualquier momento y los 500 metros son insuficientes porque cuando lo veas estará más cerca», expone. Por eso, después de sufrir la brutal agresión Sandra decidió poner tierra de por medio para alejarse también de su propio miedo. «No podía ir por la calle, a pesar de saber que estaba en la cárcel, si me hubiera quedado allí dependería de una persona para todo y no quiero condicionar la vida de nadie. Te conviertes en una doble víctima porque después de que me hayan querido matar he tenido que dejar mi familia, mi casa, mis amigos, mi vida para poder vivir algo más tranquila porque al principio tenía pánico, terror», narra.

En ayuda psicológica que le ayude a superar catorce años de continuos maltratos psicológicos que le puedan ayudar a olvidar que la persona que dijo quererla durante todo ese tiempo quiso matarla, Sandra reconoce que «me queda mucho, pero estoy mejor». «El día que abrí los ojos fue el día que intentó matarme, en mi corazón sentí una guillotina y a partir de ahí todo lo que sentía pasó a la nada. Pasar de estar súper enamorada, que tampoco era amor sino dependencia psicológica, a nada, ni siquiera odio, ni rabia, ni rencor».

La experiencia le lleva a animar a cada mujer que pueda estar en su situación a que «denuncie a la primera, que no espere, a veces no lo haces por vergüenza o por medio a las represalias pero hay que hacerlo. Cuento mi historia porque quiero decirle a esas mujeres que se puede salir y que nunca sigan por sus hijos porque son los que más sufren y te lo van a echar en cara y es lógico porque aunque no has sido consciente no has sido capaz de hacerlos felices».

Sandra mira a la vida ahora de otra manera, ríe y se valora porque aunque «le sigo teniendo miedo, no me importaría que me insultara porque ya no me hace daño porque esa persona de la que habla no soy yo, es la que él ha dicho que era, pero no. Tenemos que valorarnos nosotras mismas, querernos, solamente por ser mujer vales un montón por tirar hacia delante con muchos problemas que ellos no aguantarían. Eso es lo que quiero dejar claro».

 

(*Durante el reportaje hemos utilizado un nombre ficticio para respetar el anonimato de la víctima)