La Virgen de Luna es siempre noticia. Especialmente notoria, incluso, cuando no lo es en un mundo de ruidos álgidos de otras muchas naturalezas. No hablamos de esencias religiosas, aunque las haya, en muchas personas. Nos referimos a la intensidad con que sigue viviéndose una imagen que —como hemos indicado muchas veces— es un baluarte de Historia, tradición y fiesta. En los tiempos que corren de complejidades sociopolíticas, guerras y enfermedades (epidemias sonoras…), que absorben diariamente nuestras vidas en tráfago de inquietud, llama sin embargo la atención cómo los rituales y liturgias se mantienen y reviven con fuerte poso de aquiescencia, que no es nada fácil de comprender en sociedades tan descarnadas de principios y valores.

Tal vez sea precisamente eso lo que permite que una tradición centenaria de quinientos años siga rauda por sus fueros. En momentos desconcertantes en orientaciones claras de los pueblos y civilizaciones, la cotidianidad y la tradición rezuman con olores fuertes de incienso; muchas veces se ha dicho que no hay nada en la vida como la bendita rutina, que nos abstrae diariamente y nos protege de las arritmias y alharacas, de los atronadores sobresaltos sobre esto y lo otro, los altibajos y requiebros de las novedades buenas o las desesperaciones. Lo normal y lo cotidiano nos tranquiliza. En este mismo tono funcionan las prebendas de la historia —salvando las distancias, claro, de fondo conceptual (religioso, o de otra naturaleza)—, las tradiciones marianas que desde la Edad Media sentencian normalidad en ritos y liturgias, que con mucho aparato tal vez nos conmuevan y exalten el espíritu, pero en el fondo constituyen reiteraciones que se asumen con agrado. La Virgen de Luna guarda en sus elementos simbólicos (imagen, traídas y llevadas, ermita…) una trascendencia conocida e intensa, en defensa del territorio y la subsistencia (las yerbas y aprovechamientos, defensa…, etc.), pero en lo más doméstico representa una cotidianidad que tranquiliza y deleita. No simplemente por la fiesta y algarabía que arrastra, que también, sino porque está completamente imbricada en la celebración de la vida, del tráfago de la naturaleza, del brotar de las plantas y de revivir el camino.

No es la Iglesia, ni las celebraciones que realiza, ingenua en el asiento de valores humanos en el tiempo y en el espacio.  La Virgen será más o menos visitada (y rezada) diariamente, pero en las fechas claves de su calendario cíclico es arropada por las multitudes que saben que, desde sus ancestros, se celebran estos hitos con halos de normalidad y advertencia de los ritmos naturales. Llama no obstante la atención, decimos, la intensificación y amplificación de ritos entorno a la imagen, la vivificación profunda de todas las liturgias (con reforzamientos) y la generalización con que se hace. En nuestros contextos (sociales, económicos…) se entiende bastante desde parámetros de identidad, que estuvieron siempre presentes, pero que actualmente se actualizan y reavivan con fruición, porque las sociedades tan díscolas en las que vivimos, con truculencia de contrapuntos culturales, precisa reforzar nexos de unión entre la comunidad; requiere vínculos de tradición y referencias asentadas. Y todo eso lo ofrece la Virgen de Luna con un espectro magnífico de ingredientes. Parece mentira como todos los elementos del ritual tradicional se avienen en remozo de modernidad.

Nos referimos al reforzamiento de las cofradías, con el rigor y amplitud de los desfiles, procesiones a las parroquias, liturgias simbólicas, vestimentas, cánticos, etc., así como la remodelación precisa de incorporación de féminas en el tenor de los tiempos en validación de cuestiones de género, como no puede ser de otra manera. Revitalización festera en parámetros sociales, de tradición familiar, reencuentros, disfrute y renovación anual de una tradición que es asazmente civil, y laica para infinidad de personas. También se actualizan con vigor, —queda visto en el presente año— el fervor religioso y clerical de una imagen a la que se le sigue dotando de mayores rangos en el espectro católico de carácter simbólico, como la reciente coronación que ha concitado al orbe creyente de la Virgen, con ensalzamiento canónico que complementa las intitulaciones de alcaldesa perpetua y patrona de las villas que le rinden devoción. Se trata pues de un remozamiento de la tradición con revestimiento de actualidad que permite conjugar lo de antes con lo de ahora sin quebrantamiento alguno, sin rupturas graves de pensamientos, ideologías, contextos económicos o coyunturas álgidas de las nuevas civilizaciones. La Virgen sigue, decimos, por los fueros de la tradición y la Historia. Pozoblanco y comarca se mueven de nuevo por las sendas verdes de la dehesa, disfrutando de olores, sabores y colores de la Jara; promoviendo alardes de convivencia y fiesta grande, revistiendo el acto con loores de solemnidad y liturgia. La Virgen de Luna sigue siendo marchamo de cotidianidad y magnificencia, con traídas y llevadas, aún en sus ingredientes de mayor lustre y relumbrón.