Cuanto le debemos a nuestros mayores de antaño. En estos días en los que el rigor del verano es acuciante, con los calores del infierno, siempre me acuerdo de la arquitectura tradicional. La casa de Los Pedroches es una de esas reliquias del pasado que ejemplifican como nadie el saber popular. Nunca me han gustado los tópicos, porque aún en sus verdades deforman muchas veces la realidad convirtiéndola en mentira de generalidad. No obstante, en asuntos del calor es casi siempre cierto que en Andalucía las temperaturas frisan siempre las máximas del país, con referencias abultadas de Córdoba con el mercurio escandaloso en alza. Cierto es también que los dislates de la alteración climática, en las últimas décadas, han alterado los periodos estacionales, y durante el año son grandísimos los cambios que se advierten sin necesidad de muchas explicaciones. El estío se alarga sobremanera hasta mantener las terrazas de los bares durante el año casi de forma sempiterna. Con todo ello en clave de certeza, también es verdad que el calor fue siempre en esta tierra durante centurias un elemento definidor del clima. Nuestros antepasados vivieron como nosotros los calores del verano sin indulgencias de climatización, ni aparatos tecnológicos de los tiempos que corren.
Tenían, sin embargo, como hemos dicho en muchas ocasiones y puede fácilmente comprobarse, el saber de la tradición y la experiencia como maestra de la vida. Los rigores del calor eran también para ellos grandes, en parangón con los fríos continentales del invierno —que tampoco es flojo en estos lares—, pero alcanzaron a templar unos y otros extremos con el firme entendimiento de los materiales de su hábitat natural. Las casas de nuestros antepasados, que desgraciadamente están despareciendo en su esencia, constituyen un magnífico ejemplo de aprovechamiento de los recursos naturales para solventar las problemáticas climáticas. La utilización del granito y la madera, las tierras frescas y la vegetación natural cumplen como nadie con la encomienda de corregir los dislates de la naturaleza. Más aún, porque a los propios materiales impermeables y de control térmico se suma el grandísimo dispendio de recursos técnicos de carácter arquitectónico y habilidosas soluciones constructivas. En términos domésticos de gran simpleza siempre recordamos dichos y hechos graciosos sobre estilos de vida para el invierno y el verano (con aquello de bota, baraja y brasero ante el frío; o parra, pozo y botijo para el verano), pero realmente resultan sorprendentes las soluciones arquitectónicas, estructurales y morfológicas de las casas de nuestros mayores. Claro que el pozo del patio era una exigencia insoslayable en cualquiera casa que se preciara, con el subsiguiente aditamento de la vegetación y la tierra del huerto, pero de mayor enjundia es la composición de los habitáculos interiores, con la vereda central con accesos en los extremos para convertirse en un corredor de corriente fresca en verano, fluyendo el fresco del huerto hacia el interior como regulador de temperatura.
De superior importancia es asimismo la cámara superior que, si ciertamente cumple con una función esencial de guarda y custodia de aperos y productos del campo (trigo, melones y sandías…), no menos cierto es que en términos de climatización responde a la función crucial de aislamiento de la parte inferior vividera, impidiendo los rigores del frío invernizo y el acuciante calor de verano. Tampoco resulta en absoluto soez la disposición opaca interior de la vivienda, completamente cerrada en los flancos, que tanto se ha criticado a lo largo de la Historia, y que sin embargo tiene justificación funcional en esto de los calores y los fríos, más allá de pérdida de luces centrales. Todas ellas son soluciones de nuestros antepasados para corregir el calor y regular los espacios vivideros de casa. De sus virtudes no es necesario prodigar medias mentiras o regalías de ficción sobre las capacidades de las viviendas para soportar el tempero. Las verdades se acreditaban entonces, y se siguen verificando ahora, con la simple vida en una de estas casas tradicionales que de facto te enseñan que nuestros antepasados entendieron bien que hace calor, mucho calor, y que la casa es el mejor instrumento de nuestro habitar con elementos y formas reguladoras de carácter natural. Tanto la parra del patio con el pozo y el botijo como el interior permiten no solamente vivir en sintonía con la naturaleza, sino disfrutar de la siesta y de la noche, de la comida y del descanso antes de la jornada de trabajo. No hacemos proselitismo del pasado ni de la tradición más rancia, que en aspectos negativos era también maestra, pero sí que cabe rendir un homenaje sentido con brete de distinción entre el pasado y el presente. La casa tradicional rubrica con primor la calidad de vida ante el soporífero pugilato del verano.



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