La sabia naturaleza nos da siempre lecciones. Desde lo más próximo y doméstico de nuestra particular biología, a lo más emocional de otros seres de nuestro entorno en los que apenas reparamos. El gran salto de las cigüeñas me parece un espectáculo conmovedor. Cada día, desde hace semanas, contemplo el nido que corona la Cruz de la Unidad de Pozoblanco (y de otros del contorno). Sobre este elevado y emblemático lugar de la ciudad, tres jóvenes cigüeñas vienen creciendo en vida, casi darnos cuenta, a pesar del volumen in crecendo. Donde antes solo había pequeños polluelos indefensos, hoy se enaltecen tres aves casi adultas que baten las alas con insistencia, ensayando una y otra vez un gesto que no responde al capricho, sino al instinto más perfecto. La naturaleza nunca improvisa. Todo tiene su tiempo, su orden y sentido. Ahora aprenden con aleteos precarios e inconsistentes, pero dentro de muy pocos días llegará el instante decisivo. Desde el borde del nido, muy bien calibrado en no pocas jornadas, una cría abrirá las alas y se lanzará al vacío. A nosotros nos parecerá un salto lleno de incertidumbre; para la cigüeña será, sencillamente, el momento para el que lleva preparándose desde que vino al mundo. Durante unos segundos perderá altura, encontrará el aire bajo sus alas y comenzará a volar. Con el saber infinito del instinto en sus alas. Ese será su gran salto. El que la separa definitivamente de la infancia y la introduce en la vida. Quizá por eso nos emociona tanto contemplarlo. Ese salto que todos hemos tenido que dar alguna vez en la vida, sobrepasando el vértigo del abandono del hogar, de nuestro primer refugio conocido, para descubrir que la auténtica existencia solo avanza cuando nos atrevemos a desplegar las alas.
Las cigüeñas nos enseñan mucho más de lo que imaginamos. Nos muestran el valor de la paciencia mientras construyen, rama a rama, un nido que utilizarán durante años. Nos definen con mucha precisión el compromiso de unos padres que comparten la incubación, buscan alimento sin descanso y protegen a sus crías hasta que estas pueden valerse por sí mismas. Nos enseñan también que educar consiste precisamente en preparar para la independencia. Los padres seguirán acompañando a sus hijos durante algunos días después del primer vuelo, pero llegará un momento en que las jóvenes crías emprenderán su propio camino. No volverán a ocupar el nido donde nacieron. Pasarán varios años antes de formar una familia y buscarán un lugar donde levantar su propia casa. Mientras tanto, serán viajeros del cielo, seguirán un rumbo que nadie les ha explicado y que, sin embargo, conocen con una precisión admirable. Tal vez ahí resida una de las mayores lecciones de la naturaleza: todo fluye sin estridencias. Los acontecimientos más trascendentales ocurren casi en silencio. La vida cambia de etapa mientras nosotros pasamos deprisa por la calle, consultamos el móvil o pensando en las preocupaciones del día. Sin embargo, sobre nuestras cabezas, la naturaleza continúa escribiendo su historia con una serenidad que conmueve.
Las cigüeñas forman parte del paisaje sentimental de Pozoblanco. Han acompañado la vida de varias generaciones y, de alguna manera, también forman parte de nuestra memoria. Resultan un hito en nuestro calendario vital. Cada primavera regresan los adultos al viejo nido, como quien vuelve al hogar después de un largo viaje, reanudando un ciclo que parece eterno. Nuestra mirada parece escrutadora, pero quizá sean ellas quienes nos recuerdan, año tras año, que la vida siempre camina en procesos de renovación. En estos tiempos en los que medimos con el impass una pantalla, conviene detenerse unos minutos y levantar la vista. Basta observar los nidos de las aves para comprender que las auténticas esencias siguen estando muy cerca de nosotros. Solo necesitan que les prestemos atención. El gran salto de esas tres jóvenes cigüeñas será mucho más que el comienzo de un vuelo. Es sin duda una hermosa metáfora de la vida, de la confianza, de la libertad y la esperanza. Y quizá también una invitación para que nosotros, al menos por un instante, aprendamos de nuevo a mirar.



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