Entre las maravillas universales del arte hay, incluso, estridencias geniales de belleza. La Sagrada Familia de don Antonio Gaudí (1852-1926) no precisa, siquiera, de los impulsos mediáticos de manto blanco. Se trata de una obra tan gigantesca en factura, a todos los niveles (material y espiritual), que sobrecoge el espíritu humano como muy pocas obras lo hacen. Ciertamente la visita del pontífice León XIV, con todos los máss mediaen liza, la convierten puntualmente en protagonismo de excepción, pero posee el templo en sí mismo tal potencia — en cualquier momento— que obnubila cualquier otra perspectiva. La magnificencia de la catedral barcelonesa solamente se entiende desde parámetros álgidos de exclusividad. Cierto es que responde bien a un tiempo y a un estilo (Modernismo), muy bien definido en formas, que le ofrece cauces en los planteamientos estéticos de su era (fines del s. XIX y comienzos del s. XX), pero no es menos verdad que la autenticidad del templo y su expresividad se debe única y exclusivamente al maestro.
Toda su obra (La Pedrera, Casa Batlló, Parque Guell, Capricho de Comillas, etc.) destila los efluvios de una mente creativa sin parangón. Una genialidad universal. Un hombre de imaginación desbordante que, sin embargo, recoge como nadie los réditos del arte más señero del emporio artístico occidental. Claro que Gaudí es conocimiento y técnica, genuino sabor de contemporaneidad y mirada profunda de la naturaleza, pero nadie como él ha sabido dar voz propia a sus obras con tanta personalidad: con sentido de unidad y pluralidad; con univocidad y contextualidad. Nadie maneja como él la dialéctica de la luz y los colores, las deslumbrantes bóvedas ni las formas curvilíneas estructurales que sorprenden y emocionan. En ellas está siempre patente la firma del genio en toda su dimensión, porque todo su ideario camina raudo por los senderos de una inteligencia procaz, de una solidez envidiable, de una álgida imaginación y originalidad incontestable. Nadie habla más alto ni más claro de que el arte tiene a veces en el espacio y en el tiempo una voz inimitable, partiendo como decimos de sintaxis claras de estilo y semánticas de historia. Parece mentira como don Antonio Gaudí hace temblar en técnica, emoción y calidad a los mismísimos pilares del arte clásico universal. Bastaría con recordar que el Vaticano — centro por excelencia del orbe cristiano— posee alarde de grandiosidad con el emporio de San Pedro de los mismísimos Buonarroti (cúpula) y Maderno (fachada), genios incontestados de arte universal de los momentos álgidos del Renacimiento y Barroco, pero timbran sus pedestales de distinción con un edificio que se encumbra en el centro religioso de la tierra, que es un As muy grande en la manga; timbran su elocuencia artística con estilos de marchamo universal y prosapia clásica, que llevan en su seno la savia de la verdad del Arte, que forjaron los hombres de la Antigüedad; y San Pedro representa las magnificencias de dos genios (y muchos más) irrepetibles de la Historia.
Con todo ese acopio (sirva de ejemplo), sin embargo, la Sagrada Familia no se achica ni ante el coloso de Roma ni ante las otras maravillas del mundo (pirámides…). Gaudí alza la voz de un genio en unas piedras que se disciplinan con humildad a su espíritu religioso; porque el maestro es también un hombre de creencias. La maravillosa dialéctica de las piedras y sus formas caprichosas rompen como nadie los esquemas del espacio y del tiempo, del estilo y de los magnates de su era. Nada extraña que el edificio esté siempre lleno de visitantes del mundo con miradas absortas al infinito de las piedras, porque infinita es la diversidad de pórticos, torres y ventanales que no solamente conjuntan en un estilo y en una personalidad creativa, sino que cada una de ellas habla con estridencias dialectales arquitectónicas que abruman por la capacidad técnica del genio: porque asombran los arcos y las columnas, las respuestas técnicas y los diálogos exultantes de belleza en cada uno de los rincones. Pero Gaudí no solamente es técnica, arte, creatividad y naturaleza, es a la vez conjunción de piedra y luz, de medida y evanescencia, de firmeza de un estilo y disparidad de criterios estéticos. La obra es fruto de una idea y un momento, sí, pero desde luego que trasciende el espacio y el tiempo.
La longevidad (desde 1883) en su conclusión definitiva tal vez sirva en tono de curiosidad para aplacar el ideal de perfección en que se estima la obra, pero realmente es fruto de una vida —la del maestro— que entendió el culmen del arte con una personalidad propia y definida. La visita del pontífice para la bendición del templo —en su disparidad de emociones contenidas en el visionado— puede servir también para calibrar cómo una catedral centenaria responde con majestuosidad —contemporizando como nadie— a todas las exigencias técnicas de los tiempos modernos, de la imaginería visual (ópticas, enfoques, zooms impresionantes…) y a una mirada universal que contempla el lenguaje de un genio de nuestra Historia. Gaudí define en la Sagrada Familia no solamente con un lenguaje sobrecogedor, sino con un espíritu infinito de eternidad. Porque eso es su obra, a la que difícilmente pueden llegar las palabras burdas de cualquier mortal, que siempre se quedarán alicortas ante la belleza incontestable del maestro.


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