Por MIRC

A veces pienso que ojalá hubiese nacido sabiendo muchas cosas. Ojalá y me hubiese quedado con todos los consejos de mi madre, de mi abuela, de mis tías y de las madres de mis amigas. En definitiva, los consejos de mujeres que ya habían cometido los errores que yo iba a cometer y eran la voz de la experiencia. De todas aquellas mujeres más sabías que yo que en ese momento de arrogancia taché de ignorantes.

Ojalá les hubiese hecho caso, y me hubiese repetido, aunque fuese solo de vez en cuando, que me aceptase a mí misma, que me gustase, que me mirase al espejo y me quisiera un poco más. Suena fácil pero por desgracia a muchas nos ha costado llegar a este punto. Y hasta que no llegas a él no te das cuenta de todo lo que te estabas perdiendo.

Nadie me lo dijo tal cual, quizás también fue porque yo no lo pedí, pero es que he aprendido que las cosas que las personas más necesitan oír son las más difíciles de decir. Así que hoy digo que no existe nada más bonito que una mujer que es fiel a sí misma, a sus valores y está contenta con su físico; una mujer que va a por todas, que baila hasta que se agota, que grita hasta quedarse afónica y salta hasta que no puede más.

Una mujer que sigue mirando con un poco de descaro pero nunca pierde del todo la inocencia, que se bebe una copita o dos de vino cuando cena y se toma un buen trozo de chocolate después. 

Hay que descubrir el placer y la felicidad en lo pequeño, que al final de un largo día es lo que queda.

Hay que olvidarse del qué dirán y vestirse como te encuentres más guapa, ante todo eso, ya que no hay mejor conjunto de ropa que la satisfacción ni mejor maquillaje que una sonrisa.

Hay que hacer que el vestido menos apetecible de la tienda resulte el más impactante puesto sobre tu piel.

Hay que que reír más, el doble o el triple, hay que soltarse la melena, en el sentido metafórico y no tan metafórico.

Hay que mirarse a una misma y hacer lo que realmente queremos de nosotras, y no lo que los demás esperan.